El General de Ejercito, Fernando Alejandre Martinez, asociado de AEME envía este articulo, tercero y ultimo de la serie dedicada a un tema, de gran actualidad, » Gibraltar».

GIBRALTAR, EL CENTRO DE GRAVEDAD DE LA DEFENSA NACIONAL
- Gibraltar y la necesidad de influir en él dentro de la geoestrategia española.
Las experiencias recientes (Ormuz, Bab el Mandeb) en distintos espacios marítimos demuestran que la interrupción de los flujos comerciales ya no requiere que haya necesariamente un conflicto abierto. La amenaza sobre infraestructuras submarinas, los ataques contra buques mercantes, las acciones de actores no estatales o las operaciones encubiertas destinadas a generar incertidumbre pueden producir efectos económicos y políticos de gran alcance. En este contexto, la seguridad del eje Baleares-Gibraltar-Canarias deja de ser una cuestión exclusivamente militar para convertirse en un elemento esencial de la capacidad de resistencia nacional.
Tener capacidad para mantener abiertas y seguras las líneas de comunicación constituye hoy un factor tan importante como la protección del propio territorio. Por ello, la influencia española en el Estrecho no debe entenderse únicamente como una cuestión de prestigio, presencia o soberanía. Se trata también de una necesidad funcional derivada de la propia geografía y que orienta, o debería orientar, nuestra estrategia nacional.
Como ocurre con todos los “global commons”, la cuestión esencial no es solo quién está presente en ellos, sino quién posee la capacidad para garantizar que sigan abiertos, seguros y estables en tiempos de incertidumbre ya que esos puntos de paso obligado o “chokepoints” (los «global commons») siguen necesitando seguridad, estabilidad y capacidad de gestión por parte de los Estados ribereños.
La evolución tecnológica de las últimas décadas ha introducido una nueva variable en la interpretación estratégica de los estrechos: las capacidades denominadas A2/AD (Anti-Access/Area Denial). Bajo este concepto se agrupan los sistemas destinados a dificultar o impedir el acceso de fuerzas adversarias a una determinada zona de operaciones y a limitar su libertad de acción dentro de ella. Sensores avanzados, sistemas de vigilancia persistente, misiles de largo y medio alcance, medios navales de todo tipo, capacidad de ataque aéreo y capacidades cibernéticas y de guerra electrónica forman parte de este enfoque, cuyo objetivo no es necesariamente controlar un espacio terrestre o marítimo de forma permanente, sino elevar significativamente el coste de operar en él.
Aplicado a Gibraltar, el concepto A2/AD adquiere una relevancia singular. La estrechez relativa del paso, la proximidad de ambas orillas y la elevada concentración de tráfico marítimo convierten la zona en un escenario especialmente sensible a cualquier intento de interferencia o control. A diferencia de los grandes espacios oceánicos, donde la inmensidad dificulta la vigilancia continua, el Estrecho permite combinar sensores terrestres, navales, aéreos y espaciales para generar una imagen operativa prácticamente permanente. En consecuencia, cualquier actor con capacidades tecnológicas avanzadas puede ejercer una influencia significativa sobre el flujo de buques y de ciertas aeronaves sin necesidad de recurrir a medidas extremas como un bloqueo formal.
Esta realidad refuerza la importancia estratégica de las posiciones españolas situadas en el entorno del Estrecho y de su prolongación natural hacia Canarias y Baleares. En un contexto caracterizado por la competencia híbrida, la presión sobre las líneas de comunicación marítimas o las infraestructuras críticas puede producirse de forma gradual, ambigua y hasta difícilmente atribuible. La vigilancia continua, la presencia permanente y la capacidad de respuesta rápida se convierten entonces en factores esenciales para preservar la libertad de navegación y la estabilidad regional. Desde esta perspectiva, el desafío ya no consiste únicamente en defender un territorio determinado, sino en garantizar que uno de los principales corredores marítimos del mundo permanezca abierto y seguro frente a cualquier intento de coerción, intromisión o negación de acceso.
- La necesidad de una estrategia nacional integrada
Si los clásicos (Mahan y Corbett) hablaron sobre el control de las comunicaciones marítimas, el siglo XXI ha añadido una nueva dimensión: la capacidad de condicionarlas sin necesidad de ocuparlas ni bloquearlas físicamente.
Esa dimensión nos lleva a una reflexión de carácter nacional. Con frecuencia, España ha abordado Gibraltar como una cuestión diplomática, ocasionalmente como un asunto de orgullo histórico y, en determinados momentos, como un problema de política exterior. Sin embargo, ninguna de esas dimensiones agota la cuestión, máxime en momentos en que el gobierno español parece dar la espalda a las tradicionales reivindicaciones españolas ante lo que no es más que un despropósito colonial que ya dura más de trescientos años.
España debe aceptar que ocupa una posición privilegiada en una de las grandes encrucijadas marítimas del mundo, que las Baleares, Alborán, la costa meridional de la península, Gibraltar, Melilla, Ceuta y las Canarias forman parte de una misma realidad estratégica que conecta Europa y África, el Atlántico y el Mediterráneo. La cuestión no es, por tanto, quién ejerce la soberanía sobre determinados territorios, sino hasta qué punto España es consciente de la responsabilidad y de las oportunidades que derivan de su propia geografía.
Las naciones pueden elegir muchas cosas, pero no el lugar que ocupan en el mapa. Y algunos lugares imponen obligaciones estratégicas que ninguna política nacional debería permitirse ignorar.
La relevancia estratégica del estrecho de Gibraltar se aprecia con especial claridad cuando se contempla desde la perspectiva de la vulnerabilidad. La ventaja que proporciona el control o la influencia sobre un paso marítimo de importancia global encuentra su reverso en los riesgos derivados de una eventual pérdida de capacidad para actuar sobre él. En el caso de España, una reducción significativa de su influencia en el Estrecho tendría consecuencias que irían mucho más allá del ámbito local o regional. Afectaría a la seguridad de las comunicaciones marítimas, a la libertad de acción estratégica y, en última instancia, a la cohesión del espacio geopolítico que articula el territorio peninsular, los archipiélagos y las plazas norteafricanas.
Quien mantenga su control e influencia sobre Gibraltar, influirá, tal vez de manera parcial, pero muy importante, sobre el acceso del Mediterráneo al Atlántico y viceversa, sobre las líneas energéticas y de comunicaciones y sobre el tráfico comercial euroasiático. Pero también sobre los despliegues navales de Rusia, de los Estados Unidos de Norteamérica, de flotas europeas y de la Alianza Atlántica. Todo ello sin olvidar que controlará el enlace estratégico con Canarias, África Occidental y el Sahel pues la influencia estratégica pesa más que la soberanía formal.
Es por todo ello, y en aras de un verdadero equilibrio regional que España necesita una visión integrada Atlántico-Mediterráneo. El estrecho de Gibraltar debería ser un elemento clave del sistema geoestratégico nacional. No se trata, únicamente, de una cuestión de soberanía pendiente de resolver, sino de una cuestión de arquitectura estratégica nacional.
España, a mi entender, debería contemplar el Canarias, Estrecho, las plazas de soberanía y Baleares como un único sistema estratégico cuya protección compete al conjunto de las políticas del Estado.
Fernando Alejandre Martinez General de Ejercito
