El Coronel, r del CGEA Julio Serrano Carranza, asociado de AEME , publica este homenaje al Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil

Cuando se pretende quebrar el honor de España.
«El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido, no se recobra jamás.»
Duque de Ahumada – Cartilla del Guardia Joven
Duque de Ahumada – Cartilla del Guardia Joven
Hay instituciones cuya grandeza no se mide por el poder que ostentan, sino por el sacrificio silencioso de quienes las sirven. Instituciones que han sobrevivido al paso del tiempo porque fueron levantadas sobre los cimientos del honor, del deber y de la lealtad a España. La Guardia Civil es, sin duda, una de ellas.
Hoy, cuando la actualidad sitúa a la Dirección del Cuerpo bajo el foco de actuaciones judiciales, corresponde exclusivamente a los tribunales esclarecer los hechos y determinar, en su caso, las responsabilidades que pudieran existir. Así funciona un verdadero Estado de Derecho y así debe seguir siendo. Nadie puede ni debe situarse por encima de la Ley, con mayúsculas.
Pero tampoco nadie debería aprovechar las circunstancias de sesgo mediático para erosionar el prestigio de una Institución que, durante más de ciento ochenta años, ha sido uno de los pilares sobre los que descansan la seguridad, la libertad y la unidad de España.
La Guardia Civil no pertenece a un Gobierno. No pertenece a una ideología. Ni siquiera pertenece a quienes, de forma transitoria, ocupan sus puestos de dirección. La Guardia Civil pertenece al pueblo español, que la ha visto acudir allí donde otros no llegaban; que la ha contemplado socorriendo al náufrago, buscando al desaparecido, consolando al anciano, persiguiendo al delincuente, protegiendo nuestras fronteras, velando por nuestros pueblos y defendiendo la ley hasta sus últimas consecuencias.
Quien haya tenido el privilegio de vestir el uniforme verde sabe de sobra que, si bien, el hábito no viste al monje, dice mucho de él. Sabe que es más que una prenda, es un compromiso de lealtad y servicio a los demás que es asumido para toda la vida.
Ya lo enseñaba el Duque de Ahumada en la inmortal Cartilla del Guardia Joven, auténtico catecismo moral de la Benemérita. No era un simple reglamento disciplinario; era una manera de entender el servicio a España.
El honor, la disciplina, la lealtad, la austeridad, la abnegación y el espíritu de sacrificio han guiado a generaciones de guardias civiles. Todos ellos han compartido una convicción que constituye la esencia misma de su vocación: no existe mayor recompensa para un guardia civil que la íntima satisfacción del deber cumplido. Esa satisfacción silenciosa, que nunca busca aplausos ni reconocimientos, ha sido siempre la verdadera condecoración de quienes sirven bajo el emblema de la Benemérita.
Durante generaciones, miles de guardias civiles hicieron suyo ese mandato. Lo cumplieron en las montañas, en los caminos, en los pueblos más aislados y en las ciudades más difíciles. Lo cumplieron sin preguntar quién gobernaba, porque su único compromiso era con España y con los españoles.
Cuando ETA declaró la guerra a nuestra Nación, fueron los guardias civiles quienes ocuparon la primera línea del combate. Durante décadas soportaron atentados, amenazas y asesinatos. Muchos salían de sus casas sabiendo que podían no regresar. Sus hijos crecieron escoltados por el miedo. Sus familias aprendieron a convivir con la incertidumbre.
Y, sin embargo, jamás cedieron.
Aquellos hombres y mujeres derrotaron al terrorismo no con discursos altisonantes, sino con perseverancia, profesionalidad y un heroísmo cotidiano que pocas veces recibió el reconocimiento que merecía. Sobre la sangre de cientos de guardias civiles asesinados se cimentó la victoria de la democracia frente a la barbarie.
La historia de España tiene con ellos una deuda de gratitud impagable.
La historia de España tiene con ellos una deuda de gratitud impagable.
Hoy el enemigo adopta otras formas.
El narcotráfico desafía al Estado en nuestras costas con medios cada vez más sofisticados y con una violencia que hace años parecía inimaginable. Allí vuelven a estar los guardias civiles, embarcando de noche, patrullando el Estrecho, enfrentándose a organizaciones criminales que no dudan en matar para proteger sus negocios. También allí la sangre del uniforme verde ha vuelto a teñir de rojo nuestras aguas.
Y mientras tanto, miles de actuaciones anónimas continúan produciéndose cada día sin ocupar una sola portada: un rescate en la montaña, un niño encontrado, una mujer protegida de su agresor, una red criminal desarticulada, un anciano auxiliado, una carretera segura, un pueblo tranquilo.
Ese es el verdadero rostro de la Guardia Civil. No les gusta la notoriedad, su pasión es España y su divisa el honor.
Precisamente por ello resulta tan preocupante el clima de desgaste institucional que vivimos. Porque quienes aspiran a debilitar el Estado saben perfectamente que las naciones no se destruyen únicamente atacando sus fronteras. Se debilitan desacreditando las instituciones que garantizan la libertad de sus ciudadanos.
Los enemigos de España, los que pretenden erosionar los fundamentos de nuestra convivencia y dinamitar los pilares del Estado de Derecho, saben perfectamente cuáles son los bastiones que sostienen nuestra democracia: una Justicia independiente, unas Fuerzas Armadas leales a la Constitución y unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado profesionales, imparciales y entregadas al servicio de la ley.
Los enemigos de España, los que pretenden erosionar los fundamentos de nuestra convivencia y dinamitar los pilares del Estado de Derecho, saben perfectamente cuáles son los bastiones que sostienen nuestra democracia: una Justicia independiente, unas Fuerzas Armadas leales a la Constitución y unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado profesionales, imparciales y entregadas al servicio de la ley.
Si alguna vez consiguieran quebrar la confianza de los españoles en esas instituciones, habrían avanzado en su verdadero propósito: sustituir el interés general por el interés partidista, debilitar la Nación para fortalecer sus propios proyectos políticos y convertir las instituciones en instrumentos al servicio del poder y no del ciudadano.
Por eso defender a la Guardia Civil no significa cerrar los ojos ante los errores que puedan cometer determinadas personas. Significa algo mucho más importante: preservar el prestigio de una Institución que está muy por encima de quienes, de manera transitoria, ocupan puestos de responsabilidad.
Los españoles no podemos permitir que la sombra de unos hechos concretos eclipse la luz de ciento ochenta años de servicio ejemplar.
Porque la Guardia Civil no son unos despachos.
La Guardia Civil son los miles de hombres y mujeres que esta noche patrullarán nuestras carreteras, navegarán nuestras costas, custodiarán nuestras fronteras, investigarán delitos y acudirán allí donde un ciudadano necesite ayuda
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Ellos siguen siendo fieles al juramento que un día pronunciaron.
Ellos siguen siendo fieles al juramento que un día pronunciaron.
Ellos siguen llevando por bandera el honor.
Ellos siguen creyendo que servir a España constituye el mayor privilegio que puede asumir un servidor público.
Y continúan sabiendo, como tantas generaciones antes que ellos, que no existe mayor recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
A ellos debemos nuestro reconocimiento.
A ellos nuestro respeto.
Y, sobre todo, nuestro respaldo.
A ellos nuestro respeto.
Y, sobre todo, nuestro respaldo.
Porque cuando una nación deja de proteger a quienes la protegen, comienza a perder una parte de sí misma.
Hace casi nueve siglos, el poeta anónimo del Cantar de Mio Cid legó a la Historia una sentencia que ha transcendido a generaciones: «¡Dios, qué buen vasallo, si oviese buen señor!»
Hoy, al contemplar el sacrificio silencioso de miles de guardias civiles que, lejos de los focos mediáticos, continúan sirviendo a España con la misma lealtad, el mismo honor y la misma vocación de servicio que heredaron de quienes les precedieron, resulta inevitable que aquellas palabras vuelvan a resonar con fuerza.
Porque España sigue teniendo buenos vasallos.
Hombres y mujeres que no preguntan por la conveniencia del servicio, sino por el deber; que no buscan reconocimiento, sino cumplir con su juramento; que no reclaman privilegios, sino el respeto debido a una Institución que ha escrito algunas de las páginas más nobles de nuestra historia contemporánea.
Que nunca le falten a España gobernantes con la altura moral necesaria para comprender que la Guardia Civil no es patrimonio de ningún poder político, sino uno de los grandes patrimonios morales de la Nación.
Que nunca le falten dirigentes capaces de proteger su independencia, preservar su prestigio y honrar el sacrificio de quienes han dado, y siguen dando, lo mejor de sus vidas por España.
Porque mientras exista una pareja de la Guardia Civil recorriendo nuestros caminos, vigilando nuestras costas, socorriendo al necesitado o velando por la seguridad de los españoles, seguirá latiendo el espíritu que el Duque de Ahumada sembró hace más de ciento ochenta años.
Y mientras ese espíritu permanezca vivo, España conservará uno de los pilares más firmes de su libertad, de su unidad y de su esperanza.
Porque las naciones no mueren cuando pierden sus riquezas. Empiezan a desaparecer cuando dejan de honrar a quienes las defienden.
Instituto gloria a ti
Por tu honor quiero vivir
Viva España, viva el Rey,
viva el orden y la ley
Viva honrada la Guardia Civil
Julio Serrano Carranza. Coronel de Aviación (R). Ejército del Aire y del Espacio
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