CICLO I /26 DE AEME «CHINA EN LA NUEVA ERA GEOPOLITICA»

CHINA Y LA AUTOSUFICIENCIA TECNOLÓGICA. LA COMPETENCIA ENTRE DOS OLIGOPOLIOS IDEOLÓGICOS POR EL PODER GLOBAL
La autosuficiencia tecnológica como eje de la rivalidad global
La rivalidad estratégica entre China y Estados Unidos constituye el eje sobre el que se estructura el orden mundial del siglo XXI. Aunque esta competencia se manifiesta a través de múltiples dimensiones –ideológica, económica, tecnológica y militar–, su naturaleza profunda puede entenderse mejor si la analizamos como la interacción entre oligopolios en competencia. Por un lado, un oligopolio de poder político y estratégico, formado por dos actores dominantes y configurado a partir de dos paradigmas ideológicos que concentran la mayor parte del poder político, económico, tecnológico y militar del sistema internacional. Por otro lado, derivado del anterior, dos estructuras económicas que se encarnan en forma de oligopolio económico, tecnológico y empresarial, que en conjunto compiten por dominar la economía global: el oligopolio tecnocapitalista, liderado por Estados Unidos, y el oligopolio tecnocomunista, liderado por China.
El argumento central de este artículo es el de que la autosuficiencia tecnológica es mucho más necesaria para China que para Estados Unidos porque determina su capacidad para competir simultáneamente en ambos oligopolios. La tecnología es el recurso que articula el crecimiento económico, la capacidad militar y la posibilidad de ejercer liderazgo global. Sin control de las tecnologías críticas, China no puede sostener su modelo tecnocomunista ni disputar la hegemonía al oligopolio tecnocapitalista. El gigante asiático necesita el liderazgo en alta tecnología para reemplazar sectores productivos maduros como el inmobiliario y el de las infraestructuras, haciendo de la innovación el motor principal de su crecimiento a través de nuevas fuerzas productivas de mayor valor añadido. Por lo tanto, para China la autosuficiencia no es solo un objetivo económico, sino una necesidad vital para dotar de una mayor resiliencia su estructura de poder político y militar frente a las restricciones tecnológicas de Occidente.
Estados Unidos, en cambio, ya controla la frontera tecnológica y los nodos críticos del sistema global, lo cual le permite mantener su posición dominante en ambos oligopolios, o lo que es lo mismo, su capacidad para conservar su hegemonía mundial. Estados Unidos es hoy por hoy la superpotencia indiscutible a nivel mundial en todo lo referente a los derechos de propiedad industrial, a la vez que mantiene el liderazgo en investigación básica y aplicada. La primacía estadounidense en tecnologías críticas se identifica como el factor que inclina la balanza del poder a su favor. En el caso del oligopolio político‑estratégico, tanto China como Estados Unidos detentan una masa crítica de poder como para condicionar el comportamiento del resto de actores mundiales. La rivalidad estratégica entre ambas naciones tiene como objetivo final, tanto en un caso como en el otro, el de reconfigurar el paradigma de poder y tecnológico a nivel global. En este sentido, el avance de China en sectores de alta tecnología le ha permitido fortalecer tanto su poder como su influencia más allá de sus fronteras. Por su parte, Estados Unidos ha pasado de ser una potencia que ha detentado históricamente el liderazgo del cambio tecnológico, pero que ahora se encuentra disputándolo codo con codo con el país asiático.
Interdependencia estratégica y la búsqueda de autosuficiencia por parte de China
Sin embargo, ninguna de las dos potencias puede prescindir la una de la otra sin autoinfligirse graves perjuicios. Este paradigma competitivo recuerda a un duopolio en teoría de juegos, caracterizado por la interdependencia estratégica conflictiva, es decir, porque cada actor es consciente de que sus resultados dependerán de lo que haga su competidor y viceversa. Ello a su vez implica que sus relaciones se verán condicionadas por una serie de factores conflictivos como son una competencia intensa, una interdependencia inevitable y un riesgo permanente de escalada. La política tecnológica de China ha sido impulsada por el comportamiento y las políticas de Estados Unidos: tal ha sido el caso de las restricciones de Washington que han acelerado la necesidad de China hacia la autosuficiencia. De la misma forma, se ha hecho evidente una dinámica en la que las tácticas defensivas de uno –como los controles de exportación y los aranceles– han alterado directamente el cálculo y el éxito del otro. Todo este proceso conlleva el peligro de inducir una espiral de subidas arancelarias y una dinámica de “ojo por ojo” entre ambas potencias que puede fragmentar la economía global.
En este escenario, Estados Unidos ha ido desarrollando a lo largo del tiempo una red global de alianzas, bases militares y acuerdos de seguridad que le permiten proyectar su poder en todos los continentes. China, por su parte, está construyendo un paradigma de arquitectura geopolítica que combina planificación estratégica, control político y ambición global, que trata de imitar y competir con el modelo estadounidense. La competencia entre ambas superpotencias en el tablero militar y geoeconómico es una lucha por definir las nuevas reglas del orden mundial. En este oligopolio, la tecnología representa el recurso decisivo. La capacidad de innovar, producir y desplegar sistemas avanzados determina la eficacia militar, la influencia diplomática y la capacidad de fijar estándares globales.
Autosuficiencia tecnológica: tecnocapitalismo frente a tecnocomunismo
Por lo que se refiere al oligopolio económico, tecnológico y empresarial, sus estructuras difieren en la propia filosofía derivada del paradigma geopolítico y de poder anteriormente definido. El oligopolio tecnocapitalista norteamericano está configurado en base a mercados competitivos, cuya espina dorsal es un sistema financiero que canaliza libremente sustanciales cantidades de capital de los inversores hacia los creadores de tecnología. Este ecosistema, caracterizado por el capital riesgo, la innovación descentralizada, la propiedad privada de datos y plataformas, y un ecosistema dual civil‑militar, está representado por un conjunto de empresas insignia, entre las que destacan Microsoft, Google, Apple, Amazon, Nvidia, SpaceX, que controlan tecnologías críticas como son los sistemas operativos, la computación en la nube, los chips avanzados y la inteligencia artificial generativa. Como resultante, este modelo genera innovación espontánea y rápida, impulsada por la competencia y la inversión privada. Otro aspecto fundamental del modelo estadounidense es su paradigma de integración civil-militar, que ha sido una de sus fortalezas históricas. Dicha integración se articula bajo un marco legal transparente, como el Reglamento de Adquisiciones Federales, que gestiona la relación entre el sector privado y las necesidades de defensa.
Por su parte, el oligopolio tecnocomunista chino se caracteriza por la planificación estatal, la dirección política del Partido Comunista, la fusión civil‑militar inspirada en parte en la percepción del éxito de la integración civil-militar de Estados Unidos, el control estatal de datos y plataformas, y la autosuficiencia como objetivos estratégicos. Entre sus empresas más significativas se encuentran Huawei, Alibaba, Tencent, DJI, Baidu, que a diferencia del modelo norteamericano operan dentro de un marco de dirección política, donde la innovación está subordinada a objetivos nacionales. La planificación estatal estratégica de la potencia asiática ha evolucionado desde el paradigma de las directrices de obligado cumplimiento de la era de Mao Zedong hasta la centralización del poder bajo el mandato de Xi Jinping, lo que ha supuesto una intervención directa del Partido Comunista de China en la definición de las políticas de I+D, a la vez que se han profundizado los controles ideológicos sobre los procesos de innovación. Ello ha conllevado incluso una reestructuración de ministerios para garantizar que la ciencia y la tecnología se alineen estrictamente con las prioridades del Partido.
Es precisamente este modelo de planificación estatal estratégica basada en los controles ideológicos la mayor debilidad del paradigma innovador chino. Esta forma de organizar y estructurar el proceso de cambio tecnológico tiene la ventaja desde el enfoque oligopolístico tecnocomunista, de que tanto la ciencia como la tecnología sirven a las prioridades del Partido. En cambio, en términos de eficiencia técnico-productiva y de éxito económico y empresarial, presenta un elevado coste de oportunidad, al hacer que el paradigma tecnológico e innovador se rija por reglas que poco o nada tienen que ver con la capacidad de ampliar la frontera de posibilidades de producción e impulsar el crecimiento económico en competencia con el sistema tecnocapitalista.
Autosuficiencia tecnológica, poder militar y hegemonía global
En definitiva, el oligopolio político‑estratégico depende de los éxitos y fracasos del oligopolio económico, tecnológico y empresarial. Quien controle la combinación resultante entre economía, tecnología y empresa controlará la economía global, la estructura de seguridad y las reglas que configuran la arquitectura de la gobernanza mundial. En este contexto, la tecnología es fuente de superioridad nacional y supranacional lo que supone, en un juego de suma cero, que las ganancias de un país conllevan las pérdidas del otro. La relación entre economía, tecnología y poder militar no es un fenómeno reciente y ya desde la Revolución Industrial, las naciones que han liderado las grandes transformaciones tecnológicas han sido también las que han dominado la economía mundial y han proyectado mayor poder militar. El progreso tecnológico transforma la estructura misma de la economía y redefine las posibilidades de poder de las naciones.
Estados Unidos ha construido su liderazgo global sobre un ecosistema de innovación descentralizado, donde el Estado actúa como cliente estratégico, orientando la innovación mediante contratos públicos, especialmente a través del Departamento de Defensa, pero sin dirigir centralmente la economía. Sin embargo, el Partido Comunista chino, desde el Made in China 2025, ha identificado sectores críticos como los semiconductores, la IA, la robótica, la biotecnología, la computación y las comunicaciones cuánticas, interviniendo la producción y movilizando de forma centralizada un volumen ingente de recursos públicos para desarrollarlos. Este paradigma de organización económica y tecnológica está basado en la interpretación desde un punto de vista político centralizado de la realidad económica del mundo capitalista, en el cual los objetivos se definen por emulación de los procesos de libre mercado. Ahora bien, esta visión no permite internalizar la capacidad creativa de los procesos de mercado capitalistas, que son el verdadero ADN del crecimiento real de las economías modernas.
La historia militar demuestra que la superioridad tecnológica es un factor decisivo en la obtención de la victoria militar. Desde la pólvora hasta los misiles hipersónicos, pasando por el radar o las constelaciones de satélites, las guerras se han ganado con ventajas tecnológicas acumuladas. En la guerra moderna, esta relación es aún más evidente. La capacidad para hacer valer la superioridad tecnológica en el combate depende de tecnologías avanzadas. Estados Unidos mantiene una ventaja significativa en el proceso de cambio tecnológico, sustentado por su ecosistema tecnocapitalista. China, en cambio, ha adoptado un modelo de fusión civil‑militar, que busca aprovechar los avances comerciales para la preparación militar, integrando sistemas de IA, satélites y drones bajo un marco estratégico unificado, lo que acelera la modernización militar, pero al mismo tiempo revela su vulnerabilidad: sin autosuficiencia tecnológica, su poder militar puede ser interrumpido desde el exterior. Para China, por tanto, la autosuficiencia es una necesidad existencial debido a sus dependencias en tecnología punta, mientras que para Estados Unidos el desafío es gestionar una posición dominante que, aunque robusta en diseño y propiedad intelectual, se enfrenta a dependencias críticas en productos manufacturados y materias primas controladas por China.
En el modelo chino, la innovación no es un fin en sí mismo, sino un recurso subordinado a la seguridad nacional, al fortalecimiento militar y a la soberanía tecnológica, mientras que el modelo de libre mercado e inversión privada constituyen la base de la hegemonía tecnológica de Estados Unidos, permitiéndole controlar los puntos críticos del sistema digital global. Mientras que Estados Unidos lucha por mantener una posición ya consolidada, China lucha por alcanzar una autosuficiencia tecnológica que es el único camino viable para sostener su sistema político-económico y disputar así el liderazgo mundial. Sin embargo, la relación entre estas dos potencias no puede ser estanca, sino de una competencia estrechamente vinculada donde cada movimiento estratégico está condicionado por la respuesta esperada del oponente. En última instancia, la competencia económica, tecnológica y empresarial entre China y Estados Unidos no es solo una carrera por la innovación, sino una lucha global para dar forma al panorama tecnológico y, por extensión, al equilibrio de poder. La nación que logre el liderazgo en tecnologías clave inclinará la balanza del poder a su favor y consolidará su posición hegemónica en el siglo XXI. En este sentido, el objetivo estratégico último de China es el de liderar la reforma del sistema de gobernanza global y para ello necesita alcanzar un grado de autosuficiencia tecnológica que la libere de las actuales dependencias de la tecnología occidental.
Antonio Martínez González
Profesor de Economía Aplicada
Universidad Rey Juan Carlos
