Nuestro asociado el GD Carlos Frias Sanchez nombrado Academico de numero de ACAMI

 

 

Ingreso como académico de número de Carlos Frías Sánchez

Su discurso se tituló «El campo de batalla transparente»

 

Introducción

El pasado 18 de febrero se celebró el solemne acto de ingreso del general de división Carlos Javier Frías Sánchez como académico de número de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares. El evento tuvo lugar en el salón de actos de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Armas Navales. El nuevo académico tomó posesión de la medalla número 50, asignada a la Sección de Futuro de las Operaciones Militares.

La ceremonia estuvo presidida por el presidente de la Academia, general de ejército (R) Jaime Domínguez Buj. El presidente dio inicio al acto con unas palabras dirigidas a los asistentes. El acto contó con la presencia del general de ejército Amador Enseñat y Berea, Jefe de Estado Mayor del Ejército. Posteriormente, el secretario general de la Academia, general de división (R) Manfredo Monforte Moreno, leyó el acta que certificaba la elección del nuevo académico, destacando los méritos profesionales y académicos que avalaron su nombramiento.

Discurso de ingreso

El general Frías pronunció su discurso titulado «El campo de batalla transparente». Comenzó explicando que el llamado campo de batalla transparente se había gestado a partir de las lecciones de la guerra del Yom Kippur y de los desarrollos tecnológicos impulsados por la second offset strategy estadounidense. A partir de la doctrina soviética del complejo de reconocimiento y ataque, describió un escenario en el que todo lo que se desplegaba en el campo de batalla podía ser detectado y, una vez detectado, podía ser destruido. El ponente recordó cómo, tras la Guerra Fría, estos conceptos parecieron quedar en segundo plano. Sin embargo, la invasión de Ucrania en 2022 demostró que la combinación de fortificaciones extensas, drones, satélites, teléfonos móviles y sistemas de artillería había convertido amplias zonas del frente en un espacio semitransparente.

Relató que, en esa franja de quince a veinte kilómetros a cada lado de la línea de contacto en Ucrania, casi cualquier presencia era localizada por una densa red de sensores. En consecuencia, era atacada en cuestión de segundos, dificultando gravemente la evacuación de heridos y el reabastecimiento. Subrayó que este campo de batalla transparente favorecía guerras largas de desgaste, donde la sorpresa táctica y operacional prácticamente desaparecían. Por tanto, solo la capacidad de desarticular el sistema de sensores y fuegos del adversario, mediante mayores alcances, precisión y potencia de fuego, permitiría recuperar la maniobra y evitar conflictos prolongados y poco decisivos. Concluyó que este análisis debía servir de guía en la reconfiguración de las Fuerzas Armadas. Para ello, insistió en la necesidad de anticipar y adaptarse a esta nueva realidad tecnológica para no quedar atrapados en un futuro de guerras estáticas y extremadamente costosas en vidas y recursos.

Laudatio y clausura del acto

La respuesta al discurso corrió a cargo del académico Alfredo Sanz y Calabria, quien, como profesor, conoció al nuevo académico siendo éste cadete en la Academia de Artillería. Su discurso tuvo un tono profundamente amistoso y laudatorio hacia el general Frías. Resaltó su brillante trayectoria profesional, su capacidad para abordar la Defensa desde una perspectiva sistémica y su dominio tanto de las ciencias como de las letras. El orador subrayó la relevancia del concepto de «campo de batalla transparente» y la importancia de la doctrina frente a la mera tecnología. Concluyó señalando que la Academia se veía enriquecida con su incorporación y expresando el orgullo de ver superado al antiguo maestro por su discípulo

A continuación, el presidente de la sesión impuso la medalla y entregó el diploma acreditativo al nuevo académico de número.

Como es costumbre en los actos solemnes de la Academia, el acto de ingreso como académico de número de Carlos Javier Frías Sánchez concluyó con la interpretación del Himno Nacional y los tradicionales vivas a España y al Rey.

 

 

Discurso de ingreso  del GD Frias:

El campo de batalla transparente

Excelentísimas e ilustrísimas autoridades.
Excelentísimos e ilustrísimos académicos.
Señoras y señores.
Quiero comenzar por manifestar mi agradecimiento al teniente general García
Servert por proponerme como candidato para la medalla 50 de las de número de
esta institución. Como conocedor de la gran labor de esta institución, la posibilidad
de unirme a sus filas es un orgullo, pero también me impone la gran responsabilidad
de estar a la altura de lo que la pertenencia a ella implica.
Y también debo agradecer esa confianza a todos los que aceptaron la propuesta
del teniente general, a los que no me conocían en ese momento y, especialmente,
a los que me sí me conocían y, pese a ello, me aceptaron.
Y, continuando con los agradecimientos, me dirijo a todos Vds., que, con agendas
muy apretadas y cargadas de obligaciones, dedican esta tarde a acompañarme en
mi discurso de ingreso. La deferencia que me hacen al acompañarme en este día,
me llena de orgullo y me impone un deber adicional con esta Academia.
Pero, como acabamos de escuchar, para pasar de «académico electo» a
«académico de número» es requisito indispensable pronunciar un discurso de
ingreso. Preparar este discurso no ha sido una tarea fácil: ante una audiencia de
auténticos expertos, ¿qué podría aportar yo que no haya sido dicho ya por otros
mejor preparados?
Apoyándome en el lema de esta Academia Scire, cognoscere, invenire: saber del
pasado, conocer el presente y descubrir el futuro, me acabé decidiendo por un tema
que une estos tres elementos básicos: presente, pasado y futuro.
Mi elección fue el “campo de batalla transparente”, aunque debo confesar que tenía
mis dudas. Y por una razón sencilla: de las tres partes de la “ecuación”, pasado,
presente y futuro, quizá el futuro del que voy a hablar quede más cerca del presente
de lo que me gustaría.
La evolución del concepto.
Los orígenes del concepto de “campo de batalla transparente” se remontan al s.
XX. Para algunos autores, es una idea que surge en la U.S. Navy en los primeros
años de la Segunda Guerra Mundial, pero su articulación concreta se produce en
el marco de los análisis que los estudiosos militares soviéticos hicieron de la guerra
del Yom Kippur, que enfrentó a israelíes contra egipcios y sirios en el otoño de 1973
y de los avances tecnológicos norteamericanos en la década de los ’70 y de los ’80
del pasado siglo, en el marco de la “segunda estrategia de compensación” (second
offset strategy), impulsada por el Secretario de Defensa norteamericano Harold
Brown.
En la Guerra del Yom Kippur tuvieron un papel protagonista algunos sistemas de
armas ya existentes, pero poco o nada utilizados en combate real hasta ese
momento. Destacaron los sistemas de misiles antiaéreos soviéticos, que
consiguieron infligir fuertes pérdidas a la, hasta entonces, victoriosa aviación israelí.
La potente defensa antiaérea basada en tierra que los soviéticos suministraron a
sus aliados egipcios y sirios consiguió evitar que los aviones israelíes pudiesen
volar en grandes zonas del terreno, impidiendo que pudiesen apoyar a sus fuerzas
terrestres. Dado el protagonismo del apoyo aéreo en la doctrina militar israelí, esto
supuso un duro golpe para sus fuerzas terrestres, que tuvieron que combatir en
inferioridad de condiciones con respecto a sus enemigos árabes. Además de los
misiles antiaéreos, los soviéticos proporcionaron a sus aliados miles de misiles
contracarro filoguiados, lo que permitió a los ejércitos árabes compensar el superior
adiestramiento y la mejor calidad de los carros de combate de sus enemigos
hebreos. Pese a estas desventajas, contando con una potente ayuda
norteamericana, los israelíes fueron capaces de sobreponerse a ellas y
consiguieron finalmente la victoria, si bien, a diferencia de lo ocurrida en la anterior
“Guerra de los Seis Días” de 1967, fue una victoria muy costosa y muy ajustada.
En el análisis soviético posterior a la guerra, la presencia en el campo de batalla de
estos nuevos sistemas de armas tenía dos efectos fundamentales: por un lado, la
artillería antiaérea moderna era capaz de crear grandes “burbujas” en las que la
aviación enemiga no podría entrar. Teniendo en cuenta que la doctrina de la OTAN
se basaba en gran medida en el apoyo aéreo, ésta era una lección muy a tener en
cuenta para los ejércitos del Pacto de Varsovia. La segunda era que estaban
apareciendo tecnologías que prometían cambiar radicalmente la forma de combatir
(que seguía siendo sustancialmente la misma que en la Segunda Guerra Mundial),
como las armas de precisión.
Por su parte, las inversiones tecnológicas de la second offset strategy
norteamericana se centralizaron bajo la dirección de la DARPA (Defense Advanced
Research Projects Agency) y se focalizaron en el desarrollo de sistemas de
reconocimiento, vigilancia e inteligencia (conocidos por las siglas ISTAR –
Intelligence, Surveillance, Target Acquisition and Reconnaissance – Inteligencia,
Vigilancia, Adquisición de Objetivos y Reconocimiento), sistemas enfocados a
detectar, identificar y localizar con precisión todos los elementos enemigos
presentes en el campo de batalla, en las armas de precisión, en la tecnología
“furtiva” (stealth, diseñada para evitar la detección de los aviones propios mediante
radar), en la navegación por satélite y en los sistemas de comunicaciones
avanzados. Los campos en los que se centraron estas investigaciones no pasaron
desapercibidos para los teóricos soviéticos.
Los desarrollos tecnológicos de la second offset strategy norteamericana
comenzaron a dar frutos, cambiando completamente la manera de combatir de los
ejércitos (e, incidentalmente, nuestras vidas diarias: Internet es heredera de
ARPANET, uno de los proyectos de esta offset strategy – si bien iniciado
anteriormente, pero impulsado decisivamente por ella -, igual que la navegación por
GPS). Entre los sistemas de armas derivados de esta tecnologías pueden citarse
los aviones AWACS (Airborne Warning and Control System – “sistema de alerta y
control aerotransportado”), aviones con una antena de radar giratoria encima, que
permiten detectar todos los aparatos que vuelan en una amplia zona, sin estar
limitados por el relieve del terreno; los cazas “furtivos”, como el F-117, las
municiones de precisión, con errores de pocos metros, además de las
comunicaciones digitales y el mencionado GPS.
Los pensadores soviéticos no conocían las razones exactas por las que los
norteamericanos habían escogido estas áreas tecnológicas y no otras, pero
supusieron que estaban ligadas también al análisis de la Guerra del Yom Kippur.
Como consecuencia de sus estudios, los teóricos militares soviéticos propusieron
el concepto de “complejo de reconocimiento y ataque” (RUK, en sus iniciales en
ruso), como forma de organizar las fuerzas armadas del inmediato futuro. Este
concepto, aparentemente, daba coherencia a las investigaciones de la DARPA y
recogía adecuadamente las lecciones aprendidas de la Guerra del Yom Kippur. De
hecho, los soviéticos pensaban que la OTAN se estaba organizando de esa forma.
Un RUK sería una organización compuesta de dos partes:
• Una parte ofensiva, compuesta de vectores de ataque de largo alcance y
alta precisión (misiles de precisión, bombarderos con armas guiadas,
artillería de largo alcance, cohetes guiados…), que necesitarían sensores
capaces de proporcionarles la información necesaria sobre los objetivos a
batir (estos sensores serían ópticos, optrónicos o radares, montados en
satélites, en aviones de reconocimiento, en drones, o en cualquier otro
vehículo), y que transmitirían instantáneamente la información obtenida por
medio de comunicaciones digitales. Estos sistemas se moverían guiados por
la navegación por satélite (el GPS), elemento crucial también para la guía de
las nuevas armas de precisión.
• Una parte defensiva, destinada a proteger los vectores de ataque propios, el
sistema C2 y sus sensores asociados de la acción de las armas del enemigo.
Esto implicaba el desarrollo de sistemas antiaéreos de largo alcance, de
misiles antibuque (que evitasen la acción de las Armadas de la OTAN, muy
superiores a la soviética) y de potentes sistemas de guerra electrónica,
destinados a cegar a los sensores enemigos. Esta parte defensiva del
concepto de RUK, más amplio, es lo que conocemos hoy como “A2/AD”.
Todos los elementos que compondrían un RUK estarían enlazados por una efectiva
red de comunicaciones que permitiese minimizar el tiempo necesario para batir los
objetivos detectados (lo que denominan en OTAN “sensor-to-shooter time”).
El despliegue de estos RUK llevaría a un “campo de batalla transparente”, en el
que los nuevos sensores (entonces todavía en desarrollo) permitirían conocer e
identificar con precisión todos los elementos presentes en el campo de batalla, al
tiempo que los vectores de ataque de largo alcance y alta precisión permitirían
destruir rápidamente aquellos objetivos que se considerasen más rentables para la
operación en curso. Es decir, el “campo de batalla transparente” se caracterizaría
por estos dos rasgos: 1) “todo lo que se despliegue en el campo de batalla será
detectado” y 2) “todo lo que sea detectado podrá ser destruido”.
Los RUK serían complejos móviles, para desplegarlos en las zonas donde fuese
preciso y capaces de avanzar para forzar a combatir a sus enemigos, en caso de
que los adversarios intentasen evitar la lucha contra ellos. Para estos pensadores,
los conflictos futuros se materializarían en el enfrentamiento entre dos RUK rivales,
que finalizaría cuando uno de ellos fuese capaz de desarticular al RUK enemigo. A
partir de ese momento, el enemigo sería esencialmente un conjunto de objetivos
inermes, a merced del RUK vencedor.
Como consecuencia de este análisis, los soviéticos realizaron un importante
esfuerzo tecnológico para dotarse de los medios necesarios para implementar su
propio RUK. Así, sobre la base de sus sistemas antiaéreos ya existentes,
comenzaron el desarrollo de defensas antiaéreas de mayor alcance y precisión (los
actuales S-300, antecesores de los S-400, ambos desplegados en la actual guerra
en Ucrania), misiles antibuque de largo alcance, su propio sistema de navegación
por satélite (el GLONASS), drones (como los Tupolev Tu-123 y Tu-141, de los años
’70)… Conscientes de su inferioridad en aviación con respecto a la OTAN,
desarrollaron multitud de misiles balísticos “de campo de batalla” (SCUD, Frog,
Iskender…) e iniciaron el diseño de sistemas de guía terminal para sus misiles. Sin
embargo, la caída de la Unión Soviética y la consiguiente crisis política y económica
abortaron ulteriores desarrollos del concepto de RUK. No obstante, los programas
de desarrollo de muchos de estos sistemas de armas siguieron adelante, en
muchos casos por pura inercia administrativa.
Lo paradójico del concepto de RUK es que los analistas soviéticos estaban mucho
más avanzados en el ámbito doctrinal que sus rivales norteamericanos. En
realidad, los desarrollos tecnológicos norteamericanos simplemente buscaban
medios para compensar la inferioridad numérica de la OTAN frente al Pacto de
Varsovia en el frente europeo. Para ello habían desarrollado una doctrina defensiva
denominada Active Defense, basada en optimizar sus capacidades de fuego, y en
ese sentido habían orientado sus investigaciones. El concepto de RUK era en la
práctica mucho más sofisticado que la Active Defense de los norteamericanos y,
potencialmente, mucho más decisivo.
El final de la Guerra Fría llevó a un mundo distinto, en el que las guerras entre
grandes potencias parecían haber desaparecido para siempre y, con ellas, la
necesidad de conceptos militares complejos y costosos, como era el caso del RUK.
Los conflictos ocurridos desde la caída de la Unión Soviética hasta la invasión de
Ucrania eran, casi en su totalidad, operaciones de estabilización en las que las
fuerzas occidentales desplegaban en Estados del Tercer Mundo para realizar
operaciones de contrainsurgencia. Este tipo de operaciones requerían
fundamentalmente fuerzas “expedicionarias” (capaces de desplegar en escenarios
muy alejados del territorio nacional) y contingentes de Infantería Ligera, capaces
de dividirse en pequeñas patrullas para dar seguridad en amplios territorios y de
interactuar con la población local, en un entorno de baja amenaza… Es decir, los
elementos necesarios para organizar y operar uno de estos RUK (sensores
avanzados, defensas antiaéreas de largo alcance, armas de precisión de largo
alcance, artillería pesada, etc.) no tenían ninguna utilidad en este tipo de
operaciones, que fueron las predominantes desde las guerras de la exYugoslavia
en los años ‘90. Teniendo en cuenta que, además, los elementos necesarios para
organizar uno de estos RUK son mucho más costosos que los requeridos para las
operaciones de estabilización, no es sorprendente la baja prioridad que han
recibido en los programas de adquisiciones de los ejércitos.
Adicionalmente, en realidad, pese a las previsiones de los analistas soviéticos, la
tecnología de los años ’70 no estaba suficientemente madura para la
implementación del concepto de RUK y la situación geopolítica subsiguiente al fin
de la Unión Soviética parecía descartar la necesidad de seguir profundizando en el
concepto. Pese a ello, los avances tecnológicos enfocados al uso civil han
desarrollado multitud de tecnologías “de doble uso” (civil y militar) con utilidad
inmediata para el concepto RUK… Aunque nadie pareció darse cuenta de ello.
Volviendo al presente, cuando en febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania, nuestra
doctrina de combate, en Occidente y en Rusia, seguía intelectualmente en los
primeros años 90, pero la tecnología había experimentado un enorme avance.
En realidad, tanto el Ejército Ruso como el Ejército Ucraniano son “hijos y
herederos” del Ejército Rojo: su cultura militar es, todavía hoy, eminentemente
soviética, sus sistemas de armas principales son herencia del Ejército Rojo y sus
jefes militares estudiaron en Academias Militares que pertenecían a la Unión
Soviética, compartiendo aulas y enseñanza. De hecho, algunos analistas, al
evaluar el posible resultado de la guerra manifestaban que “un pequeño ejército
soviético (el ucraniano), nunca podré vencer a otro ejército soviético mayor (el
ruso)”.
En la práctica, el Ejército Ruso es más “soviético” que el ucraniano, por una razón
sencilla: se considera a sí mismo como un continuador del Ejército Rojo, mientras
que el ucraniano, tras recibir adiestramiento y apoyo inicialmente norteamericano y
británico (desde 2014) y, tras la invasión rusa, del resto de la OTAN, intenta cambiar
su cultura militar, al mismo tiempo que reemplaza sus sistemas de armas por otros
occidentales y se aparta de la doctrina soviética. No obstante, todavía hoy, los jefes
ucranianos tienden a diseñar sus operaciones al estilo soviético. Una de las peores
características de esta forma de combatir es el desprecio por las bajas propias: los
soldados son “recursos humanos”, destinados a consumirse, como cualquier otro.
Esta aproximación podía justificarse en la Unión Soviética, un país inmenso con
una población mayoritariamente joven, pero no es aplicable a una Ucrania mucho
más pequeña y más envejecida (ni, en realidad, para una Rusia que sufre una
importante merma demográfica).
Después de la fase de operaciones relativamente rápidas de 2022, el frente en
Ucrania se ha estabilizado en líneas esencialmente fijas. A esta estabilización
contribuyen notablemente el clima y la carencia de vías de comunicación: en otoño
y en primavera los campos ucranianos se convierten en un barrizal impracticable
incluso para los vehículos de cadenas y la falta de carreteras asfaltadas o de
trazados ferroviarios de cierta densidad hacen impracticables los movimientos
militares de entidad. Durante estos periodos, los dos ejércitos hacen lo que siempre
hacen los ejércitos en situaciones estáticas: fortificarse. Así, las improvisadas
trincheras provisionales de finales de 2022 se han ido convirtiendo en frentes
consolidados, con varias líneas fortificadas en paralelo, escalonadas en
profundidad, con campos de minas, alambradas y obstáculos cada vez más densos
y más difíciles de superar. Periódicamente aparecen en la prensa imágenes de
trincheras en Ucrania que tienen poco que envidiar a las que se construyeron en el
Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial, probablemente los sistemas
fortificados más complejos de la Historia.
Si la profusión de fortificaciones ya limita el movimiento, aparece ahora un factor
poco esperado en su momento: la tecnología nos ha llevado a una situación de
“campo de batalla transparente” (término que empleo con el permiso de D. Félix
Pérez, que predice una evolución hacia el campo de batalla “inteligente”, que sería
motivo de otra conferencia): la irrupción de los UAS – popularmente los drones – ,
junto con la disponibilidad de sistemas de armas como los de defensa antiaérea S
300 y S-400 – y sus equivalentes occidentales Patriot e IRIS-T –, los misiles guiados
Iskender o Tochka, o sistemas de cohetes como los BM-21 o los HIMARS, junto
con nuevos desarrollos (como las armas “hiperveloces”) y, de forma muy
destacada, los avances en informática y en comunicaciones, han creado esta
nueva situación, que responde a dos premisas: todo lo que se despliegue en el
campo de batalla podrá ser detectado y todo lo detectado podrá ser atacado.
En efecto, el avance tecnológico ha llevado a la aparición de cientos de miles de
sensores de origen civil, pero de utilidad militar. Veamos algunos:
• Hoy en día, todos llevamos un teléfono móvil “inteligente”, un smartphone,
dotado de una cámara de fotos o vídeo, una conexión a Internet y una serie
de aplicaciones con diversos usos. A impulsos del Ministro de
Transformación Digital ucraniano, Mijailo Fedorov (un ejecutivo de empresas
tecnológicas, en su pasado inmediato), Ucrania ha desarrollado un amplio
abanico de programas informáticos para estos smartphones, con utilidad
militar. Entre estos los hay que permiten a los civiles ucranianos informar de
la presencia y situación exacta de soldados o equipos rusos, e incluso
pueden solicitar fuego sobre ellos directamente (como parece permitir la
aplicación “GIS ARTA”). Los soldados ucranianos emplean sus móviles
igualmente para enviar información, pero también como equipo de
intercomunicación personal, de forma que cada soldado ucraniano cuenta
con una “radio táctica” individual, un “lujo” que pocos ejércitos tienen. Es
decir, hay millones de “sensores” (tantos como smartphones y Ucrania
disponía de 44 millones de teléfonos móviles antes de la invasión) repartidos
por el territorio ucraniano enviando información.
• Drones civiles. Los drones son ingenios relativamente antiguos (el Ejército
Rojo ya los comenzó a operar en los años ’70). Sin embargo, algunos
avances tecnológicos han permitido aumentar enormemente las
capacidades de estos aparatos y abaratar su coste de manera dramática.
Así, los primeros drones seguían trayectorias preprogramadas, pues no
tenían un sistema de guía instantáneo. Los operadores ajustaban una serie
de giróscopos instalados en el aparato para que realizase la maniobra
necesaria en el momento programado (de forma que el viento o las
irregularidades en la velocidad podían hacer variar mucho la trayectoria).
Sus sensores eran apenas cámaras fotográficas analógicas, que solo podían
revelarse tras la recuperación del aparato y que solo aportaban imágenes,
pero no las coordenadas del lugar donde se habían obtenido. Sus motores
eran similares a los de los aviones, lo que los hacía caros y, en
consecuencia, escasos. Los drones actuales son guiados continuamente,
emplean pequeñas y ligeras cámaras digitales que emiten imágenes
continuamente, que, además están georreferenciadas empleando las
coordenadas proporcionadas por GPS y emplean motores eléctricos (muy
baratos desde que se inventó el bobinado mecánico) o pequeños motores
de explosión. Esto ha permitido reducir enormemente su tamaño, su peso y
su precio, si bien su autonomía está limitada a unas pocas decenas de
minutos. A cambio, su disponibilidad en el mercado y su precio ha permitido
a ambos ejércitos hacerse con miles de ellos.
• Satélites y pseudosatélites civiles: en los últimos años han proliferado las
empresas que ofrecen al público imágenes satélite, con finalidades diversas
(desde establecer el punto de maduración de los tomates de un posible
competidor hasta medir una finca, buscar ruinas antiguas o planificar una
infraestructura). Estas imágenes se ofrecen en varios formatos: ópticas,
optrónicas (infrarrojas, por ejemplo), radáricas, etc., y con una antigüedad
de pocas horas. En la guerra de Ucrania, hoy, ambos contendientes
adquieren regularmente imágenes del territorio enemigo, para verificar qué
ocurre en él.
Estos nuevos sensores se añaden a los disponibles tradicionalmente en los
ejércitos (aviones de reconocimiento, satélites militares, patrullas, drones
militares…).
La enorme cantidad de estos sensores implica la disponibilidad masiva de datos.
Solo las aplicaciones informáticas basadas en Inteligencia Artificial permiten su
tratamiento. Esta es otra novedad del campo de batalla ucraniano.
Como consecuencia, el campo de batalla en Ucrania es hoy, en realidad,
“semitransparente”: hay una franja de unos 15-20 km a cada lado de la línea de
contacto entre los ejércitos que está continuamente sobrevolada por drones de
origen comercial y de bajo precio, que actúan en misiones de obtención de
información o como “municiones merodeadoras” (popularmente, “drones
kamikaces”). En esa franja, el campo de batalla es realmente “transparente”: todo
lo que se despliegue es detectado e inmediatamente batido en pocos segundos, lo
que la convierte en una zona en la que la ocultación es la clave de la supervivencia.
Esto implica que, en esa franja de terreno, no se mueven vehículos, ni personal a
pie, excepto durante la noche y de forma muy excepcional. No hay posibilidad de
evacuar heridos o de suministrar alimentos o munición a los combatientes, excepto
organizando complejas operaciones que incluyen el empleo de potentes equipos
de guerra electrónica (para perturbar los sistemas de control de los drones), fuegos
de artillería y drones propios destinados a dificultar la acción de los pilotos de sus
equivalentes enemigos, para conseguir cortas ventanas de algunas decenas de
minutos en los que se realiza el suministro y la evacuación de los heridos. Estas
operaciones son complejas de organizar y requieren el empleo de medios escasos
(como los equipos de guerra electrónica), por lo que se realizan muy pocas.
Fuera de esa franja realmente transparente, el campo de batalla está vigilado por
drones de mayores prestaciones (pero más escasos y vulnerables a la defensa
antiaérea), satélites, radares, equipos de ESM, medios ciber… Como
consecuencia, cualquier concentración de tropas de cierta entidad fuera de la
mencionada franja será detectada por estos sensores en pocos minutos u horas.
Sin embargo, la disponibilidad de estos sensores avanzados es menor (lo que
reduce la información disponible) y la distancia implica la necesidad de emplear
vectores de fuegos más avanzados (aumentando el tiempo necesario para batir los
objetivos detectados), lo que hace que sea posible desplegar medios militares en
estas zonas, durante un cierto tiempo. La mayor disponibilidad de tiempo en esta
zona “semitransparente” hace que la clave de la supervivencia pueda estar en la
movilidad y en la dispersión más que en la ocultación.
La consecuencia de estos desarrollos es que la sorpresa es imposible, ni a nivel
táctico, ni a nivel operacional: ambos bandos conocen de antemano por qué sector
va a atacar el enemigo (al detectar con tiempo las concentraciones de tropas) y se
preparan para resistir el ataque (lo que permite además cubrir largas extensiones
de frente con pocas tropas: al saber el sector previsto de ataque, simplemente se
concentran las tropas disponibles en él antes de que ocurra, desguarneciendo otras
zonas, que quedan “vigiladas” por drones). Ésta es la principal razón que explica la
inmovilidad (relativa) de los frentes en Ucrania.
La segunda condición del “campo de batalla transparente” es que todo lo que se
detecta en el campo de batalla puede ser atacado. Nuevamente, los desarrollos
tecnológicos refuerzan esta condición. A los vectores de ataque tradicionales de los
ejércitos (aviones de bombardeo, helicópteros de ataque, artillería, cohetes, misiles
guiados…) se suman hoy los drones armados (inicialmente, modelos militares, pero
cada vez más sistemas civiles “militarizados” casi artesanalmente). Estos ingenios,
al igual que los que se utilizan como sensores de información, son muy baratos y,
consecuentemente, abundantes. Y, al igual que ellos, tienen un alcance limitado a
esa franja de quince kilómetros más allá de la línea de contacto. Es cierto que
existen otros ingenios de mayor alcance (como los Shahed iraníes que emplea el
Ejército Ruso), pero se trata de drones de diseño militar, más complejos, mucho
más caros y más escasos que los aparatos civiles modificados para llevar armas.
Además de su menor número, estos drones militares son tan vulnerables a las
defensas antiaéreas modernas como los aviones militares tradicionales.
Un efecto del “campo de batalla transparente” es que el combate acaba siendo un
intercambio de fuegos, generalmente poco decisivo.
Es importante subrayar que la “transparencia” del campo de batalla ucraniano es
un fenómeno artificial: los contendientes detectan “todo” lo que se despliega en el
campo de batalla porque son capaces de operar una densa red de sensores, que
recopilan una enorme cantidad de información… en la zona en la que operan estos
sensores. Sin embargo, esto implica que, en aquellas zonas donde no se
despliegan estos sensores, la información de que disponen los contendientes es
limitada.
Algunas conclusiones de futuro (o de presente).
El mantenimiento de la situación de “campo de batalla transparente” lleva a
conflictos largos, cruentos y poco decisivos, que acaban siendo una competición
de desgaste. Y, en ellas, siempre tiene ventaja el bando dotado de más población
joven, de mayor capacidad de producción industrial (que no está necesariamente
correlacionado con el PIB o con la renta per cápita) y con una mayor capacidad de
sufrimiento de sus ciudadanos (la tan manida “resiliencia”). Viendo el estado de
nuestras sociedades occidentales, creo que es evidente que es una posibilidad
inquietante.
Sin embargo, como he intentado apuntar, esta situación no es inevitable: podemos
(y debemos) salir de ese “campo de batalla transparente”. Pero para ello hay que
ser consciente de las razones que llevaron a su aparición (tecnológicas y
doctrinales), espero que esbozadas en este breve trabajo, y deducir la manera de
evitar esta situación.
De hecho, el establecimiento de un “campo de batalla transparente” no es
inmediato: requiere un cierto tiempo de organización y un importante esfuerzo en
varias áreas. Como consecuencia, si uno de los bandos (o ambos) quieren evitar
esta situación de “campo de batalla transparente” deberán emplear a fondo sus
medios militares en los primeros momentos de un conflicto, para alcanzar la victoria
mediante la maniobra, antes de la consolidación de los frentes estáticos
característicos del “campo de batalla transparente”. Esta circunstancia incentiva los
ataques por sorpresa y prioriza la capacidad de alcanzar una rápida acumulación
de capacidades militares, antes de que el enemigo tenga tiempo de reaccionar.
Incluso después de consolidarse la situación de “campo de batalla transparente”,
su permanencia no es inevitable. En realidad, esta situación no sería más que la
primera batalla de una futura guerra. Si uno de los dos bandos fuera capaz de
desarticular el sistema de sensores y fuegos del adversario, a partir de ese
momento el vencedor tendría a su merced a un enemigo incapaz de oponerse a su
maniobra. Y en esta primera batalla tendrá ventaja el bando que disponga de más
alcance, más precisión y más potencia de fuego. Para ello es necesario potenciar
los vectores de fuego de largo alcance, sus sensores y los medios de mando y
control y de gestión de objetivos, desde tiempo de paz. El bando que comience esta
primera batalla con ventaja en estos campos tendrá muchas posibilidades de
vencer en ella y, muy probablemente, en el conjunto del conflicto (basta analizar el
ejemplo de Nagorno-Karabaj en 2020).
Estamos ahora en un momento de reconfiguración de nuestras Fuerzas Armadas.
Pues bien, si no me equivoco en mi análisis, lo aquí expuesto puede ser una guía
para tomar las decisiones necesarias sobre la futura doctrina y equipamiento de
nuestros ejércitos en el inmediato futuro. Decía Sir Michael Howard que es
imposible anticipar con precisión el carácter futuro de la guerra, pero la clave está
en no equivocarse tanto como para no poder adaptarse cuanto esa guerra se
presente. Éste sería mi pequeñísimo “grano de arena”.
Y para concluir, quiero agradecer a mis amigos, a mi familia, y muy especialmente
a mi esposa Pilar, el apoyo que siempre me han prestado, y su infinita paciencia
para conmigo. Mucho me temo que tengo que pedirles que mantengan su apoyo (y
su paciencia) para asumir mis nuevas obligaciones desde este día.
Y a todos ustedes, muchas gracias por su atención. █

 

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Fuente:

https://www.acami.es/noticia/ingreso-como-academico-de-numero-de-carlos-frias-sanchez/