El General de Ejercito, Fernando Alejandre Martinez, asociado de AEME envía este articulo, primero de una serie dedicada al tema, de gran actualidad, » Gibraltar».

LA IMPORTANCIA DE LOS “GLOBAL COMMONS”
- El estrecho de Ormuz, un estrecho estratégico.
Cuando Corbett escribió sobre el «mando del mar» como control de las “sea lines of communication” (líneas de comunicación marítima) y Mahan vinculó la grandeza de las naciones con esas mismas líneas de comunicación diciendo que su dominio era la condición previa para la prosperidad económica y la influencia política, lo hacían formulando tesis muy similares a las de ciertos pensadores españoles del XIX como Almirante y Villamartín, encontrando el apoyo posterior, ya en el XX, del Almirante de Salas.
Todos ellos sabían que los estrechos, periódicamente, se convierten en centro de la geopolítica, que lo hacen cada vez que una crisis internacional nos recuerda una verdad tan antigua como la importancia del comercio marítimo. No podían entonces saber que el mundo actual, cada vez más globalizado, dependería aún más que entonces de unos pocos puntos de paso obligado, de unos cuantos cuellos de botella o “chokepoints”.
Viendo las noticias de los últimos meses, resulta evidente que Ormuz es uno de esos puntos de paso obligado. Con él (en una lista no demasiado extensa), encontramos otros naturales como Bab el-Mandeb, el Bósforo, Malaca, el Canal de la Mancha, los estrechos del Báltico, Gibraltar, etc., pero también algunos “artificiales”, fundamentalmente, los canales de Panamá y Suez. Unos y otros constituyen eso que la terminología estratégica contemporánea denomina «global commons», es decir, espacios cuyo uso y seguridad afectan a la comunidad internacional en su conjunto.
No son, por tanto, un problema exclusivo de los países que, de algún modo, los controlan geográficamente aunque en modo alguno resulte despreciable la influencia que sobre ellos ejercen o pueden ejercer esos Estados ribereños. Tampoco son, por mucho que a la izquierda occidental con sus dejes pro-iraníes le duela, propiedad de esos mismos Estados pues se trata de aguas internacionales por lo que tratar de imponer peajes al paso por ellos es absolutamente ilegal.
Sea como sea, el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial, ha vuelto a demostrar recientemente su condición de “global common”. Cada amenaza iraní de saltarse la legalidad internacional limitando o condicionando la navegación en esa parte del golfo Pérsico, provoca inquietud en los mercados, moviliza fuerzas navales y reaviva el interés por un espacio geográfico cuya importancia trasciende con mucho a Irán y Omán, que son los Estados que tienen soberanía sobre sus riberas.
Esa experiencia reciente en el estrecho de Ormuz ha vuelto a poner de manifiesto que los grandes pasos marítimos no son únicamente puntos de tránsito, sino también espacios desde los que se ejerce influencia estratégica. Es por eso que, como decimos, nos surge, casi inmediatamente, la pregunta de por qué no recibe el mismo trato que Gibraltar que el estrecho de Ormuz. De hecho, si se nos permite una simplificación casi cómica, si aplicáramos la misma receta que la izquierda occidental aplica para Ormuz, ¿por qué España no cobra peaje por atravesar Gibraltar?
Pero volvamos a darle una cierta seriedad al artículo y reflexionemos en que España, al disponer de territorios en ambas orillas del estrecho de Gibraltar (por cierto, bastante más largo y más estrecho que Ormuz), tiene una capacidad de observación, vigilancia y presencia mucho mayor que la de Irán sobre Ormuz. También, en que por Gibraltar pasa una de las principales líneas de comunicación marítima del planeta y que dada la creciente relevancia de África Occidental es donde convergen desafíos relacionados con la seguridad, los movimientos migratorios y el acceso a recursos estratégicos. Por lo tanto, a nadie debería extrañarle que nuestra capacidad de influir en el estrecho de Gibraltar mereciera, en el debate público español, una atención muy superior a la que habitualmente recibe.
Sin embargo, durante décadas, la cuestión gibraltareña ha quedado reducida a una disputa histórica y diplomática sobre la soberanía del Peñón. Esto, a pesar de que Gibraltar no es únicamente una cuestión bilateral entre España y el Reino Unido pues se trata de uno de los puntos neurálgicos del sistema marítimo internacional y tiene un significado estratégico mucho más amplio que el de la Roca propiamente dicha.
Es por todo ello que nos permitimos la comparación con Ormuz que a nuestro juicio resulta particularmente reveladora. Ormuz y Gibraltar conectan espacios marítimos de enorme relevancia económica y, también, militar. Ambos canalizan flujos comerciales esenciales. Ambos concentran la atención de las principales potencias navales. Ambos muestran cómo la influencia estratégica sobre un paso marítimo puede resultar incluso más importante que la soberanía formal sobre las orillas que los delimitan y las costas que bañan.
La experiencia reciente en Ormuz ha puesto de manifiesto varias cosas importantes. La primera, que no es necesario cerrar físicamente un estrecho para ejercer influencia sobre él, aunque eso esté muy distante de poder hacer firmes las bravatas iraníes de “cerrar Ormuz”. La segunda, que, como ha quedado claro con la intervención de la Armada estadounidense, los estrechos se cierran tanto en la entrada como en la salida por lo que no es de extrañar su estatus como lugares de especial protección para las Naciones Unidas y para la legalidad internacional. Y, la tercera, que es preciso disponer de capacidades militares, sistemas de vigilancia, medios de inteligencia y de presencia terrestre y/o naval suficiente si se pretende condicionar ese entorno estratégico; solo de ese modo quedará patente que la capacidad de influir es, incluso más relevante que la capacidad de bloquear (o de “cerrar”).
Como escribió Mahan, «quien controla las comunicaciones marítimas ejerce una influencia decisiva sobre el curso de los acontecimientos». Es una afirmación que, lo acabamos de ver en Ormuz, conserva una sorprendente vigencia ya que los grandes flujos económicos siguen desplazándose principalmente por mar y continúan dependiendo de una serie limitada de pasos estratégicos.
- Gibraltar, mucho más que una dolorosa disputa diplomática.
La historia debería ayudarnos a comprender la realidad de Gibraltar, aunque, en mi opinión personal, no debería condicionarla en exceso. Cuando en 1704 fuerzas anglo-neerlandesas ocuparon Gibraltar durante la Guerra de Sucesión española, difícilmente podían imaginar la magnitud que adquiriría el tráfico marítimo global. Sin embargo, entendían perfectamente el valor militar de dominar una de las puertas del Mediterráneo.
La situación de Gibraltar, por mucho que le pese a determinados miembros del actual Ministerio de Asuntos Exteriores español, parte de una historia de piratas, pasa por una humillación permanente para España y termina en un contrafuero del que el derribo de “la verja” no es más que el penúltimo clavo en el ataúd político, estratégico y hasta moral de un Peñón que demasiados Gobiernos españoles no han sabido defender. Lamentablemente no se ha sabido defender lo ganado tras años de esfuerzo en las Naciones Unidas y en el marco de la Unión Europea por lo que ese clavo se une al que representa la ocupación, al que supone el contrabando y la piratería (histórica y actual) que se ejerce desde el Peñón, pero también, al que representan la instrumentalización británica del Peñón y su utilización militar por parte de nuestros propios Aliados desde la Segunda Guerra Mundial.
La propia persistencia de una anomalía colonial en la Europa del siglo XXI, representa mucho más que una controversia histórica. Representa una herida que se ha convertido en nodo logístico, militar y de inteligencia integrado en una arquitectura de seguridad occidental de la que se excluye a su legítimo propietario.
Gibraltar sigue siendo valioso hoy exactamente por la misma razón que lo fue hace tres siglos: porque permite observar, influir y apoyar operaciones en uno de los cuellos de botella geográficos más importantes del mundo.
Tres siglos después, las razones fundamentales permanecen. Han cambiado los medios tecnológicos, las alianzas y el contexto internacional, pero no la lógica geográfica.
Esta lógica obliga a reconsiderar el significado estratégico de Gibraltar. Reducir su importancia a una cuestión histórica o simbólica supondría ignorar la verdadera dimensión del problema. La presencia británica en el Peñón constituye, sin duda, una anomalía política e histórica, pero su relevancia actual deriva sobre todo de su inserción en una arquitectura estratégica mucho más amplia ya que el Peñón forma parte del sistema que articula los accesos marítimos entre el Atlántico y el Mediterráneo y condiciona la capacidad de España para proyectar estabilidad en su entorno inmediato. La cuestión fundamental no es, por tanto, quién posee o quien ejerce la soberanía sobre el Peñón, sino cómo nos afecta a la hora de ejercer influencia sobre uno de los principales corredores marítimos del planeta.
Por aguas de Gibraltar transita buena parte del tráfico marítimo que conecta Europa con Asia, África y América. Es la puerta natural entre el Mediterráneo y el Atlántico. Constituye una ruta esencial para el transporte energético, para el comercio global y para los movimientos de las principales marinas de guerra occidentales.
El Estrecho constituye una de las principales arterias del comercio mundial y del abastecimiento energético europeo. Buena parte de los hidrocarburos procedentes del Golfo Pérsico, del norte de África o de África Occidental transitan por ese corredor marítimo en su camino hacia los mercados europeos y americanos. Numerosas cadenas logísticas globales dependen de la libertad y seguridad de navegación en esta zona. La importancia de Gibraltar se ha incrementado por la creciente dependencia de las infraestructuras submarinas. Los cables de telecomunicaciones que conectan Europa con África, América y otras regiones del mundo constituyen hoy elementos críticos para el funcionamiento de las economías modernas. La protección y vigilancia de estas redes, así como de otras infraestructuras energéticas situadas bajo el mar, se han convertido en una misión estratégica de primer orden
Cualquier alteración significativa de la seguridad en el Estrecho implica, casi de modo automático, repercusiones económicas y estratégicas de alcance internacional.
Así el Peñón adquiere otra dimensión. Es cierto que es un enclave colonial, un desafuero legal en pleno siglo XXI, pero también, una estación avanzada de los británicos que han convertido la Roca en un nodo de inteligencia, en un punto de apoyo logístico naval y en una pieza clave de su arquitectura marítima.
En este contexto, la combinación de capacidades navales, aéreas y de vigilancia desplegadas en el entorno de Rota, el Estrecho, el mar de Alborán y las plazas españolas del norte de África adquiere una relevancia que se incardina directamente en la Defensa Nacional española.
Fernando Alejandre Martinez General de Ejecrito.
