Intervención de Fátima Báñez García en el curso de verano organizado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos y la Universidad Complutense de Madrid en El Escorial

Intervención de Fátima Báñez García en el curso de verano
organizado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos y la
Universidad Complutense de Madrid en El Escorial

 

IN MEMORIAM. Fátima Báñez García

Una vida de servicio, compromiso y diálogo, por el General Víctor Bados Nieto. Director del IEEE

 

 

La economía española ante la alteración del orden mundial. El espacio conjunto hispano norteamericano

Conmemoramos doscientos cincuenta años de unos vínculos entre España y
Estados Unidos que nacieron en un momento decisivo de la historia. España
estuvo presente en el nacimiento de la nación americana, y desde entonces
nuestras relaciones han evolucionado hasta convertirse en una alianza política,
económica y empresarial de enorme relevancia.

Pero creo que la mejor manera de celebrar esta efeméride no consiste
únicamente en mirar hacia atrás. Consiste en preguntarnos qué somos capaces
de construir juntos en las próximas décadas. Porque pocas veces una
conmemoración histórica ha coincidido con un momento de transformación tan
profunda del orden económico internacional.

Vivimos un auténtico cambio de época. Y no utilizo esta expresión como una
figura retórica.

La historia económica nos enseña que existen largos periodos de estabilidad, en
los que las reglas del juego permanecen relativamente constantes, y otros
momentos excepcionales en los que esas reglas cambian simultáneamente. Es
precisamente ahí donde nos encontramos.
Durante más de tres décadas vivimos bajo la convicción de que la globalización
seguiría avanzando de forma prácticamente irreversible; que el comercio
internacional continuaría expandiéndose; que las cadenas globales de
suministro serían cada vez más eficientes; que la energía sería abundante y
relativamente barata; y que la creciente interdependencia económica contribuiría
a reducir las tensiones geopolíticas.

Aquella visión permitió un extraordinario crecimiento de la economía mundial y
sacó de la pobreza a cientos de millones de personas. Pero también generó la
sensación de que la estabilidad era permanente.
Los últimos años nos han demostrado que no era así: – – –
La pandemia puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de unas
cadenas de suministro diseñadas únicamente bajo criterios de eficiencia.
La invasión de Ucrania recordó que la energía sigue siendo un
instrumento de poder y no sólo un factor de producción.
Las crecientes tensiones comerciales entre Estados Unidos y China
cuestionaron la idea de una apertura económica ilimitada. El denominado
«Día de la Liberación”, con la imposición de aranceles recíprocos en abril
de 2025, simbolizó el regreso de una lógica comercial basada menos en
reglas multilaterales y más en relaciones bilaterales de fuerza.
Para España, una economía abierta, profundamente integrada en el mercado
único europeo y dependiente de reglas estables de comercio internacional,
entender este cambio es una necesidad urgente. El mundo que viene no será
menos internacional. Pero será más exigente. Y en él pesarán cada vez más la
confianza, la seguridad jurídica y la capacidad de pertenecer a alianzas fiables.
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán en 2026 volvió a situar en el centro
del tablero el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte esencial del
petróleo y del gas natural licuado mundial. En los momentos más críticos, el
precio del Brent llegó a rozar los 138 dólares por barril, frente a los 63 dólares
con los que había cerrado 2025. La OCDE revisó a la baja el crecimiento mundial
hasta el entorno del 2,8% en 2026 y elevó sus previsiones de inflación,
reabriendo el temor a un escenario de estanflación.
Las negociaciones posteriores entre Estados Unidos e Irán han permitido cierta
distensión, una progresiva recuperación del tráfico marítimo y una moderación
de los precios energéticos. Es una buena noticia, pero no debe llevarnos a la
complacencia. La energía seguirá siendo uno de los grandes factores de
estabilidad —o de inestabilidad— de la economía mundial.
Todo ello nos conduce a una conclusión evidente: durante mucho tiempo la
economía condicionaba la política; hoy es la política la que condiciona cada vez
más la economía.
Las decisiones empresariales ya no dependen sólo del tamaño del mercado, del
coste financiero o de la demanda esperada. Dependen también de la seguridad
energética, de la estabilidad institucional, del acceso a materias primas críticas,
de la dependencia tecnológica, de la regulación, de la ciberseguridad y de la
posición de cada país dentro de las grandes alianzas internacionales.
Esta nueva realidad coincide, además, con una revolución tecnológica sin
precedentes. La inteligencia artificial será probablemente para el siglo XXI lo que
la electricidad fue para el siglo XX: una tecnología de propósito general capaz de
transformar todos los sectores económicos. Cambiará la industria, la sanidad,
las finanzas, la educación, la logística, la defensa, la administración pública y la
organización interna de las empresas.
Pero la competencia tecnológica no se limita a los algoritmos. Afecta también a
los semiconductores, a los centros de datos, a la capacidad de computación, a
la energía necesaria para sostenerla y a los minerales críticos imprescindibles
para desarrollarla. Por eso la rivalidad entre Estados Unidos y China no puede
entenderse ya como una simple disputa comercial. Es una competencia por el
liderazgo tecnológico, industrial y estratégico del siglo XXI.
China ha comprendido que el control de tierras raras y materias primas críticas
constituye un instrumento de poder geoeconómico. Estados Unidos ha
respondido con una política industrial mucho más activa, con incentivos a la
producción tecnológica, con inversión en inteligencia artificial y con una
reorganización de sus cadenas de suministro en torno a países aliados.
Europa no puede permanecer inmóvil ante esta transformación
Europa es uno de los grandes logros políticos y económicos de la historia
contemporánea. Ha construido el mayor mercado integrado del mundo, una
moneda común, instituciones supranacionales sólidas, un sistema político eficaz,
un espacio jurídico estable y un modelo social que constituye una referencia
internacional. Pero debe hacerse una pregunta incómoda: ¿sigue siendo
suficientemente competitiva?
La respuesta exige realismo. Europa tiene fortalezas enormes, pero también
debilidades que ya no puede ignorar. Ha regulado mucho, pero ha innovado
menos que Estados Unidos. Tiene ahorro, pero no siempre lo convierte en
inversión productiva. Tiene talento, pero le cuesta escalar empresas
tecnológicas globales. Tiene un mercado único, pero todavía demasiado
fragmentado en servicios, energía, capitales y regulación.
Por eso la agenda europea debe girar hacia la competitividad. Europa no tiene
que renunciar a sus valores ni a su modelo social. Pero debe entender que sólo
podrá protegerlos si vuelve a crecer con más intensidad, si innova más, si invierte
mejor y si permite que sus empresas ganen dimensión.
La verdadera disyuntiva europea no es competitividad frente a regulación. La
verdadera disyuntiva es si seremos capaces de regular sin ahogar la inversión,
proteger sin frenar la innovación y preservar nuestro modelo social sin debilitar
la base productiva que lo financia.
Para España, Europa no es una limitación. Es un multiplicador de oportunidades.
A veces se presenta la pertenencia a la Unión Europea como una simple cesión
de capacidad nacional. Yo creo exactamente lo contrario. La pregunta no es
cuánta soberanía cedemos a Europa, sino cuánta capacidad real de influencia
tendría España fuera de Europa. Un país de casi 50 millones de habitantes, por
dinámico que sea, no puede garantizar por sí solo su seguridad energética, su
acceso a tecnologías críticas, su influencia regulatoria o su capacidad de
negociación comercial frente a actores como Estados Unidos, China o India.
Europa multiplica nuestra capacidad de actuación.
Pero para que Europa sea fuerte, España debe ser fuerte. Y para que España
sea fuerte, debe convertir sus fortalezas actuales en liderazgo futuro.
España es la cuarta economía de la Eurozona y una de las principales del
mundo. En los últimos años hemos crecido por encima de la media europea,
hemos demostrado capacidad de recuperación tras la pandemia y contamos con
sectores que compiten globalmente.
España tiene empresas líderes en infraestructuras, energía, ingeniería, agua,
banca, turismo, telecomunicaciones, alimentación y servicios avanzados. Tiene
una posición geográfica privilegiada entre Europa, América y África. Tiene una
gran red de infraestructuras: autopistas, puertos, aeropuertos, alta velocidad
ferroviaria y conectividad digital. Tiene uno de los despliegues de fibra óptica
más avanzados de Europa. Tiene ciudades como Madrid, Barcelona y Málaga
cada vez más relevantes en innovación, emprendimiento, biotecnología, fintech,
ciberseguridad e inteligencia artificial.
España tiene, además, un activo económico que no siempre medimos
correctamente: su calidad de vida. Seguridad, sanidad, esperanza de vida,
apertura social, tolerancia y capacidad de atraer talento internacional. Todo ello
no es un lujo desconectado de la economía. Es un factor de competitividad. En
la economía del talento, los países también compiten por ser lugares donde vivir,
crear, invertir y desarrollar proyectos de futuro.
Y, por supuesto, España tiene una ventaja diferencial de alcance global: el
idioma. El español no es sólo una lengua. Es una infraestructura económica.
Conecta personas, reduce barreras, genera confianza, facilita negocios y abre
una comunidad de cientos de millones de hablantes en todo el mundo.
Pero reconocer nuestras fortalezas no puede ocultar nuestras vulnerabilidades.
España debe afrontar con determinación sus retos estructurales. – –
El primero es la sostenibilidad fiscal. Una deuda pública en el entorno del
100% del PIB limita el margen de actuación futuro y obliga a una
planificación presupuestaria seria, transparente y orientada a la eficiencia
del gasto. La sostenibilidad del sistema de pensiones debe abordarse con
responsabilidad, pensando no sólo en el presente, sino también en las
próximas generaciones.
El segundo gran reto es el mercado laboral. España sigue teniendo una
tasa de desempleo demasiado elevada en comparación con las
principales economías avanzadas, al tiempo que muchas empresas
encuentran dificultades para cubrir determinados perfiles. Esta paradoja
refleja desajustes de formación, problemas de movilidad, rigideces e
insuficiente conexión entre oferta y demanda de trabajo. La Formación
Profesional, la formación permanente y la colaboración entre empresa y
sistema educativo deben ocupar un lugar central en cualquier estrategia
de país.
– – –
El tercer reto, quizá el más importante, es la productividad. España ha
creado empleo y ha crecido, pero necesita crecer mejor. Necesita elevar
la productividad por trabajador y por hora trabajada. Necesita más
inversión en capital físico e intangible, más digitalización, más innovación,
más tamaño empresarial y una relación más fluida entre universidad,
centros tecnológicos y empresa. La productividad no es una palabra fría.
Es el principal determinante de los salarios, de la competitividad y de la
sostenibilidad del bienestar.
El cuarto reto es la vivienda. Una vivienda inasequible no es sólo un
problema social. Es también un problema económico. Reduce la
movilidad laboral, dificulta la emancipación de los jóvenes, afecta a la
natalidad y debilita la capacidad de las zonas más dinámicas para atraer
talento.
El quinto reto es la inversión empresarial. La inversión privada sigue
estando condicionada por la incertidumbre regulatoria, la complejidad
administrativa, la fiscalidad y la inseguridad jurídica. España necesita un
marco que anime a invertir, no que invite a esperar.
Además, debemos aumentar nuestra presencia todavía insuficiente en sectores
de alta intensidad tecnológica. Turismo, construcción, comercio,
agroalimentación o servicios son sectores fundamentales y deben seguir
siéndolo. Pero el liderazgo económico del siglo XXI se decidirá también en la
inteligencia artificial, la biotecnología, la computación cuántica, la economía de
los datos, la ciberseguridad, los semiconductores, la defensa avanzada y las
nuevas energías.
España no necesita cambiar radicalmente de modelo económico. Necesita
elevar el valor añadido del modelo que ya tiene. Necesita que sus fortalezas
tradicionales incorporen más tecnología, más innovación, más productividad y
más dimensión internacional.
Y precisamente ahí aparece la relación con Estados Unidos como una
oportunidad estratégica de primer orden. Una relación, en palabras del nuevo
Embajador de Estados Unidos en España, Benjamin León Jr. con motivo de la
presentación de sus cartas credenciales ante S.M. El Rey, que es histórica,
recordando el papel relevante de España en el proceso de independencia 250
años atrás y destacando a nuestro país como uno de los mejores aliados y
amigos más cercanos desde los primeros días como nación.
Si el nuevo orden mundial se va a construir alrededor de grandes alianzas
económicas, pocas tienen tanto potencial para España como la alianza con
Estados Unidos.
No hablamos simplemente de una relación bilateral entre dos países aliados.
Hablamos del espacio transatlántico, que sigue siendo uno de los principales
centros de poder económico, tecnológico, financiero y empresarial del mundo.
Estados Unidos es hoy el primer destino de la inversión española en el exterior,
con un stock acumulado superior a los 100.000 millones de euros. Y es, al mismo
tiempo, el primer inversor extranjero en España, con un stock superior a los
116.000 millones. En 2025, las empresas estadounidenses invirtieron en España
cerca de 10.000 millones de euros, mientras que la inversión española hacia
Estados Unidos superó los 3.500 millones.
La relación comercial también es relevante. Estados Unidos es uno de los
principales mercados no europeos para las exportaciones españolas de bienes
y servicios. Pero reducir esta relación al comercio sería quedarse en la superficie.
Las empresas españolas no van a Estados Unidos sólo a vender. Van a
competir, a invertir, a crear empleo, a gestionar infraestructuras críticas, a
desarrollar energía renovable, a participar en proyectos tecnológicos, a construir
futuro.
Y las empresas estadounidenses en España contribuyen a modernizar nuestro
tejido productivo, a generar empleo cualificado, a desarrollar tecnología y a
conectar nuestra economía con las grandes cadenas internacionales de valor.
Esta relación no es de suma cero. Gana España cuando sus empresas crecen
en Estados Unidos. Y gana Estados Unidos cuando sus empresas encuentran
en España una plataforma estable, europea, competitiva y conectada con
Iberoamérica.
Por eso creo que debemos elevar nuestra ambición. Durante años hemos dicho
que España es un puente entre Europa y América. Es una imagen sugerente,
pero quizá ya insuficiente.
Un puente conecta dos orillas. Pero una plataforma genera actividad económica.
Atrae inversión, concentra talento, impulsa innovación, desarrolla cadenas de
suministro y crea valor.
España puede ser la gran plataforma atlántica de Europa.
Una plataforma para que empresas estadounidenses accedan al mercado
europeo. Una plataforma para que empresas europeas se proyecten hacia
Norteamérica. Y una plataforma para que ambos espacios refuercen su relación
con Iberoamérica.
Esa es nuestra verdadera singularidad. España no será decisiva en el siglo XXI
por su tamaño. Lo será por su capacidad de conectar tres grandes espacios
económicos: Europa, Estados Unidos e Iberoamérica.
Y en el centro de esa conexión hay un activo humano extraordinario: la
comunidad hispana en Estados Unidos.
Durante demasiado tiempo hemos hablado de la comunidad hispana sólo desde
una perspectiva cultural o demográfica. Ha llegado el momento de hacerlo
también desde una perspectiva económica.
Más de sesenta millones de hispanos participan diariamente en la construcción
de la economía estadounidense. Son trabajadores, empresarios, directivos,
investigadores, emprendedores, estudiantes y profesionales. Si la comunidad
hispana de Estados Unidos fuera una economía independiente, estaría entre las
mayores del mundo. Pero su importancia no reside sólo en su tamaño, sino en
su dinamismo, su juventud, su capacidad emprendedora, su movilidad social y
su presencia creciente en sectores de alto valor añadido.
Para España, la comunidad hispana no es una realidad lejana. Es una
oportunidad estratégica. Compartimos una lengua, una cultura de relación,
vínculos históricos y una extraordinaria capacidad para construir confianza. El
español facilita negocios, reduce barreras, conecta mercados y crea comunidad.
Por eso debemos entenderlo como una infraestructura económica global.
España debe aspirar a articular una auténtica estrategia económica del espacio
hispano: más cooperación empresarial, más inversión, más alianzas
universitarias, más programas de talento, más emprendimiento, más tecnología
y más presencia de nuestras pymes en el mercado estadounidense a través de
redes hispanas.
El futuro de la relación entre España y Estados Unidos no se decidirá sólo en
Washington o en Madrid. Se construirá también en Miami, Texas, California,
Nueva York, Arizona, Illinois, Boston y tantos otros lugares donde la comunidad
hispana está creando riqueza, innovación y oportunidades.
Y todo ello nos lleva al papel central de las empresas.
Porque ninguna estrategia económica se materializa sin empresas. Las
empresas transforman el ahorro en inversión. Transforman el conocimiento en
innovación. Transforman la innovación en productividad. Transforman la
productividad en salarios. Y transforman el crecimiento en bienestar.
Defender la empresa no significa defender un interés particular. Significa
defender uno de los principales instrumentos que tienen las sociedades
democráticas para generar prosperidad compartida.
Las empresas invierten cuando todavía no existen certezas. Innovan antes de
que los mercados estén plenamente definidos. Forman trabajadores.
Internacionalizan la economía. Incorporan tecnología. Crean empleo. Y
converten el talento en oportunidades reales.
Por eso, desde una perspectiva empresarial, el mensaje para España es claro:
necesitamos un entorno que favorezca la inversión, la innovación, el crecimiento
y la seguridad jurídica. Necesitamos menos burocracia, más estabilidad, más
colaboración público-privada y más confianza en la capacidad de nuestras
empresas.
La competitividad no es un fin en sí mismo. Es el camino para crear empleo de
calidad, mejorar salarios, financiar servicios públicos y sostener la cohesión
social. Una economía que no compite acaba perdiendo capacidad para proteger.
Y una economía que no invierte acaba perdiendo futuro.
Y desde la empresa precisamente, la próxima Cumbre Iberoamericana de Jefes
de Estado y de Gobierno, a celebrar a finales de año en Madrid, asistirá al
nacimiento de una nueva alianza impulsada por la Fundación CEOE, que tengo
el honor de presidir. Un nuevo espacio de acompañamiento empresarial que
pondrá el foco en la colaboración y cooperación entre todas las fundaciones
empresariales iberoamericanas, mediante una estrategia compartida de impulso
del talento, la competitividad, la diversidad, la inclusión y el bienestar social.
Permítanme terminar.
España se encuentra en uno de esos momentos de inflexión que definen el futuro
de las naciones. El viejo orden mundial está cediendo paso a uno nuevo, con
reglas distintas, actores distintos y una lógica distinta. En ese proceso, habrá
países que se adelanten y países que se queden rezagados.
La diferencia no estará sólo en el tamaño ni en los recursos. Estará en la calidad
del liderazgo, en la capacidad de construir consensos, en la voluntad de apostar
por el futuro y en la confianza que seamos capaces de generar.
España tiene los ingredientes para estar entre los ganadores. Tiene empresas
internacionalizadas, talento, infraestructuras, calidad de vida, posición
geográfica, pertenencia europea, relación privilegiada con Estados Unidos y una
conexión única con Iberoamérica.
Pero tener los ingredientes no basta. Hay que saber combinarlos. Y eso exige
tomar decisiones.
Reformar lo que no funciona. Invertir en lo que importa. Construir consensos de
largo plazo. Mejorar la productividad. Reducir incertidumbre. Apostar por la
innovación. Fortalecer la empresa. Y convertir nuestras ventajas potenciales en
ventajas reales.
No vivimos un tiempo sencillo. El mundo que viene será más complejo, más
incierto y más competitivo que el que hemos conocido. Pero tampoco debemos
afrontarlo con pesimismo. Las grandes transformaciones de la historia nunca las
lideran quienes esperan a que desaparezca la incertidumbre. Las lideran quienes
saben convertir los cambios en oportunidades.
España puede ser uno de esos países. – – – –
Puede ser una plataforma atlántica de inversión, talento e innovación.
Puede ser un actor europeo más influyente.
Puede ser un socio estratégico de Estados Unidos.
Puede ser el gran conector económico con Iberoamérica.
–
Y puede demostrar que la empresa, cuando cuenta con confianza,
estabilidad y libertad para crecer, es una de las mayores fuerzas de
progreso social.
Hace doscientos cincuenta años, España y Estados Unidos compartieron una
página decisiva de la historia. Hoy tenemos la oportunidad de escribir juntos una
nueva página de futuro. Una página de cooperación, empresa, innovación,
talento y prosperidad compartida. – – – – – – – – –
Porque las grandes economías se miden por su producto interior bruto.
Las grandes empresas por su capacidad de innovar.
Pero las grandes alianzas sólo perduran cuando son capaces de construir
confianza.
Y pocas alianzas tienen hoy tanto potencial como la que representan
España, Estados Unidos y el conjunto del espacio económico hispano.
No para competir unos contra otros, sino para competir juntos en un
mundo cada vez más exigente.
No para levantar nuevas fronteras, sino para abrir nuevas oportunidades.
No para mirar con preocupación el cambio que estamos viviendo, sino
para liderarlo.
Porque el futuro nunca pertenece a quienes esperan.
Pertenece a quienes deciden construirlo.
Y estoy convencida de que España, Estados Unidos y la gran comunidad
hispana tienen todo lo necesario para construir juntos una nueva etapa de
libertad, prosperidad e innovación.

Fátima Báñez García
Presidenta de la Fundación CEOE