El Coronel, r del CGEA Julios Serrano Carranza, asociado de AEME, publica en LinkedIn, esta oportuna entrada:
FELIZ ANIVERSARIO, MOHAMED VI…
Hay aniversarios que se celebran con discursos, desfiles o recepciones oficiales. Otros, lamentablemente, parecen celebrarse poniendo a prueba la paciencia y la soberanía de un país vecino.
La nueva avalancha de inmigrantes irregulares sobre Ceuta no puede contemplarse como un episodio aislado ni como un simple fenómeno migratorio. Cuando miles de personas cruzan de forma coordinada una frontera, estamos ante un problema de seguridad, de política exterior y de soberanía nacional.
Las fronteras de Ceuta no son únicamente españolas; son también la frontera sur de Europa. Sin embargo, una vez más, la respuesta de las instituciones europeas resulta tan discreta que roza la indiferencia. ¿Hasta cuándo?
Conviene hacerse algunas preguntas incómodas. Si Marruecos ofrece a sus ciudadanos las oportunidades y el bienestar que con frecuencia proclama su Gobierno, ¿por qué tantos desean abandonarlo? Y si la respuesta es que buscan un futuro mejor, ¿es razonable que España soporte en solitario las consecuencias de una inmigración irregular utilizada, en demasiadas ocasiones, como instrumento de presión política?
La historia nos enseña que nada de esto surge por casualidad. La Marcha Verde de 1975 fue un ejemplo de cómo una movilización masiva de civiles podía convertirse en un eficaz instrumento estratégico. Hoy el contexto es diferente, pero la utilización de los flujos migratorios como elemento de presión diplomática sigue siendo objeto de análisis por numerosos especialistas en relaciones internacionales.
Resulta llamativo que esta nueva crisis llegue pocos días después del viaje del presidente Pedro Sánchez a Argelia, en una región donde cada movimiento diplomático es observado con enorme atención. Quizá sea una coincidencia. Quizá no. Pero en política internacional las coincidencias suelen ser escasas.
España tiene la obligación de ser solidaria con quien huye de la guerra o de la persecución. Pero también tiene el deber de proteger sus fronteras, hacer cumplir la ley y defender su soberanía. Ambas cosas son compatibles.
No podemos normalizar que una ciudad española vea sus accesos desbordados por entradas masivas de irregulares mientras Europa mira hacia otro lado. Defender nuestras fronteras no es un acto de hostilidad hacia nadie; es la primera obligación de cualquier Estado serio. A no ser que, ese sea el fin de nuestro gobierno.
Porque una frontera que no se protege deja de ser una frontera. Y un Estado que renuncia a defenderla transmite un mensaje de debilidad que siempre acaba teniendo consecuencias. Consecuencias que pagaremos todos.
Así que, para sucesivas ocasiones Majestad, invite en su palacio a tantos compatriotas desorientados ellos, ante tanta fiestas y júbilo..
Hay aniversarios que se celebran con discursos, desfiles o recepciones oficiales. Otros, lamentablemente, parecen celebrarse poniendo a prueba la paciencia y la soberanía de un país vecino.
La nueva avalancha de inmigrantes irregulares sobre Ceuta no puede contemplarse como un episodio aislado ni como un simple fenómeno migratorio. Cuando miles de personas cruzan de forma coordinada una frontera, estamos ante un problema de seguridad, de política exterior y de soberanía nacional.
Las fronteras de Ceuta no son únicamente españolas; son también la frontera sur de Europa. Sin embargo, una vez más, la respuesta de las instituciones europeas resulta tan discreta que roza la indiferencia. ¿Hasta cuándo?
Conviene hacerse algunas preguntas incómodas. Si Marruecos ofrece a sus ciudadanos las oportunidades y el bienestar que con frecuencia proclama su Gobierno, ¿por qué tantos desean abandonarlo? Y si la respuesta es que buscan un futuro mejor, ¿es razonable que España soporte en solitario las consecuencias de una inmigración irregular utilizada, en demasiadas ocasiones, como instrumento de presión política?
La historia nos enseña que nada de esto surge por casualidad. La Marcha Verde de 1975 fue un ejemplo de cómo una movilización masiva de civiles podía convertirse en un eficaz instrumento estratégico. Hoy el contexto es diferente, pero la utilización de los flujos migratorios como elemento de presión diplomática sigue siendo objeto de análisis por numerosos especialistas en relaciones internacionales.
Resulta llamativo que esta nueva crisis llegue pocos días después del viaje del presidente Pedro Sánchez a Argelia, en una región donde cada movimiento diplomático es observado con enorme atención. Quizá sea una coincidencia. Quizá no. Pero en política internacional las coincidencias suelen ser escasas.
España tiene la obligación de ser solidaria con quien huye de la guerra o de la persecución. Pero también tiene el deber de proteger sus fronteras, hacer cumplir la ley y defender su soberanía. Ambas cosas son compatibles.
No podemos normalizar que una ciudad española vea sus accesos desbordados por entradas masivas de irregulares mientras Europa mira hacia otro lado. Defender nuestras fronteras no es un acto de hostilidad hacia nadie; es la primera obligación de cualquier Estado serio. A no ser que, ese sea el fin de nuestro gobierno.
Porque una frontera que no se protege deja de ser una frontera. Y un Estado que renuncia a defenderla transmite un mensaje de debilidad que siempre acaba teniendo consecuencias. Consecuencias que pagaremos todos.
Así que, para sucesivas ocasiones Majestad, invite en su palacio a tantos compatriotas desorientados ellos, ante tanta fiestas y júbilo..