EL DESDÉN ESTADOUNIDENSE Y LA DEBILIDAD EUROPEA. Coronel Garcia Riesco

 

 

 

EL DESDÉN ESTADOUNIDENSE Y LA DEBILIDAD EUROPEA

  

Estados Unidos ha sustituido la doctrina Truman por la doctrina «Donroe» que se desentiende de la seguridad de Europa y pretende cambiar el proyecto democrático continental por un sistema iliberal al que exige obediencia sin reservas. Ante semejante reto, Europa descubre que carece de voluntad de vencer porque creyó en la paz para siempre, por lo que, si quiere recuperar algún estatus, tendrá que precisar no sólo a qué se opone, sino qué defiende y sobre todo cómo lo hace. Apelar al derecho internacional desde la debilidad es un brindis al sol que elude la responsabilidad de decidir el propio destino.

 

El desdén estadounidense

Desde 1918 Europa tiene una relación de dependencia respecto a Estados Unidos, que se acentúa después de la Segunda Guerra Mundial cuando Washington salva al continente con su «política de contención». La doctrina Truman logra contener la expansión del comunismo —mediante el Plan Marshall y la OTAN— e instaurar la cultura y los valores democráticos con el «poder blando». La ayuda externa y el presupuesto militar aumenta desmesuradamente el déficit de la balanza comercial estadounidense, por lo que, en 1971, adopta el sistema de tipos de cambio flotantes que le permite hacer frente, gracias a la hegemonía del dólar, a un gasto público descontrolado.

El modelo ha sido quebrado por una élite trumpista contrarrevolucionaria, armada teórica y técnicamente, que pretende reemplazarlo por otro que no garantiza la seguridad de Europa y exige una obediencia sin reservas, lo que supone un cambio total en las relaciones con un Continente que de ser socio preferente pasa a ser tratado como un competidor económico. En el nuevo paradigma —regido por la fuerza, la coerción y el poder— Estados Unidos golpea impunemente a una Europa acostumbrada a la «zona de confort» que proporcionan los dividendos de la paz; la nueva norma impuesta, precisa Adler, es que «si quieres que las cosas vayan bien entre nosotros en el futuro, tienes que hacer lo que yo diga» [[1]]. Estados Unidos seguirá protegiendo nuclearmente a Europa, pero compete a sus gobiernos la defensa convencional y, dada su debilidad, deben plegarse a las nuevas normas en la financiación de la OTAN y en los aranceles. Los costes militares pasan a convertirse en beneficios para sostener la deuda y los bonos del Tesoro estadounidenses, ya sea «financiando el gasto público», dice Le Marie, «o pagando aranceles» [[2]].

La nueva visión hemisférica desprecia abiertamente a un Continente que desea fragmentar para convertirlo en un conjunto de naciones iliberales; Bergmann señala que Washington rompe explícitamente con su política transatlántica y trata a Europa como un protectorado que solo le interesa como mercado útil [[3]]. El proceso comienza, en 2025, con el «momento Múnich» en el que Estados Unidos decide que Europa ya no será un socio, sino una amenaza que hay que eliminar. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense describe al Continente —al que considera en crisis de identidad— con una perspectiva de borrado civilizacional y falta de confianza en sí mismo [[4]]. Luego llega el «momento Davos» en el que Europa se da cuenta no solo de la amenaza, sino de que el impulso de las relaciones bilaterales con las naciones menos europeístas supone un serio intento de fomentar su fragmentación. Sin embargo, es en el «momento Irán» cuando Europa —paralizada ante la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán— recibe los mayores reproches; Barnes encuentra ofensivo que El Continente considere la capacidad nuclear de Irán un problema poco preocupante y exclusivamente estadounidense [[5]].

 

Debilidad europea y sus consecuencias

Durante ocho décadas, los líderes europeos —olvidando que la primera responsabilidad de un gobernante es garantizar la seguridad de sus ciudadanos— han externalizado la seguridad en Washington, lo que les ha permitido tener un «contrato social» privilegiado —a costa de los dividendos de la paz— que ha aportado grandes recursos a pensiones, educación y sanidad. El despertar está siendo traumático porque, ante el nuevo paradigma estadounidense, Europa descubre que los valores no son nada sin la voluntad y las herramientas para defenderlos, que sus instituciones están obsoletas y, sobre todo, que carece de voluntad de vencer porque creyó en la paz para siempre y en el triunfo definitivo de la democracia sin escuchar el realismo de Huntington: «La esperanza de un final benigno de la historia es humana. Esperar que suceda es poco realista. Planear que suceda es desastroso» [[6]].

Sin un espíritu común, Europa solo será una estructura tecnocrática, sin alma, incapaz de tener un sentimiento de pertenencia. Al carecer de la capacidad de disuasión que proporcionan las sociedades dispuestas a librar una guerra, los gobiernos europeos se ven obligados a asumir la servidumbre que impone Estados Unidos, lo que implica convertirse en meros observadores y comentaristas de la política internacional. La mayoría de los dirigentes europeos —formados en disciplinas técnicas y mediáticas— no tiene experiencia en liderar sociedades en períodos de adversidad al modo de los políticos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que se bregaron en el duro modelo churchiliano de «sangre sudor y lágrimas» [[7]], por lo que tienden a seguir una política de concesiones. Sin embargo, el apaciguamiento —un término doloroso en la historia europea— no suele salir bien; Tusk precisa que «Europa no puede permitirse ser débil contra sus enemigos ni contra sus aliados» [[8]].

Para evitar enfrentarse a la realidad de la guerra, los tecnócratas continentales apuestan por la fantasía de que no es preciso combatir porque las batallas del futuro se librarán con robots, satélites e inteligencia artificial, sin embargo, las bajas en los conflictos son inevitables por lo que Europa debe desarrollar una cultura emocional que sea capaz de defenderla. De otro modo, la vulnerabilidad invita a la agresión porque los adversarios saben que para imponer su voluntad solo necesitan infligir un número de bajas que la opinión pública no pueda tolerar. Si los líderes europeos no asumen que la defensa es prioritaria, corren el riesgo de que sus sociedades —protectorados de otras potencias— pierdan la capacidad de decidir su propio destino.

Un período tan prolongado de disfrute se interioriza profundamente en el subconsciente social, por lo que es difícil recortar las partidas presupuestarias en servicios públicos para comprar misiles hipersónicos o sistemas de defensa aérea, sin embargo, la debilidad vacía a Europa de su identidad, socava su capacidad para actuar de forma independiente en el mundo y deja a su economía expuesta a un nuevo choque energético que no puede controlar. El Continente podría enfrentarse a un futuro muy difícil —de menor crecimiento económico y más inflación— en donde se acentuarían las actuales dificultades de su industria ante los aranceles estadounidenses y la competencia china.

Europa no puede depender de otros para hacer cumplir las normas globales porque sin una fuerza que la respalde, su apelación al derecho internacional cae en el vacío y su papel no pasa de mero comentarista de los acontecimientos mundiales. Aludir al derecho internacional sin tener la capacidad que permita la protección de los ciudadanos es cambiar de conversación cuando no se puede cambiar el mundo, por lo que, si El Continente quiere recuperar algún estatus, tendrá que hacer mucho más que simplemente decir «esta no es nuestra guerra» y precisar no sólo a qué se opone, sino qué defiende y cómo lo hace. En consecuencia, debe apelar al derecho desde la fortaleza, de otro modo la denominada «declaración de principios» es en realidad una estrategia de supervivencia de corto recorrido.

El sitio de Melos (Guerra del Peloponeso) puso de manifiesto hace 2.500 años que la fuerza, más que la diplomacia, determina las relaciones internacionales. Tucídides detalla como los atenienses exigen a los melios sumisión bajo amenaza de destrucción, precisándoles que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben» [[9]]. Europa, sin cuidar su defensa durante ochenta años, emerge como la nueva Melos; «perdí el tiempo y ahora el propio tiempo me atrapa» [[10]], lamenta el Ricardo II de Shakespeare.

 

Jesús Alberto García Riesco

Coronel (r) y politólogo

Asociación Española de Militares Escritores

 

[[1]] ADLER, Katya. “Trump’s new world order has become real and Europe is having to adjust fast”, BBC, 15/02/2026.

https://www.bbc.com/news/articles/cddn002g6qzo

[[2]] LE MAIRE, Bruno. “Aflojar el cerco”, El Grand Continent, 3 de marzo de 2025.                                https://legrandcontinent.eu/es/2025/03/03/aflojar-el-cerco/

[[3]] Citado en “Did Trump just declare war on Europe?”, Dec 07, 2025. https://therealstory.substack.com/p/did-trump-just-declare-war-on-europe

[[4]] National Security Strategy of the United States of America, November 2025

https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf

[[5]] BARNES, Joe. “Trump ‘has never been so angry’ with European allies”, TT, 17 March 2026

https://www.telegraph.co.uk/world-news/2026/03/17/eu-end-iran-war-to-save-face/

[[6]] GARFINKLE, Adam. “Huntington’s “Errors of Endism” at Thirty”, FPRI, August 22, 2019

[[7]] Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» (Blood, toil, tears and sweat) es una famosa frase pronunciada por el primer ministro británico Winston Churchill el 13 de mayo de 1940 ante la Cámara de los Comunes. Esta expresión se usa para describir situaciones que requieren un sacrificio extremo y un esfuerzo inmenso para lograr un objetivo.

[[8]] Citado en  ATAMAN, Josep. “Europe’s ‘new reality’. The week that transatlantic ties came undone”, CNN,  Jan 24, 2026.

https://edition.cnn.com/2026/01/24/europe/analysis-europe-new-reality-greenland-trump-latam-i

[[9]] Gómez-Lobo, A. “El diálogo de Melos y la visión histórica de Tucídides”. Estudios Públicos.

https://estudiospublicos.cl/index.php/cep/article/view/1409

[[10]] SHAKESPEARE, William. Ricardo II, Losada, 2000.