DAÑO COLATERAL. Marta Gonzalez Isidoro

                                                Plaza de los Rehenes en Tel Aviv

Daño colateral

 

Marta Gonzalez Isidoro

Periodista y analista de política internacional

Asociada-Colaboradora de AEME

 

Occidente sigue cometiendo el mismo error de creer que al terrorismo se le derrota siendo comprensivo con quienes lo justifican

“¿Alguien puede oírme?”. Es el grito desesperado de un miembro de las fuerzas de rescate israelíes que busca supervivientes de la masacre en el festival Nova. Sólo encuentran cadáveres (378) y peticiones de búsqueda de decenas (40 secuestrados). El video vuelve a circular hoy por las redes. Yo lo vi tres veces: la primera vez, el mismo 7 de octubre por la tarde, entre los cientos de videos recibidos en los canales de WhatsApp de amigos israelíes; la segunda vez durante la presentación del documental Nova, y la tercera, durante el visionado del famoso pase de 47 minutos, cuando el gobierno israelí decidió liberar algunas de las imágenes para defenderse de la oleada de propaganda pro palestina y pro Hamas desatada en todo el mundo con el inicio de la ofensiva militar en la Franja de Gaza.

Yo ya estaba casi curada de espanto, eso creía: había visto en crudo, en vivo y directo desde el comienzo, toda la masacre a través de los mismos terroristas de Hamás (que la emitían en sus canales de Telegram), de la cobertura de Al Jazeera y de los videos que me enviaban amigos israelíes directamente afectados. La muerte y el secuestro de los israelíes fueron recibidos con vítores por los civiles gazatíes. Después presencié in situ todo el dolor y la barbarie en Israel. Varias veces. Me entrevisté con supervivientes y familiares de rehenes; con analistas, representantes del gobierno y miembros de las FDI y de Zaka (el cuerpo de identificación de víctimas de desastres israelí). Caminé por las ruinas de Nova, por las cenizas de Nir Oz y sus alrededores, por el barro de la frontera, por las sillas vacías de la Universidad Ben-Gurión del Negev y de la de Tel Aviv, por el silencio de la Plaza de los Rehenes… Perdí amigos; lloré por todos; sigo haciéndolo. Les acompañé en su dolor. Compuse una canción en homenaje a todas las víctimas del 7 de octubre y, aun así, presiento que es cuestión de tiempo que la desconexión de los propalestinos ante el culto de la muerte contra el que lucha Israel se vuelva contra ellos mismos y arremeta contra el resto como víctimas colaterales de un tsunami que hoy todavía es posible detener. Sólo hay que querer ver y escuchar a los propios líderes y comandantes de Hamás y de otras organizaciones terroristas e islamistas radicales cuando afirman que, después de matar a los judíos en Israel, “cazaremos a los judíos y cristianos hasta los confines del mundo”.

Una moda peligrosa

Por una mezcla de estupidez y cobardía, al islamismo se le ha puesto alfombra roja en Europa y en todo Occidente. Y al antisemitismo disfrazado de antisionismo se le otorgan premios internacionales y certificados de buena conducta moral. La historia del conflicto palestino-israelí es mucho más incómoda que el eslogan que lo sostiene. “Del río hasta el mar” o “Free Palestine”, el palestinismo es una moda peligrosa que afecta por igual a la izquierda radical y a conservadores que legitiman su relato en traumas y obsesiones con enemigos que llenan sus vacíos emocionales. La manipulación a la que han sido sometidos los participantes en el documental NAZA (acrónimo en hebreo de “Daño colateral”, pero que juega con las palabras nazi y Gaza) —pagados por mentir—, premiado en el Festival de Venecia, no es sólo una grieta en la credibilidad de una producción frágil en su método de investigación; es un ejemplo tangible de que la verdad, ante una audiencia antiisraelí, es un elemento secundario.

Da lo mismo lo burda que sea una mentira. Siempre habrá alguien – el idiota útil – que se lo crea y cierre filas con la secta. Más aún, cuando hay una disposición a creer a los judíos e israelíes cuando hablan mal de su religión, identidad, gobierno y de sus Fuerzas de Defensa, las voces israelíes que sirven a la narrativa propalestina son más potables para las audiencias occidentales, sin terminar de entender que las omisiones al servicio del terrorismo palestino no les garantizan un trono de oro en la complicidad del “ecosistema genocida” creado por aquellos con una completa decadencia moral. Rachel Szor y Yuval Abraham, los productores de este documental que presenta a Israel como el mal absoluto, no son los únicos que han aprendido a vender a su país en un mercado que paga con un Óscar la traición. Se les olvidó contar cómo empezó la guerra el 7 de octubre de 2023. ¿Creen acaso que el 7 de octubre se hubieran salvado porque uno de los salvajes que perpetraron las innombrables matanzas, reconociéndoles como amigos y socios del miembro de Hamás Ahmed Alnaouq, hubiese dicho: “Te dejo en paz, eres uno de los nuestros”? La próxima vez quizá se animen a reconocer que algunos de esos “periodistas” que les sirvieron como fuentes —muchos vinculados a la organización Across the Wall, uno de los múltiples proyectos de EuroMed— en realidad fueron identificados por Israel como operativos de Hamás, con vínculos con el ala militar de esta organización terrorista.

Ni Rachel Szor ni Yuval Abraham han dado voz a las mujeres y niñas que fueron violadas y asesinadas el 7 de octubre. Víctimas colaterales deben pensar que fueron. Y a pesar de que Occidente sigue cometiendo el mismo error de creer que al terrorismo se le derrota siendo comprensivo con quienes lo justifican, la mayoría de la sociedad israelí ha aprendido la lección. Tres años después, Israel sigue buscando a los terroristas que cruzaron sus fronteras el 7 de octubre de 2023 para perpetrar la matanza más despiadada e inhumana contra su población que se recuerda desde el Holocausto.

Actuar desde dentro

Tres años después, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) siguen publicando videos en los que muestran que el largo brazo de la justicia – por más que algunos lo llamen venganza– alcanza los lugares más remotos y no se rinde ante la impaciencia del tiempo. Tres años después, la infraestructura de Hamás –combatientes, depósitos de armas y centros de mando– está seriamente dañada; sus comandantes militares eliminados –incluso los que se amparaban bajo la cobertura de médicos, periodistas o profesores–, y las zonas civiles –hogares, hospitales, mezquitas, escuelas– utilizadas como escudos humanos y base de operaciones, destruidas. Si el exlíder de Hamás, Yahya Sinwar, que Dios le tenga en el infierno, decía orgulloso en mensajes enviados a otros líderes igualmente tenebrosos que “tenemos a los israelíes justo donde los queremos”, hoy las FDI pueden decir con satisfacción que han superado con nota los desafíos sin precedentes de una guerra urbana contra un enemigo que ha maximizado el poder de la propaganda, el victimismo y la falsa utilización sobre un compromiso de paz y futuro compartido que no se plantean. El daño colateral, hoy, son los sistemas políticos –en Israel también– que permiten a los enemigos presentarse en los parlamentos y actuar contra los intereses nacionales desde dentro.

 

Publicado en:

https://www.vozpopuli.com/opinion/dano-colateral.html?shem=aimgspe