CICLO I /26 DE AEME. » CHINA EN LA NUEVA ERA GEOPOLITICA»

LA NUEVA RUTA DE LA SEDA Y LA INICIATIVA DE CIVILIZACIÓN GLOBAL
La relación de China con Occidente ha experimentado grandes vaivenes los dos últimos siglos. La idea de Ruta de la Seda es un concepto del siglo XIX enunciado por el geógrafo Ferdinand von Richthofen para describir el entramado comercial y caravanero que unía China con el Mediterráneo.
Con todo, China nunca quiso una relación de paridad con Occidente; ni siquiera pretendía comerciar. Al bárbaro, si acaso, pagarle para evitar mayores problemas, pero nunca una relación permanente. Existe un claro sentimiento de superioridad cultural. No en vano, el «Imperio de en medio» era una monarquía central que veía a la periferia como bárbara y a los reyes de la tierra como naturales tributarios.
Hugh Thomas considera a China «el Imperio benigno», dado que no aparenta querer dominar espacios no contiguos ni que su modelo tenga validez universal. Esta ideación, además, sirve a una «no injerencia», que le permite hacer negocios en cualquier parte del mundo. Y Henry Kissinger se maravillaba de la naturalidad con la que el país se había sobrepuesto siempre al caos: «Después de cada desmoronamiento, el Estado chino se reconstituía como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza». Y es que «no parece poseer principio. En la historia aparece más como fenómeno natural permanente que como Estado nación convencional». La razón es que es a la vez un Estado y una civilización.
El país, en siglo XIX, tenía orientado todo su sistema defensivo hacia el norte cuando sufrió el acoso del Reino Unido por el sur. Ostentó, hasta las guerras del opio —la primera entre 1839 y 1842 y la segunda entre 1856 y 1860, que acabaron con la firma de los Tratados Desiguales y la apertura del país al exterior— el liderazgo del PIB mundial, hasta cifras superiores a las de Estados Unidos. Estas guerras abrieron los mercados de este país a un producto cuyo comercio, para más inri, estaba también prohibido en la metrópoli.
La intervención británica en Asia provocó una abrupta caída del PIB chino. A ello siguieron múltiples rebeliones (las más significativas, las taiping y bóxer) en los estertores de la dinastía Qing, la derrota de la guerra chino-japonesa en 1895, la proclamación de la República en 1912, una guerra civil que se inició en 1927 y se reanudó tras finalizar la ocupación japonesa en 1945. Como recuerdan los bellos versos de Du Fu: «Hermoso paisaje, país desbaratado».
Los chinos denominan a este período «el siglo de la humillación» y consideran que finalizó en 1949, con el triunfo de la Revolución y la instauración de la República Popular. Kissinger fue el adalid de una relación con China para separarla de Rusia. En 1972 propició la visita de Nixon. Y, personalmente, se erigió en su defensor del modelo, interviniendo en sus crisis, como la de Tiananmén en 1989.
En fin, tras la muerte de Mao y, sobre todo, a partir de 1978, se iniciaron reformas que trajeron inversiones exteriores, la descolectivización agraria y la creación de empresas. Esta desnacionalización de servicios, unida al fin de la Guerra Fría y al auge del comercio internacional, permitió un rápido crecimiento que se complementó con el ingreso de China en 2001 en la OMC.
En paralelo, el sistema económico socialista, que impuso Mao, se fue transformado en un «capitalismo de Estado», esto es, un sistema económico capitalista dentro de un sistema político de partido único, con un tejido económico fuertemente intervenido —y protegido— por el Estado.
La naturaleza híbrida y compuesta de su forma política —una mezcla de socialismo autóctono y capitalismo— dota a su acción exterior de una naturaleza dual y ambivalente. La peripecia conceptual de convertir a un partido comunista en el rector de un país cuya política exterior es capitalista a ultranza —o pseudocapitalista— no está exenta de contradicciones y consecuencias.
Pero como el profesor Zhang Weiwei apunta a que «el actual régimen de partido único puede parecer ilegítimo a los ojos de muchos occidentales y, sin embargo, para la mayoría de los chinos no tiene nada de extraordinario, ya que, en los dos últimos milenios, China ha estado regida por una suerte de partido único o una élite unificada confuciana seleccionada a través de exámenes públicos, que aseguraba representar —o que genuinamente representaba— a la mayoría bajo el cielo»[1]. Es el realismo moral chino.
Este proceso de apertura transmitió una buena imagen internacional y amplió la capacidad del régimen en el ámbito global, generando expectativas de convergencia con dicho orden. La llegada al poder de Hu Jintao en 2002 trajo consigo el progresivo abandono de la discreción auspiciado por la «estrategia de los 24 caracteres» y China se hizo presente en el escenario internacional. En 2008, se celebraron unas exitosas olimpiadas en Pekín. En 2010, el PIB chino superó al de Japón, transformando la jerarquía asiática de los últimos cien años. Y en 2011 disponía del segundo presupuesto militar del mundo.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta (OBOR) de la Seda es un proyecto ambicioso lanzado en 2013 como una suerte de reedición del Plan Marshall. Es una estrategia de influencia que encarna un desafío al orden geopolítico vigente pues sitúa a China en su centro. Su objetivo sería construir una comunidad de destino compartido, en la cual la conectividad es clave.
El diseño original incorporaba seis corredores terrestres (estos unían China con Asia Central, el Sudeste Asiático, Pakistán, Mongolia-Rusia y Europa Occidental) y una Ruta Marítima que conectaba más de veinticinco puertos por el mundo. El proyecto ha evolucionado geográfica y conceptualmente para articularse en una Ruta de la Seda de la Salud, una Ruta de la Seda Digital, una Ruta Polar de la Seda, una Ruta de la Seda del Espacio y una Ruta de la Seda Verde. Su convergencia supone centrar el orden global en China y atender, también, las consecuencias de su desacoplamiento con Estados Unidos[2].
Con ello, se acercan los dos extremos de la masa continental euroasiática por mar y tierra. Un 80 % de los 193 Estados se han involucrado. En 2023 había 29 europeos, 42 asiáticos, 45 africanos, 10 de Oceanía y 20 de América Latina y Caribe. China ha firmado más de 200 acuerdos de cooperación con 152 países y 32 organizaciones internacionales. Así, se deslocaliza su capacidad de producción y ofrece una poderosa herramienta diplomática[3].
Pero esta iniciativa no está exenta de resistencias y rechazo. De hecho, siete de las diez economías más grandes del mundo (Estados Unidos, Japón, India, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia —entró en OBOR en 2019 y se salió en 2023— y Canadá) se niegan a sumarse.
Además, y para reforzar sus políticas favoreciendo tanto su despliegue como su articulación, ha lanzado, desde 2021, cinco iniciativas de carácter global relacionadas con la cooperación. Con ello trata de dar una dimensión holística a sus relaciones, tal y como corresponde a una potencia global.
La Iniciativa de Gobernanza Global (y también de AI) de 2025 es una propuesta geopolítica que sirve de marco a las demás y pretende fomentar el multilateralismo. Su modelo se presenta como más diverso e inclusivo al aumentar el peso del Sur Global en un sistema de gobernanza que se presenta por ello como más equilibrado y respetuoso.
Y, a la vez, fortalece un marco regulatorio internacional que, además, está afectado por la aparición de nuevos espacios o dominios creados por la tecnología. Para ello busca el restablecimiento de la autoridad y de la eficacia. Este es un punto en el que el proceder de la segunda Administración Trump le ha dotado de legitimidad.
Esta aproximación, dicho sea de paso, es continuación de los “cinco principios de coexistencia pacífica” auspiciados por Zhou Enlai en los que se profundiza. Estos ya sirvieron para modelar la relación de China con los países del Tercer Mundo
Por su parte, la Iniciativa de Desarrollo Global busca asentar sus bases materiales sobre la Iniciativa 2030; la Iniciativa de Seguridad Global para la salvaguarda de la estabilidad.
Y la Iniciativa de la Civilización Global, lanzada en 2023 y que complementa a las otras busca promover una “comunidad de futuro compartida por la humanidad”, que es una idea lanzada en 2012 y que se postula en contraposición al choque de civilizaciones de Huntington.
Con este propósito trata de reforzar los intercambios, la cooperación cultural internacional y ampliar los canales de interacción. Con ello pretende liderar los países del Sur Global, al ofrecer respeto y, simultáneamente, diferenciar entre modernización y occidentalización mostrando con ello respeto por sus formas culturales.
El núcleo geopolítico estaría compuesto por quienes ya son sus socios en los BRICS+ o pertenecen a sus partenariados con África, Latinoamérica y Oriente Medio, ampliando en todas las dimensiones su asociación y expandiendo esta los entornos subregionales.
Sus pilares oficiales son el respeto a la diversidad, los valores compartidos por la Humanidad, la herencia e innovación y los intercambios culturales. Con ello se busca poner en valor la diversidad cultural, el diálogo y el aprendizaje, rechazando cualquier forma de superioridad cultural o de confrontación ideológica. Se trata de redefinir la globalización desde una perspectiva inclusiva mientras se fomenta el multilateralismo. Y a la vez continuar con la innovación sin que ello suponga renunciar a los propios valores.
De esta manera es posible proyectar un orden multipolar que se pretende basado en la armonía y el progreso compartido y en el que se fomentan las ideas de paz, desarrollo, justicia, democracia y libertad. Esto que, además, está en sintonía con Europa supone una alternatividad con la que confronta con Estados Unidos.
En términos prácticos y en lo que se refiere a iniciativa civilizacional, China ha puesto en marcha diversas iniciativas y ha apoyado distintas plataformas de diálogo multilateral (Foro de Liangzhu, Conferencia Mundial de Clásicos, Conferencia sobre el Diálogo de las Civilizaciones Asiáticas, .Reunión Ministerial del Diálogo entre Civilizaciones Globales…), así como ha ampliado su diálogo de Alto Nivel sobre gobernanza y desarrollo que lidera. Además y entre otras iniciativas, ha firmado acuerdos de cooperación con más de 100 países en ámbitos como la cultura, el patrimonio cultural o el turismo.
Pero esto entra en una cierta contradicción, señalan los críticos, con las políticas seguidas con sus propias minorías nacionales -como los uigures-, cuyos derechos culturales e históricos no son objeto de este respeto que predica. Además, la concertación política que se ofrece, se hace con fórmulas como una plataforma de diálogo que el Partido Comunista Chino ofrece a partidos de terceros países. O tratando de establecer una alianza de Think Tanks entre los países del Sur Global con lo que, a la vez, garantizaría su liderazgo ideológico. Y no es menor decir que la aproximación china a los grandes conceptos que propugna es significativamente distinta de su interpretación occidental.
En cualquier caso, estamos ante una iniciativa que se suma a las otras y a la Nueva Ruta de la Seda y que contribuye al reposicionamiento global de China mientras plantea una alternativa a los actuales modelos de gobernanza.
En línea con el realismo moral chino, se trata de proyectar una suerte de autoridad benévola que propone su condición de Estado civilización mientras articula esquemas de valores distintos a los occidentales y fórmulas alternativas de gobernanzas que, lejos de rechazar, estimulan la globalización.
Y todo eso con el añadido de presentar una nueva forma de acercarse a los países del Sur Global a los que propone su modelo como una alternativa diferenciada que sirva para vertebrarlos y que asuman su liderazgo.
FEDERICO AZNAR FERNANDEZ-MONTESINOS. Analista del IEEE. De la Asociacion Española de Militares Escritores
