CICLO I /26 DE AEME » CHINA EN LA NUEVA ERA GEOPOLITICA

Asociación estratégica China Rusia. Presente y futuro
A inicios de 2026, las relaciones entre China y Rusia atraviesan lo que sus líderes denominan un “periodo de estabilidad permanente”, alcanzando niveles de cooperación sin precedentes en la historia moderna. Aunque han evitado formar una alianza militar formal al estilo de la OTAN, sus fuerzas armadas realizan regularmente ejercicios en el mar, en tierra, así como patrullas aéreas estratégicas y sus empresas colaboran estrechamente buscando la independencia de la tecnología occidental.
Rusia se ha convertido en la principal “gasolinera” de China, mientras que China es su principal proveedor de bienes industriales y tecnología. El resultado es un comercio bilateral que alcanzó un récord histórico de 240.100 millones de dólares en 2023, un impresionante aumento del 26,3% respecto al año anterior. Más del 95% de las transacciones se realizaron en yuanes y rublos, lo que blinda sus economías frente a las sanciones financieras occidentales.
En foros como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, su coordinación es “tan firme como una montaña” y en el Ártico, la cooperación en la Ruta Marítima del Norte empieza a ganar peso permitiendo a Pekín una vía comercial más rápida hacia Europa, mientras Rusia accede a una inversión china necesaria para desarrollar sus infraestructuras y sostener su esfuerzo de guerra.
No obstante, un análisis más detenido contradice esta visión tan idílica de sus relaciones. China mantiene una postura pragmática respecto a Ucrania, priorizando los flujos comerciales y evitando el “sobrecompromiso” con un régimen en Moscú al que considera “vulnerable”. Por su parte, Rusia contempla preocupada como el ascenso de Pekín está derivando en una relación asimétrica y de dependencia económica en la que corre el riesgo de terminar convirtiéndose en el “socio menor”.
En el terreno político, ambas potencias impulsan un mundo multipolar que reduzca la hegemonía estadounidense. Se trata de una alianza “sin límites”, pero esencialmente transaccional, basada en la confluencia de intereses frente a un orden internacional occidental que consideran injusto y al cual desafían. Como afirmara el Presidente chino Xi Jinping a durante la visita Vladimir Putin a Moscú en marzo de 2023 “Están ocurriendo cambios que no se han visto en cien años, y somos nosotros quienes los impulsamos juntos”.
Ahora bien, las actuales relaciones chino-rusas contradicen la lógica geopolítica de la competencia natural entre potencias vecinas por la hegemonía regional en Asia y se basan en una política pragmática y transaccional en la que China tiene mejores bazas. No se trata solo de que, en caso de conflicto, a China le resultaría relativamente fácil cortar los lazos de Moscú con Siberia, sino que China ha sido capaz de imponer precios favorables en petróleo y gas, a una Rusia debilitada por la guerra en Ucrania y que tiene dificultades para hacer salir sus recursos energéticos hacia mercados alternativos.
China es consciente de que el tiempo corre en su favor y considera, por razones estratégicas, que la mejor forma de garantizar que los recursos económicos rusos, sobre todo los energéticos, se encaminen hacia ella, es precisamente manteniéndola estable y aliada. Está relación en la que China es la principal beneficiada hace que Pekín pueda mantener una cómoda política dual basada, por una parte, en la compra ventajosa de materias primas y recursos energéticos a cambio de inversiones y tecnología avanzada, pero también en la disuasión que le proporciona su creciente poder militar y su considerable influencia como potencia global.
La actual comunidad de intereses estratégicos de China y Rusia tiene, por tanto, un carácter coyuntural y antinatura que se mantendrá en tanto en cuanto China no alcance la paridad estratégica con los Estados Unidos. Se trata de una situación clásica de equilibrio externo, en la que ambas potencias establecen una alianza estratégica de conveniencia frente a un adversario común, que entienden expansivo y peligroso. La suma de los poderes nacionales de China y Rusia incrementa las probabilidades de equilibrar a los Estados Unidos como potencia dominante, al tiempo que también lo hace la posibilidad de triunfar en la conformación de un orden global alternativo. Como afirmara un general francés al término de la 1ª Guerra mundial “desde que he visto cómo funcionan las alianzas, he perdido algo de mi admiración por Napoleón”, un líder que siempre luchó contra alianzas para, al final, terminar perdiendo frente a una de ellas.
Mientras ambas potencias estén de acuerdo en que la convergencia de intereses es mayor que las desavenencias, la alianza se mantendrá; sin embargo, la lógica geopolítica indica que el desequilibrio creciente entre ambas potencias hará que no pase mucho tiempo antes de que Pekín use a Moscú para sus propios propósitos. Mientras China se concentra en ganar la competición geopolítica global con Estados Unidos, Rusia trata de sobrevivir a la guerra en Ucrania. Si lo consigue en términos favorables, su geoestrategia para los próximos años, impulsada por su presidente, se limitará a la recomposición del debilitado espacio postsoviético. Moscú recuperaría el proyecto estrella de Putin de creación de una Unión Euroasiática que sirviera de perímetro de seguridad para Rusia.
Ahora bien, un diseño tan geopolítico, aunque de ambición limitada, le coloca en rumbo de colisión con una China emergente cuyo poder nacional crece en la misma proporción en la que disminuye el ruso. Posiblemente, Moscú tendrá que conformarse, en las próximas décadas, con conservar los territorios incluidos en el actual estado ruso y, como mucho, re-federar su decreciente “extranjero próximo”, limitado a Bielorrusia, los territorios que controla en Ucrania y, quizá, a algunas repúblicas centroasiáticas que todavía le sean afines.
Un elemento adicional surgido recientemente, pero que está actuando como un “test de estrés” para definir el futuro de la relación entre ambas potencias es la guerra de Irán. Rusia está utilizando el conflicto de manera oportunista para aliviar sus dificultades económicas. El aumento en los precios del petróleo y el gas, derivado de la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz, actúan como un “salvavidas” financiero para su maltrecha economía de guerra.
Por su parte, Pekín ve a Irán como una pieza importante de su Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y una fuente crucial de energía. La debilidad iraní motivada por la guerra representa una pérdida estratégica para China que absorbe la casi totalidad de sus exportaciones de petróleo. No obstante, más que el petróleo, es la estabilidad global la que sigue siendo la principal prioridad china a la hora de sostener su economía. Pekín está optando por la contención y el apoyo diplomático retórico, recalculando su apuesta en Irán, sin sacrificar sus intereses globales por un aliado en apuros.
Al final, la relación entre China y Rusia se irá ajustando drásticamente dependiendo de cómo terminen los conflictos en Ucrania e Irán. Estos dos escenarios son los “tubos de ensayo” que determinarán el futuro de la asociación. Si los resultados son positivos, veríamos la consolidación de un bloque euroasiático capaz de desafiar formalmente la hegemonía norteamericana. Si los conflictos terminan en un “empate” o derivan en un desgaste prolongado, la relación se mantendrá como un matrimonio de conveniencia entre dos potencias que solo se necesitan mientras tengan un rival común. Pero, si los resultados son negativos, la relación de China con Moscú podría fragmentarse bajo el peso de las culpas mutuas. Incluso, podría transformarse en una relación de subordinación si Rusia termina perdiendo la guerra en Ucrania y su régimen depende de Pekín para sobrevivir.
En definitiva, más que una alianza estratégica consolidada, China y Rusia mantienen una escenificación geopolítica de alto riesgo donde el resultado final, condicionado por los campos de batalla de Ucrania e Irán, revelará si estamos ante el nacimiento de un nuevo bloque soberano o ante el preámbulo de una ruptura inevitable.
Ignacio Fuente Cobo. Coronel de artillería.
Analista principal del Instituto Español, de Estudios Estratégicos
