
CEUTA Y MELILLA: SOBERANÍA ESPAÑOLA Y VALOR ESTRATÉGICO EN EL FLANCO SUR
Desde hace décadas, Marruecos mantiene viva una reivindicación política periódica sobre Ceuta y Melilla, presentándolas interesadamente como “territorios pendientes”. Se trata de una estrategia bien conocida, basada en la presión gradual, la insistencia propagandística y el desgaste diplomático, buscando que la duda se instale en la opinión pública y en determinados foros internacionales. Sin embargo, conviene recordar un hecho histórico incuestionable: Ceuta y Melilla eran españolas antes incluso de que Marruecos existiera como Estado moderno. Por tanto, no nos hallamos ante un problema colonial ni ante un contencioso abierto, sino ante dos ciudades plenamente integradas en España, amparadas por la Constitución y respaldadas por una soberanía efectiva ejercida durante siglos.
El problema no reside únicamente en las reclamaciones marroquíes, previsibles y constantes, sino en la manera en que España, en ocasiones, ha gestionado la relación bilateral. La política exterior no puede depender de impulsos coyunturales ni de equilibrios temporales. Marruecos actúa con paciencia estratégica y con objetivos bien definidos. España, por el contrario, con demasiada frecuencia ha dado la impresión de moverse a golpe de crisis, reaccionando ante presiones ya desencadenadas en lugar de anticiparlas.
Rabat ha demostrado sobradamente que dispone de instrumentos eficaces de coerción indirecta. Entre ellos, la presión migratoria, el uso del comercio como herramienta de influencia, la explotación mediática del discurso nacionalista y la utilización del chantaje político bajo la apariencia de “cooperación”. Es evidente que Marruecos entiende la diplomacia no como un marco de respeto mutuo, sino como una prolongación de su estrategia de poder.
Desde el punto de vista estratégico-militar, Ceuta y Melilla representan mucho más que dos enclaves históricos. Constituyen posiciones avanzadas en el Mediterráneo occidental y puntos de control geopolítico de primer orden. Su localización, próxima al Estrecho, las convierte en elementos esenciales para la seguridad de las rutas marítimas y para la vigilancia del tránsito internacional. Además, son frontera exterior de la Unión Europea, lo que añade una dimensión supranacional al problema: cualquier amenaza sobre ellas afecta no solo a España, sino al conjunto del espacio europeo.
Por ello, la defensa de Ceuta y Melilla no puede limitarse a declaraciones institucionales ocasionales. Requiere una política de Estado, sostenida y coherente, basada en la disuasión, en la capacidad de respuesta y en la presencia permanente. Disuasión no significa provocación, sino transmitir con claridad que cualquier intento de presión o agresión tendrá consecuencias inmediatas y un coste elevado.
A ello se suma un factor que no puede ignorarse: Marruecos lleva años desarrollando un proceso sostenido de modernización militar, con adquisición de armamento avanzado y fortalecimiento de capacidades aéreas, terrestres y navales. Paralelamente, el contexto regional se vuelve cada vez más inestable. La amenaza yihadista en el Sahel, la expansión de redes criminales y la creciente rivalidad entre actores regionales crean un escenario donde cualquier incidente puede escalar con rapidez. En este entorno, la seguridad del flanco sur europeo no admite improvisaciones.
España debe asumir, además, que la cuestión de Ceuta y Melilla debe proyectarse en el ámbito internacional con firmeza. No basta con insistir en que son territorio nacional; es necesario que la Unión Europea y la OTAN comprendan que se trata de un punto sensible de la seguridad colectiva. Si la frontera oriental es prioritaria por la amenaza rusa, la frontera sur lo es por la combinación explosiva de migración irregular, terrorismo, inestabilidad regional y presión geopolítica.
La historia enseña que cuando un adversario percibe vacilación, aumenta su presión. La ambigüedad es interpretada como debilidad. Y la debilidad, en geopolítica, siempre se paga. Ceuta y Melilla no son negociables. No solo por razones patrióticas, sino porque representan integridad territorial, credibilidad del Estado y defensa del interés nacional.
En definitiva, Marruecos seguirá intentando mantener abierta una cuestión que, jurídicamente, está cerrada. La respuesta española debe ser clara, constante y sin fisuras: Ceuta y Melilla son España, lo han sido durante siglos y lo seguirán siendo. La mejor garantía para evitar crisis futuras no es la concesión ni el apaciguamiento, sino una política firme de defensa y disuasión, respaldada por unas Fuerzas Armadas preparadas y por una diplomacia consciente de que la soberanía no se discute: se ejerce y se protege.
Juan José Pérez Piqueras
Coronel del Ejército de Tierra (R.)
Técnico Superior de Inteligencia: (CESID-CNI)
Miembro de la Asociación Española de Militares Escritores
