Amaro Pargo y el tesoro hecho de sueños´.

Para dar a conocer, este desconocido episodio de las «Crónicas corsarias» se replica este artículo que ha sido publicado en la Revista Proa a la Mar de la Real Liga Naval Española.  (Pérez-Fernández F, López-Muñoz F. Amaro Pargo y el tesoro hecho de sueños. Proa a la Mar 2025; 189: 132-138).

El coautor Francisco  Perez-Fernandez es  Asociado-Colaborador de la Asociacion Española de Militares Escritores.

 

 

[Crónicas corsarias]

Amaro Pargo y el tesoro hecho de sueños

 

Aquel de entre ustedes que sea aficionado a los videojuegos y haya pasado unas horas frente a la pantalla del televisor jugando a Assassins Creed IV: Black Flag —experiencia que para un fan de la piratería y de la mar es cosa divertida e insoslayable, por cierto— habrá oído hablar de un singular pirata-corsario prácticamente olvidado por el común y que responde al nombre de Amaro Pargo (1678-1747). Detalle que no sólo denota el gran trabajo de documentación que se tomó la gente de la empresa francesa de software Ubisoft a la hora de elaborar su propuesta de entretenimiento, sino que también ha venido a recuperar a un mito de la marinería que, por cierto, era español. Canario para ser más concretos. De hecho, Ubisoft, persuadida de que en su tiempo Amaro llegó a ser tan conocido —y respetado— en los anales marítimos como Sir Francis Drake (ca. 1540-1596), decidió financiar la exhumación de su cadáver en 2013, a fin de proceder a un meticuloso estudio de documentación arqueológica y forense.

 

La construcción de la leyenda

De ascendencia guanche según recientes hallazgos, Amaro Rodríguez-Felipe y Tejera-Machado, que éste era su nombre completo, nació en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), en el seno de una amplia y acomodada familia de 14 hermanos y hermanas, siendo el producto tradicional de la burguesía agraria y comercial canaria, que tanto gestionaba sus posesiones agrícolas, como hacía negocios con la importación y venta de productos ultramarinos. Fue esto lo que hizo de él un afín a la mar, pues entre 1703 y 1705 adquirió y capitaneó el buque El Ave María y las Ánimas, con la que empezó a viajar entre Santa Cruz de Tenerife y La Habana, viaje que llegó a dominar con extrema perfección y que luego realizaría en muchas ocasiones con otros barcos. Fue de esta manera que se involucró en la así llamada “Carrera” o “Flota” de Indias.

El apodo de “Pargo” se atribuyó durante mucho tiempo a que Amaro, de rostro afilado como se observa en el lienzo titulado Cristo de la Humildad y Paciencia —que puede verse en la Ermita de Nuestra Señora del Rosario, de Machado, donde aparece representado—, podría haber tenido la cara parecida a un pescado. También se especuló con la teoría de que fue un apodo ideado por sus rivales, al ser, en el combate, rápido y escurridizo como un pez. Pero no parece que ninguna de ambas cosas sea cierta. Es conocido que el apodo pudo originarse en la isla de La Palma y ya le vendría de su bisabuelo, pescador, profesión en la que era habitual que unos reconocieran a otros con esta clase de motes ictiológicos. Un perfecto ejemplo de lo que suele ocurrir en estos asuntos: las andanzas marineras de Amaro Pargo, al igual que su apodo, caminan muy a menudo en paralelo a los derroteros de la leyenda y el relato romántico, al punto de que, siendo su vida en general bastante bien conocida, se hace complicado cuando se desciende al detalle deslindar hechos de ficciones.

Lo cierto es que fue, tras integrarse en la Flota de Indias, también conocida como la “Flota del Tesoro”, hizo fama y fortuna. Esta flota española se destinó en 1522, por orden del emperador Carlos V (1500-1558), al virreinato de la Nueva España —no al del Perú, que esa fue la llamada “Flota de los Galeones”—, estando compuesta por naves de la Real Armada Española y del monopolio del Real Consulado de Cargadores a Indias. Desaparecería en 1778, al promulgar Carlos III (1716-1788) su Decreto de Libre Comercio. Dicha flota, básicamente un convoy de naves mercantes y defensivas estructurado para la que los barcos comerciales que se inscribieran realizasen la peligrosa travesía del Atlántico a salvo del hostigamiento de los buques piratas y corsarios enemigos, partía de Sevilla —en 1717 se trasladó a Cádiz— y culminaba viaje en el puerto mexicano de Veracruz, previa escala en La Habana.

Acreditados los méritos y protegido por el Marqués de Montesacro —el alavés Diego de Zárate y Murga (1616-1717)—, hombre de confianza de la Corona, el siguiente paso en la carrera marítima de Amaro Rodríguez fue su inclusión en la Compañía de Honduras, empresa de modernización comercial marítima aprobada por Felipe V (1683-1746) en 1714. Se le concedió la capitanía del buque Nuestra Señora de la Concepción, con base en Caracas. Allí, tanto él como su hermano José Rodríguez-Felipe (n.d.), segundo de a bordo y que tiempo después fallecería en el curso de una refriega, se verían enredados en los conflictos que desencadenaron la integración de Venezuela, en 1717, en el Virreinato de Nueva Granada. En concreto, la abierta oposición de Amaro a que su navío fuera inspeccionado en puerto lo condujo a un encendido pleito con el gobernador Marcos de Bethencourt y Castro (1663-n.d.), también tinerfeño, asunto que no se resolvería sino hasta 1724. Llovía sobre mojado.

 

La dualidad de Amaro

Algo raro pasaba en los barcos de Amaro. En 1719 ya tuvo en Cádiz el mismo conflicto que tendría en Caracas, pues fue detenido por agentes de la Casa de Contratación por negarse, precisamente, a que revisaran uno de sus buques, Nuestra Señora de la Concepción y San Francisco Javier, conocido como El Blandón, que teóricamente había llegado de La Guaira con un cargamento de cacao. Puede interpretarse el hecho como se desee. Hay quien argumenta que el conflicto fue resultado de la animadversión que el gobernador Francisco de Varas y Valdés (n.d.-1752) profesaba al capitán, al que se quiere vender como gran humanista y hombre de pro que en su vida rompió un plato. Hay quien sostiene que las corruptelas y ocultamientos en lo tocante al cargamento de las naves era cosa tan normal que poco sentido tendría escandalizarse por algo sumamente habitual que solía generar infinidad de enfrentamientos, reproches e inquinas en la trastienda burocrática de los puertos. Por lo demás, los conflictos relacionados con el honor, las atribuciones y los límites en el ejercicio del poder eran asunto común en la época, por lo que, seguramente, la verdad se encuentre en el término medio del embrollo. El hecho es que la detención está documentada y que Amaro Pargo recurriría a la tutela del propio Felipe V, acusando al gobernador de abuso de autoridad y corrupción —nada nuevo bajo el sol—. El monarca decidiría en su favor y ordenó su puesta en libertad.

Y es que Amaro, como cualquier otro aventurero de su tiempo, tras el halo luminoso del excelente navegante, el intrépido soldado, el gran hombre de negocios y el humanista filántropo que apoyó todo tipo de empresas sociales en su tierra, ocultaba al esclavista, al contrabandista, al furibundo corsario y al faldero que iba dejando hijos ilegítimos por doquier. De hecho, las peripecias caribeñas de Amaro Pargo no son muy conocidas y se mueven entre brumas, lo cual contribuyó a la construcción de todo tipo de leyendas en torno a su persona y andanzas, muchas de las cuales son simplemente incontrastables. La enorme fortuna que había sido capaz de atesorar a la fecha de su muerte, y que consta en su testamento, ayudó al alimento del mito: sin contar los cuantiosos bienes muebles y el dinero en metálico, acumuló 733 fanegas de tierra y 42 casas repartidas por todo Tenerife. Si bien una parte menor de estas propiedades le habían correspondido en herencia, la inmensa mayoría fueron adquiridas por el propio Pargo a partir de 1714. No puede sorprendernos este súbito y rápido incremento de fortuna si entendemos que la patente de corso que le ayudó a consolidarla le fue concedida en Santiago de León de Caracas —la actual Caracas—, en 1711, por el controvertido gobernador y capitán general José Francisco de Cañas y Merino (n.d.).

Ciertamente, aquella patente le fue concedida para su ejercicio en un solo barco, el llamado Nuestra Señora de Candelaria, Santo Domingo y San Vicente Ferrer, más conocido por el reducido alias de El Bravo, pero esto tenía relativa importancia. Es bien sabido que Amaro Pargo, tanto antes como después de la oficialización administrativa de su condición, y al frente de otros navíos, entre los que cabe destacar la Santísima Trinidad, Nuestra Señora de El Rosario, San José, San Ignacio y San Marcos, apodado, este último, El Clavel y que algunos han considerado su bajel favorito, ejerció como corsario cuanto quiso. La Corona, dado que estos actos se ejercían contra “naves hostiles” que, tras ser capturadas eran reutilizadas o vendidas, tendía a hacer la vista gorda ante tales actividades. No en vano, hay constancia de un pleito provocado por el hecho de que al menos una de las operaciones de captura y saqueo realizadas por El Bravo, la del navío irlandés Saint Joseph, habría sido ilegal al no constatarse la condición de corsario de Pargo y entenderse su barco como destinado al comercio. La resolución de las Autoridades fue favorable al corsario por cuanto, como argumentó el promotor fiscal, aunque la nave española no estaba armada en corso, el barco capturado navegaba bajo bandera inglesa, e Inglaterra era potencia enemiga de la Corona Española.

En efecto, Amaro Rodríguez-Felipe tenía otra vida fascinante e intensa, rastreable en legajos y archivos judiciales, que discurría entre asaltos, capturas y abordajes, no siempre bien esclarecidos, para los que a menudo colaboraba con otros capitanes de su misma condición afincados en el archipiélago canario. Servicios prestados que, en 1721 y previa solicitud, le valieron la certificación de nobleza y armas por parte de Felipe V. En efecto, Amaro Pargo fue persona muy notable que reunió una inusual habilidad para compaginar el negocio legítimo con la violencia, sabiendo desenvolverse a la perfección en el filo de la ley en una época en que las Canarias eran un objeto de deseo estratégico para todo el mundo. El archipiélago era la cabeza de puente en la ruta atlántica hacia América, pero también ocupaba un espacio privilegiado en el control del tráfico marítimo del noroeste africano.

 

Terror de los berberiscos y hombre de fe

Los piratas berberiscos, llamados también de forma algo confusa “corsarios otomanos”, constituían un grupo heterogéneo de piratas y corsarios musulmanes que actuaban desde las costas del norte y noroeste africano, donde habían instalado sus bases. Actuaban fundamentalmente desde Túnez, Argelia y Marruecos, acosando el tráfico marítimo en el Mediterráneo occidental y asediando de manera muy concreta a los archipiélagos y sus poblaciones, desde Canarias a Creta. Un problema que cobró especial importante tras la caída de Constantinopla a manos de los otomanos en 1453 a causa de la pérdida de buena parte del control del espacio marítimo que las coronas occidentales habían venido sosteniendo. Tal llegó a ser la osadía de las flotillas berberiscas que incluso saqueaban las localidades costeras y esclavizaban a sus habitantes, lo cual motivó que muchas de ellas sufrieran un fuerte despoblamiento motivado por el miedo hacia estas incursiones. Y no fue solo un problema de la Europa sureña. Los berberiscos llegaron a desplegar sus razias incluso en Gran Bretaña, Irlanda, los Países Bajos y lugares tan remotos como Islandia.

Entrado el siglo XVIII, los berberiscos se habían convertido en un problema para el archipiélago canario, al que asediaban sin descanso. Y Amaro Pargo, observando esta indeseada interferencia como una molestia inasumible para sus negocios y bienestar, decidió tomar cartas en el asunto para convertirse en el auténtico terror de los piratas africanos, a los que no sólo atacaba y saqueaba con extrema dureza, sino que también aplicaba los más tremebundos escarmientos —desde horribles torturas hasta amputación de extremidades— antes de reenviarlos a sus bases para que pudieran contarlo. Es más, advirtiendo que sus primeras operaciones habían tenido un éxito más bien moderado, Pargo, uniendo esfuerzos con otros navíos isleños, dirigió operaciones contra Agadir y Tarfaya, así como contra los refugios naturales de los piratas africanos. El resultado de estas acciones fue un completo éxito: es conocido que durante el tiempo que Amaro Pargo se mantuvo activo —hasta 1725—, las acciones de la piratería berberisca en las Islas Canarias se mantuvieron en cotas mínimas.

Como toda figura dual, y Amaro Pargo lo era en grado sumo, este genio militar y comercial que aplicaba la violencia extrema a sus enemigos y hacía los negocios más duros sin ambages, era también persona muy dedicada a la expiación de lo que bien asumía como graves pecados. Sería por ello por lo que mantuvo una profundísima amistad con la monja de la Orden de los Predicadores, sor María Jesús de León y Delgado (1643-1731), apodada como La Siervita de Dios, que, a la sazón, sería también su consejera espiritual. Con fama de milagrera y con poderes parapsíquicos —levitación, curación por imposición de manos, éxtasis, clarividencia y etcétera—, se ha insinuado que la devoción ilimitada del corsario para con ella fue más allá de la fe, para internarse en el terreno del amor carnal, pero posiblemente se trate de una maledicencia, pues no hay prueba que así lo refrende y, además, ella le llevaba casi 40 años, lo cual en aquellos tiempos habría tornado prácticamente inviables las relaciones sexuales entre ambos. Contó el propio Amaro, enfebrecido de fe, que estando a punto de ser apuñalado por un berberisco en Cuba durante una refriega, apareció sor María Jesús de la nada y detuvo la mano del pirata, salvándole así la vida.

Del mismo modo, Amaro Rodríguez-Felipe se vinculó a infinidad de organizaciones y obras benéficas, llegando incluso a ser síndico personero del Cabildo de Tenerife, puesto desde el que propuso la puesta en circulación de moneda fraccionaria para mejorar la situación financiera y de liquidez de las familias más desfavorecidas. En efecto, el corsario Amaro era capaz de acoger a familias desamparadas enteras y sacarlas del hambre con unos prestamos pequeños que se pagaban con vasallaje y un porcentaje razonable de las cosechas. A buen seguro, hoy en día esta gestión nos parecería rayana en la esclavitud, pero los tiempos y usos eran muy otros: la economía de base agropecuaria de las mayorías era extremadamente volátil, con lo cual se caía en condiciones de miseria con suma facilidad, de suerte que en los estratos sociales más bajos se consideraba una auténtica bendición el hecho de poder vivir bajo la cobertura de un protector rico y dadivoso.

 

Del hombre, al mito

En sus años caribeños, Amaro Pargo se ganó una amplia reputación internacional, especialmente entre holandeses e ingleses, a los que siempre mantuvo en la más extraña de las confusiones. Del mismo modo que contrabandeaba con ellos —especialmente con esclavos—, burlando las directrices en la materia de la Corona Española, también era capaz de apresarles los barcos con fruición cuando el asunto era de su conveniencia. Los cálculos más conservadores establecen que, a lo largo de su carrera como corsario, pudo hundir o secuestrar más de un centenar de presas adversarias, que siempre publicitó a bombo y platillo. En realidad, no era cosa distinta de la que pudieron hacer muchos otros por aquellos días, y en Palacio eran bien conocidas tales pillerías, pero, como venimos diciendo, con personajes como Pargo se solía mirar hacia otro lado en el entendido de que a largo plazo procuraban más beneficios que perjuicios a la Corona. Además, cuando se concedía una patente de corso se sobreentendía que algo debía sacar para sí el corsario, pues era él quien exponía su vida y su renta en el negocio.

Dedicado a los asuntos legítimos durante la última parte de su vida, Amaro Pargo se convirtió en un prestigioso comerciante naviero que mantuvo contactos con casi toda Europa, desde Francia a Finlandia, llegando a ser muy conocido. Sin embargo, pese a que se le conocen muchas aventuras de faldas y más de un retoño ilegítimo a la vera del camino, alguno de ellos incluso criado por su propia madre, Amaro Pargo falleció a los 69 años en su localidad natal y bien soltero. Así consta en su testamento y última voluntad. Fue enterrado, junto a sus padres y otros componentes de la familia, en la capilla de su propiedad que mantenía en el Convento de Santo Domingo de Guzmán. En su lápida no consta cruz alguna, ocupando el espacio de ésta una calavera con dos tibias cruzadas que muchos han querido ver como reflejo de su vida corsaria. Nada más lejos de la verdad, pues se trata del típico memento mori —recuerdo a los vivos de la finitud y fugacidad de la vida física—, tan habitual en la iconografía funeraria de épocas pasadas. Su patrimonio fue legado, tal cual consta, a parientes cercanos —fundamentalmente sobrinos— y otras gentes de confianza, así como a algunas instituciones eclesiales y asistenciales.

Y, por supuesto, la leyenda: la casa de Amaro Pargo, ubicada en el municipio de El Rosario, ha sido infinidad de veces allanada y saqueada desde la muerte de su propietario. El motivo no es otro que la pretendida —y común— historieta que rodea siempre a todo pirata de éxito: habría acumulado un tesoro de incontable valor que pudo enterrar en alguna parte. Teóricamente, las riquezas que encontraría el afortunado excavador serían ingentes. Otra versión de la historia relata que Pargo, antes de morir, habría escondido el tesoro al noroeste de Tenerife, en una cueva de la zona de Punta Hidalgo, conocida como de San Mateo. Pero nadie ha dado jamás con él… Seguramente porque Amaro nunca tuvo propiedades en esta zona y, las que hay, pertenecieron al Pargo equivocado; un sobrino suyo.

En definitiva, el tesoro del corsario Amaro no sería otra cosa que ese anhelo mitológico que, recordando aquella extraordinaria frase con la que Humphrey Bogart (1899-1957) cerraba El Halcón Maltés (1941), estaría hecho de la materia con la que se hacen los sueños.

 

Francisco Pérez-Fernández

Profesor de Psicología Criminal e Historia de la Psicología de la Universidad Camilo José Cela 

Francisco López-Muñoz

Catedrático de Farmacología y Vicerrector de Investigación, Ciencia y Doctorado de la Universidad Camilo José Cela

Académico de la Real Academia de la Mar y miembro de la Real Liga Naval Española

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