Apariencia y realidad en Ucrania (II)

 

Una vez más volvemos a espeluznarnos ante el horror de la guerra. Sin embargo, lo que nos muestran los medios no está pensado para enseñarnos qué ocurre, sino para provocarnos reacciones emocionales inmediatas, como la compasión, el miedo, la ira y el odio. Por tanto, si queremos entender la situación debemos utilizar la razón y hacer un esfuerzo para sustraernos de esta manipulación emocional.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

Una vez más volvemos a espeluznarnos ante el horror de la guerra. Sin embargo, lo que nos muestran los medios no está pensado para enseñarnos qué ocurre, sino para provocarnos reacciones emocionales inmediatas, como la compasión, el miedo, la ira y el odio. Por tanto, si queremos entender la situación debemos utilizar la razón y hacer un esfuerzo para sustraernos de esta manipulación emocional.

En la primera parte de este artículo trataba de analizar el drama ucraniano, de gravísimas y duraderas consecuencias, desde una perspectiva geoestratégica. A pesar de las apariencias, ésta no es una guerra entre Rusia y Ucrania, sino entre Rusia y EEUU y, en el orden global de las cosas, entre Oriente y Occidente. En esta segunda parte expondré las causas de un conflicto en el que hay más contendientes de lo que parece: unos son actores principales (Rusia y EEUU) y otros son actores secundarios o meras comparsas (UE y Ucrania).

Los actores principales

El primer actor principal es EEUU a través de la obediente OTAN, cuyos miembros siguen los dictados norteamericanos aunque perjudique sus intereses nacionales. Señalemos desde un principio que cuando hablamos de un país no nos referimos a su pueblo sino a su gobierno, que es muy diferente. Los intereses del pueblo norteamericano no tienen por qué coincidir con los intereses de un presidente impopular deseoso de crear una cortina de humo ni tampoco con los del complejo militar-industrial (más las agencias de inteligencia), de cuya amenaza creciente para la libertad nos previno el expresidente de los EEUU Eisenhower en su clarividente discurso de despedida [1]. Este Deep State tiene un conflicto de interés perverso, pues necesita de un gran enemigo para sobrevivir y no desea una Rusia fuerte aliada de Occidente. Quizá por ello Obama fue rápidamente boicoteado cuando intentó hacer incursiones militares conjuntas con Rusia en Siria y Trump fue linchado con un montaje probablemente delictivo[2] (el Russiagate).

El segundo actor principal es Rusia, el agresor. Decía el historiador griego Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos de los conflictos y sus causas últimas. El pretexto esgrimido por Rusia para intervenir en Ucrania es el “genocidio” en la región rusófila de Ucrania oriental, una burda hipérbole de un conflicto en el que participa ella misma y que ha causado miles de muertos. Este detonante artificial ha sido el argumento para reconocer por la vía de hecho la independencia del Este de Ucrania y firmar un acuerdo de mutua protección con las dos nuevas “repúblicas” que diera una capa de barniz “legal” a su evidentemente ilegal intervención militar. Pero los objetivos reales de la intervención rusa son otros: asegurar que su estratégica base naval de Sebastopol en Crimea se mantenga en manos rusas y lograr que Ucrania se comprometa a su neutralidad renunciando a la OTAN. Algunos afirman que Rusia quiere anexionarse Ucrania. Sin embargo, ocupar Ucrania significaría precisamente lo que Rusia quiere evitar, esto es, tener más frontera en común con la OTAN y no un estado medianero neutral. Si el objetivo fuera la recuperación del Imperio, ¿por qué no empezar por Bielorrusia (Belarus), tan cercana culturalmente y gobernada por un régimen vasallo? Por último, los intereses del pueblo ruso no tienen por qué coincidir con el interés de Putin y su gobierno, que, como el de todos los yonquis del poder, es perpetuarse en el mismo.

Los actores secundarios

La UE es un actor secundario en el papel de perdedor. ¿Cuál era exactamente el conflicto entre Europa – Alemania o Francia- y Rusia? ¿Recuerdan la buena relación entre Merkel y Putin? Sin embargo, con su seguidismo e imprudencia, la UE ha sido arrastrada por EEUU a un conflicto con su principal proveedor energético abandonando la defensa de los intereses de sus propios ciudadanos. El giro radical de Alemania, pasando en 24h de la ecuanimidad a la beligerancia al vender a Ucrania precisamente las armas que más daño pueden hacer a Rusia como son los misiles tierra-aire Stinger (de infausto recuerdo para los rusos, pues modificaron el curso de la humillante guerra URSS-Afganistán) y misiles anticarro equivalentes a los Javelin norteamericanos, no sólo resulta extraño, sino que será estudiado en el futuro como un paradigma de conducta autolesiva equivalente al abandono de la energía nuclear. Quién sabe en qué manos acabarán esos misiles en un estado semi fallido como Ucrania, donde para algunas milicias quizá sean lo más parecido a un cheque al portador.

El segundo actor secundario es la propia Ucrania, el país agredido, hoy dirigido por un neófito sorprendido de que EEUU primero le animara a la pelea y más tarde le dejara colgado. Su decisión de armar a la población sin ofrecerles formación alguna equivale a mandarles a la muerte contra un ejército profesional y demuestra, en el mejor de los casos, escasa lucidez, y en el peor, estar decidido a sacrificarlos con tal de deteriorar la imagen rusa. Estos pobres ucranianos, ¿serán contados como bajas civiles o como combatientes armados? Y esas armas, ¿serán devueltas al terminar el conflicto? Dada su situación geopolítica, resulta tan evidente que el interés del pueblo ucraniano era la neutralidad y el mantenimiento de relaciones cordiales tanto con Rusia como con Occidente (como es el caso de Finlandia), que resulta inconcebible la insensatez de sus dirigentes. Una vez más, los intereses de gobernantes y gobernados no coinciden.

La OTAN alborota el avispero

Los antiguos decían que antes de juzgar una situación debe escucharse a las dos partes. Sin embargo, la Europa que tanto habla de libertad y tan poco la practica ha censurado a los medios rusos (no se sabe en virtud de qué potestad legal) imponiendo de facto un relato único que alimenta la actual persecución xenófoba de todo lo ruso. Dado que la censura es siempre un intento de ocultar la verdad, ¿qué se quiere ocultar?

Rusia viene afirmando que, tras la caída de la Unión Soviética, la OTAN le prometió de modo informal que no se expandiría hacia el Este. EEUU lo negaba, pero el periódico alemán Der Spiegel lo ha documentado hace poco de un modo que da la razón a los rusos[3]. Lo mismo defiende Jack Matlock, exembajador de EEUU en la URSS (1987-1991) y diplomático clave en las negociaciones que terminaron con la Guerra Fría. Hace pocas semanas confirmaba en un artículo que a Rusia le aseguraron “que la OTAN no se movería hacia el Este ni una pulgada[4]”. Sin embargo, en los siguientes años la OTAN se expandió hasta la misma frontera rusa con la incorporación de 14 nuevos estados miembros. George Kennan, el más respetado estratega norteamericano del s. XX y experto en Rusia, definió esta expansión de la OTAN como “el error más fatídico de la política exterior de EEUU desde el final de la Guerra Fría[5]”, y añadió: “No había ninguna razón para hacer esto. Nadie estaba amenazando a nadie[6]”. Desde entonces, Rusia ha manifestado su preocupación por sentirse “rodeada” por infraestructuras militares tan cerca de sus fronteras, pero ha sido permanentemente ignorada y la “paridad” que reclamaba (un reconocimiento mutuo de legítimas preocupaciones de seguridad) se ha encontrado con un muro de desprecio. En el siguiente mapa pueden ver la extensión de la OTAN hacia la frontera rusa desde la caída del Muro, esto es, justo cuando el riesgo de agresión rusa había desaparecido. Nótese que las últimas propuestas de incorporación han sido Ucrania y Georgia.

Según el conocido rusólogo norteamericano Stephen Cohen, “desde los 90, EEUU ha tratado a la Rusia postsoviética como una nación derrotada con inferiores derechos legítimos[7]”. El doble rasero era evidente: los americanos podían invocar razones de seguridad nacional para intervenir al otro lado del planeta pero los rusos no tenían derecho a hacerlo a un paso de sus fronteras. Además, desde la caída del Muro la OTAN ha abandonado su naturaleza disuasoria y defensiva (tan eficaz cuando jugó su extraordinario papel en la Guerra Fría) para convertirse en un ariete más de la política exterior de EEUU, participando de ofensivas militares sin aval de Naciones Unidas como cuando en 1999 bombardeó durante tres meses Serbia, aliada de Rusia. De hecho, ¿cuál es la razón de ser de la OTAN una vez caído el comunismo soviético? ¿Qué enemigo la amenaza? Y si la respuesta es Rusia, ¿entonces su supervivencia depende de que Rusia sea siempre el enemigo? En la Conferencia de Seguridad de Munich del 2007, Putin manifestó sin ambages su preocupación a los dirigentes del mundo occidental: “Debemos reflexionar seriamente sobre la arquitectura de la seguridad mundial y buscar un equilibrio razonable entre los intereses de todos[8]”. Sus palabras fueron ignoradas y un año más tarde, en su Cumbre de Bucarest, la OTAN volvió a alborotar el avispero acordando la futura incorporación de Georgia (situada entre Turquía y Rusia) y Ucrania[9], lo que propició pocos meses después la intervención de Rusia cuando una Georgia envalentonada atacó la provincia separatista de Osetia del Sur.

Las causas cercanas de la invasión

En 2014 el presidente ucraniano, democráticamente elegido en unas elecciones supervisadas por la OSCE,[10] decidió no firmar un acuerdo comercial con la UE cuya letra pequeña comprometía a adherirse a las políticas “militares y de seguridad” de la UE[11]. Lo hizo bajo presión de Rusia, cuya contraoferta incluía un amplio paquete de ayuda económica. De la noche a la mañana surgió la “Revolución del Maidan”, un golpe de Estado probablemente instigado y apoyado por EEUU, como reconoce hasta el Cato Institute[12]. El presidente ucraniano se vio obligado a huir del país y se convocaron nuevas elecciones, de las que salió un nuevo gobierno, cómo no, proamericano. Esto provocó la cronificación del conflicto civil en el Este de Ucrania y la incruenta anexión rusa de Crimea (sede de la base naval rusa de Sebastopol), lo que dio lugar a sanciones económicas occidentales que aún perduran a pesar de que, según el Prof. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago y un referente mundial en Relaciones Internacionales, “fueron los EEUU los que provocaron esta crisis[13]”. No conviene olvidar que Crimea es rusófila, pues perteneció a Rusia desde finales del s. XVIII hasta 1954, cuando el líder soviético Kruschev decidió traspasarla a Ucrania. Y recordemos que, a pesar de ser la nación más extensa del planeta, el único acceso de Rusia a mares cálidos – sus otros dos accesos al mar son un estrecho acceso al Báltico y otro al Mar del Japón y el de Ojotsk- es a través del Mar Negro hacia el Mediterráneo, y que Sebastopol es una importantísima base naval rusa desde hace 250 años, enclave que por su importancia estratégica ya fue objeto de una guerra a mediados del s. XIX (novelada, por cierto, por el gran Tosltói).

En 2019, el gobierno ucraniano (o sea, EEUU) dio un nuevo paso hacia la provocación cuando su Parlamento modificó la Constitución sin referéndum previo para incluir el objetivo de entrar en la OTAN.

A finales del 2021 la última propuesta de Rusia para evitar un enfrentamiento fracasó de modo previsible al no atenderse ninguna de sus “líneas rojas”; probablemente no fuera más que un trámite cuando ya tenía planeada la acción militar.

Para Ucrania, la probabilidad real de acceder a la UE (por su pobreza y corrupción) y a la OTAN (por sus problemas territoriales y porque exigiría la decisión unánime de sus miembros) parece ser baja. Por ello, algunos tildan de paranoico el miedo ruso a que una Ucrania envalentonada, rearmada y en la OTAN intente retomar Crimea (y Sebastopol) arriesgándose a un conflicto entre potencias nucleares. Otros tildan las razones rusas de mera coartada para alcanzar otros objetivos. Sin embargo, habría sido fácil aceptar una moratoria de una década en nuevas adhesiones a la OTAN para comprobar la buena fe rusa. No se hizo.

Finalmente, cabe preguntarse si la incorporación de una inestable Ucrania mejoraría o empeoraría la seguridad de los actuales miembros de la OTAN. ¿Aumentaría o disminuiría el riesgo de entrar en conflicto? ¿En qué mejora la incorporación de Ucrania la seguridad de España – país, por cierto, al que la OTAN no cubre la defensa de sus ciudades fronterizas de Ceuta y Melilla, precisamente donde está más expuesta a una agresión externa? Las relaciones internacionales nunca se basan en la amistad ni en la defensa de altos ideales, sino en un quid pro quo, esto es, en el interés recíproco, salvo, claro está, cuando la relación es de sumisión. Es evidente que éste es el caso de España respecto de Europa y de Europa respecto de EEUU.

Un conflicto perfectamente evitable

Cuando el rey de Asiria conquistó Israel, reprochó al pueblo judío haber confiado ilusamente en el apoyo de Egipto, “esa caña quebrada que penetra y traspasa la mano que se apoya en ella” (Is 36, 6). De igual modo, el gobierno ucraniano se ha apoyado en la caña quebrada que es EEUU cuando el interés evidente de su país era la neutralidad a cambio de garantías recíprocas de seguridad. Mientras, el triste y crepuscular papel de la UE como lacayo de EEUU queda resumido en una frase de la ex Subsecretaria de Estado norteamericana durante una conversación del 2014 con su embajador en Ucrania, seguramente grabada y filtrada por los servicios secretos rusos: “Que se joda la UE” (sic)[14]. Los americanos viven al otro lado del Atlántico y apenas tienen relaciones comerciales con Rusia, pero Europa se ha enfrentado a su vecino y principal proveedor energético (con quien no tenía disputas) para defender los intereses de EEUU, y lo ha hecho con un frívolo ardor guerrero contrario a los intereses de sus ciudadanos, que pagarán un alto precio. Más aún, al armar a Ucrania dándole esperanzas en un conflicto donde adolece de una clara inferioridad de medios, Europa no ha hecho otra cosa que alargar la agonía del pobre pueblo ucraniano, víctima inocente de las maquinaciones norteamericanas y de la brutalidad rusa, pues Putin ha cruzado el Rubicón y no puede dar marcha atrás y China no va a permitir que Occidente gane este pulso.

Las peticiones rusas en cuanto a la neutralidad de Ucrania eran, en palabras de un insigne exembajador de los EEUU en Rusia, “sumamente razonables”, y esta crisis ha sido, según él, “evitable, predecible e intencionadamente provocada[15]”. Sin duda. EEUU ha provocado a Rusia durante años para atraerla a lo que esperan sea una costosa guerra de desgaste y Putin ha mordido el anzuelo con sus inmisericordes mandíbulas de acero. Así, cualquier juicio sobre esta guerra deberá distinguir entre la incalificable provocación norteamericana, que buscaba este conflicto, y la desproporcionada y brutal reacción rusa.

“Si soplas sobre brasas, las enciendes, y si escupes sobre ellas, las apagas, y ambas cosas salen de tu boca” (Eclo 28, 12), escribió el sabio hace 2.200 años. ¿Tan difícil era?

8 de marzo de 2022

Una vez más volvemos a espeluznarnos ante el horror de la guerra. Sin embargo, lo que nos muestran los medios no está pensado para enseñarnos qué ocurre, sino para provocarnos reacciones emocionales inmediatas, como la compasión, el miedo, la ira y el odio. Por tanto, si queremos entender la situación debemos utilizar la razón y hacer un esfuerzo para sustraernos de esta manipulación emocional.
Fernando del Pino Calvo-Sotelo

4 de marzo de 2022

Los lectores adultos que buscan la verdad y piensan por sí mismos y que pertenecen, por tanto, a una especie en vía de extinción, comprenderán enseguida que guerras locales como la que lamentablemente está teniendo lugar en Ucrania responden generalmente a complejos intereses geoestratégicos que eluden explicaciones simplistas.
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