Ciclo II/26. LA IA EN LAS FUERZAS ARMADAS

La inteligencia artificial y el arte de la guerra
Ignacio Fuente Cobo
Coronel, r ) del ET
Analista Asociado del IEEE
Miembro de la AsociaciónEuro-Med del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional de París (IHED)
La historia de la guerra es, en buena medida, la historia de la voluntad de los seres humanos y de las naciones para imponerse unas a otras. Las innovaciones fueron cambiando la manera de combatir, a medida que la tecnología fue avanzando y, así, la pólvora acabó con los castillos medievales, el ferrocarril permitió mover rápidamente ejércitos enteros y el arma nuclear obligó a las grandes potencias a asumir la posibilidad de su propia destrucción. Pero ninguna de estas innovaciones alteró la naturaleza del conflicto que seguía siendo, en expresión de Clausewitz, un acto de fuerza para obligar al adversario a hacer nuestra voluntad.
Esta situación ha cambiado hoy en día con la aparición de la inteligencia artificial qué ha supuesto la transformación más profunda, y la más inquietante, del fenómeno de la guerra. Por primera vez, la tecnología no se limita a multiplicar la capacidad de los ejércitos, sino que empieza a desplazar el pensamiento de sus jefes.
Ello no quiere decir que la guerra haya dejado de ser un choque de voluntades, una verdad que permanece intacta, pero si que la inteligencia artificial ha cambiado, seguramente para siempre, su carácter; es decir, la forma en que se piensa, se decide y se combate. Y lo ha hecho a una velocidad que a los propios ejércitos les cuesta asimilar y con una calidad que los más competentes estados mayores no son capaces de igualar.
Tradicionalmente, quien decidía antes y mejor que sus adversarios, ganaba. Es Lo que se conocía como la tiranía de la velocidad. En Austerlitz, Napoleón supo leer el terreno, adivinar las intenciones de los aliados y golpear en el momento exacto. Hoy esa capacidad de anticipación, que antes dependía del genio de un general y, más recientemente, de la competencia de los estados mayores, depende cada vez más de máquinas capaces de analizar en segundos lo que, hasta ahora, llevaba muchos días.
Pero esta ventaja evidente conlleva también importantes riesgos. Cuando todo se acelera y las máquinas piensan más rápido que los generales, los procesos de toma de decisión se acortan y, con ello, el tiempo para la reflexión, la duda y la prudencia, que son precisamente las virtudes que han evitado cometer muchas atrocidades en las guerras. Una decisión tomada sin la adecuada supervisión humana puede escalar hoy en cuestión de minutos, con grandes consecuencias antes de que nadie tenga ocasión de detenerla.
Durante siglos, la gran aspiración de cualquier jefe militar fue disipar la niebla de la guerra, esa incertidumbre que envuelve al combatiente y le impide saber qué ocurre, en lo que el historiador británico Liddle Hart definía como el otro lado de la colina. Hoy, sin embargo, disponemos de satélites, drones y sensores que lo ven casi todo. El problema ya no es la falta de información, sino su abundancia abrumadora que satura la capacidad de gestión de los ejércitos. Es aquí donde la inteligencia artificial ha venido a resolver este problema al ofrecer la posibilidad de ordenar ese océano de datos y convertirlo en conocimiento y en decisión.
Pero, al final, tener más información y mayor capacidad de gestionarla no significa comprenderla mejor y acertar en las decisiones. La Inteligencia artificial reconoce patrones, no intenciones; calcula probabilidades, no identifica voluntades, algo que sigue siendo una prerrogativa humana. En 1983, en plena Guerra Fría, un oficial soviético, Stanislav Petrov, recibió una alerta de sus sistemas que anunciaba un ataque nuclear estadounidense. Decidió no creerla porque algo no le encajaba. Tenía razón: era un error del sistema. Su juicio humano evitó probablemente una catástrofe. Aquel episodio sigue siendo la mejor lección sobre los límites de confiar ciegamente en las decisiones tomadas mediante los algoritmos de la inteligencia artificial.
Ello no quiere decir que la inteligencia artificial no ofrezca ventajas indudables en los teatros de operaciones modernos y para todos los combatientes. La guerra de Ucrania nos ha mostrado un campo de batalla donde miles de drones, baratos y cada vez más autónomos, sobrevuelan las trincheras, localizan objetivos y atacan con una precisión antes reservada a armas muy sofisticadas. Frente a los grandes y costosos sistemas de armas del pasado, regresa la vieja idea de la masa, asistida ahora por la inteligencia artificial. Esta transformación tiene consecuencias que van más allá de lo militar. Pone en cuestión la superioridad de los países más poderosos, al permitir que actores más pequeños compensen con la tecnología la asimetría de capacidades. Los ejércitos tienen ahora que replantearse qué significa hoy ser poderoso.
Pero más allá de las estrategias militares, hay un terreno en el que la inteligencia artificial ya ha cambiado las reglas del juego, y este es el de la información. Hoy es posible fabricar un vídeo falso de un jefe de Estado, inundar las redes de mensajes engañosos o adaptar la propaganda a los miedos y deseos de cada ciudadano. Ya no es necesario conquistar un territorio para vencer a un adversario; basta con conquistar su mente, dividiendo a su sociedad, minando su confianza en las instituciones y quebrando su voluntad de resistir.
Es el paradigma del pensamiento de Sun Tzu, en el que la suprema excelencia consiste en vencer al enemigo sin combatir. De aquí, se desprende una conclusión estratégica. Si el enemigo busca vencer actuando sobre la mente de nuestras sociedades, la defensa ya no puede ser solo militar; pasa por la resiliencia social, la educación crítica, la protección del espacio informativo y la confianza en las instituciones. En la era de la inteligencia artificial, la primera línea de defensa está en la mente de los ciudadanos.
La inteligencia artificial se ha convertido también en el centro de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Ambas potencias saben que quien domine esta tecnología dominará buena parte del poder mundial en las próximas décadas, del mismo modo que el dominio del mar definió la grandeza de los imperios de otros siglos. Europa, en cambio, observa esta competición desde una posición incómoda, ya que depende tecnológicamente de otros y suele dedicar más esfuerzos a regular la innovación que a protagonizarla.
A ello se añade un fenómeno nuevo: buena parte de esta tecnología no nace en los laboratorios de los Estados, sino en grandes empresas privadas. Por primera vez, una parte decisiva del poder militar está en manos de actores que no responden ante los ciudadanos, lo que plantea preguntas inquietantes sobre quién controla realmente las armas del futuro.
Ello abre la puerta a importantes dilemas morales en materia de defensa, desde el momento en que existe la posibilidad de que una máquina, diseñada por agentes privados y con patrones de comportamiento que no siempre comprendemos, decida por sí sola sobre la vida o la muerte de seres humanos ¿Quién responde si se equivoca? Las leyes de la guerra se pensaron para personas que deciden y asumen las consecuencias de sus actos. No está claro cómo se aplican cuando quien decide es un algoritmo.
Estos interrogantes, sobre las decisiones tomadas directamente, o con asistencia de inteligencia artificial, se hacen especialmente críticos en el campo de las armas nucleares. No es casual que Estados Unidos y China, rivales en casi todo, coincidieran en 2024 en que la decisión de emplear armas nucleares debe quedar siempre en manos humanas. Que haya sido necesario decirlo revela hasta qué punto la cuestión ha dejado de ser una hipótesis.
Para nuestras Fuerzas Armadas, el desafío es enorme. El empleo extensivo de la inteligencia artificial precisará de nuevos especialistas, nuevas formas de organizarse y, sobre todo, una cultura militar y una ética profesional capaz de aprovechar la tecnología sin someterse a ella. El buen militar del futuro no será el que mejor maneje la Inteligencia artificial, sino el que sepa cuándo no fiarse de ella.
La inteligencia artificial no hará innecesarias la elaboración de estrategias militares, pero castigará con dureza a quienes no comprendan su alcance y sus limitaciones. El mayor peligro no será que las máquinas lleguen a decidir por nosotros, sino que nos acostumbremos, por comodidad o por prisa, a dejar que lo hagan. Será un grave error porque la guerra debe seguir siendo, como siempre, un asunto humano.
Preservar el juicio, la prudencia y la responsabilidad del jefe militar frente a la fascinación por la tecnología es, probablemente, el gran desafío de las próximas décadas. Al final, ninguna máquina puede eliminar la fricción, la incertidumbre, la voluntad del adversario y la primacía de lo político, ni sustituir aquello que Clausewitz consideraba esencial en el arte de la guerra: el genio y el carácter de quien manda y asume las consecuencias de sus decisiones.
7 de noviembre de 2026
