LAS EXPEDICIONES DE HERNÁN CORTÉS DESCUBRIERON BAJA CALIFORNIA.

Jose Garrido Palacios, Teniente Coronel, r  del CGA, Doctor en Filosofía y Letras ,c0laborador de la revista MILITARES  asociado de AEME, envia este trabajo, de especial interés en este año en el que los Estados JUnidos de America celebran el 250 aniversario de su independencia, lograda con el apoyo de la corona de España y la sangre de muchos de sus soldados.

 

LAS EXPEDICIONES DE HERNÁN CORTÉS DESCUBRIERON BAJA CALIFORNIA

 

 

       Hernán Cortés por Christoph Weiditz (1529). Museo Nacional de Nuremberg

Las primeras exploraciones a California tuvieron lugar a partir de 1530 a iniciativa de Hernán Cortés, y continuaron hasta mediados del siglo XVIII, cuando se procedió a ocupar esas tierras, codiciadas por rusos e ingleses a juzgar por el lucrativo comercio de las pieles.

El territorio de la pretérita California hay que entenderlo en sentido amplio, ya que incluía la península de California y los estados de Arizona, Utah, Nevada y Wyoming; y la voz «California» procede de la reina Calafia que gobernó la «isla o ínsula de California», poblada por mujeres negras, en consonancia con Las Sergas de Esplandián publicado en 1510, quinto libro de caballerías de Amadís de Gaula escrito por el español Garci Rodríguez de Montalvo.

El propósito de los exploradores, amén de los descubrimientos, era el de localizar un paso que uniera los océanos Pacífico y Atlántico por el norte, el ansiado Estrecho de Anián o «Paso del Norte» basado en los Viajes de Marco Polo, donde se describe una provincia china llamada Anián. Así, desde el descubrimiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa en 1513, el anhelo de los gobernantes europeos y descubridores era el de hallar un paso por dicho océano.

 

Expediciones de Hernán Cortés

Con esos antecedentes, Hernán Cortés organizó desde México cuatro expediciones a California. La primera partió de Acapulco el 30 de junio de 1532 al mando de su primo Diego Hurtado de Mendoza con una pequeña flota compuesta por dos naves: San Marcos, la capitana, y San Miguel, dirigida por Juan de Mazuela. Su misión era la de explorar las islas del océano Pacífico y el litoral occidental de Norteamérica, más allá de Culiacán, integrada en Nueva Galicia, que gozaba de autonomía respecto a Nueva España y estaba gobernada por Nuño de Guzmán, presidente de la primera Audiencia mexicana y acérrimo enemigo de Hernán Cortés.

El primer lugar de atraque de los navíos fue Santiago o Santiago de Buena Esperanza, provincia de Colima, donde se aprovisionaron de agua, víveres y armas. Luego navegaron con rumbo norte y arribaron al puerto de San Blas, en Nayarit. Al enterarse Nuño de Guzmán, enseguida adoptó medidas con el objeto de impedir que las fuerzas de Diego Hurtado descansaran y se abastecieran. Pusieron la proa de los barcos en dirección al poniente y encontraron una isla que nombraron Magdalena. Bojaron la isla y la reconocieron. Descubrieron otras islas, carentes de víveres, por lo que los soldados se amotinaron.

Al intentar volver a Nueva España, la capitana San Marcos naufragó por un temporal y nunca encontraron los restos. Por su parte, los ocupantes de la nave San Miguel llegaron a la bahía de Banderas, al sur de San Blas, y así eludieron al gobernador, mas no pudieron evitar el ataque furibundo de los indios. Todos murieron y Nuño de Guzmán se quedó con la nave. Lo más positivo fue el descubrimiento de un grupo de islas compuesto por Las Tres Marías: Madre, Magdalena y Cleofás (de norte a sur, respectivamente).

Hernán Cortés trató de no repetir el error anterior de la falta de provisiones, y para ello decidió establecerse en el astillero de Tehuantepec y dirigir personalmente los trabajos de construcción de los navíos. Mandó erigir una cabaña rústica en la playa y desde ella ordenaba cometidos a sus subordinados.

Construyeron dos nuevos barcos y los dotaron de personal, pertrechos y suministros. La segunda expedición estaba al mando de Diego Becerra de Mendoza, pariente de Cortés, capitán del navío Concepción, a la vez que el buque San Lázaro lo dirigía Hernando de Grijalba. Zarparon de Acapulco el 30 de octubre de 1533 hacia el norte y llegaron al puerto de Santiago, vecino de Manzanillo. Se abastecieron y salieron hacia Baja California. Pronto la meteorología les tenía reservado un fuerte temporal que les hizo zozobrar y perder el contacto. El San Lázaro navegó hacia occidente y alcanzó la isla de Santo Tomás, hogaño perteneciente al archipiélago Revillagigedo, deshabitada; y el navío de Grijalba navegó por la costa del océano Pacifico a lo largo de cuatro meses y atracó primero en Acapulco y finalmente en el puerto de Tehuantepec.

En el navío Concepción, por otro lado, hubo una fuerte discusión entre el capitán Diego Becerra y el vizcaíno Fortún Jiménez, piloto mayor. Este convenció a varios paisanos acerca de la suerte del capitán, de modo que los conspiradores se abalanzaron de noche sobre aquel y lo asesinaron. Lo mismo hicieron con algunos soldados afines al capitán.

Los heridos y los frailes solicitaron a los nuevos patrones que les desembarcaran en la costa de Michoacán, a lo que accedieron; y luego navegaron hasta la isla de Santa Cruz, situada al sur de la península de California y dentro de la bahía de La Paz. Una parte de la tripulación echó pie a tierra y exploró la zona, nutrida en perlas extraídas de los moluscos y de indígenas primitivos acompañados de mujeres semidesnudas. A los nativos no les gustó esa visita; por ende, atacaron y muchos murieron, incluido Fortún Jiménez. Los supervivientes embarcaron de nuevo y alcanzaron Jalisco, gobernado por Nuño de Guzmán, quien se encargó de su control.

Tras los resultados anteriores, Hernán Cortés dirigió personalmente el siguiente viaje. Solicitó voluntarios; y raudos se apuntaron 300, tanto capitanes como soldados, indios y allegados con sus mujeres. Todos confiaban en Cortés porque «creyeron que era cosa rica y cierta».

 

     Expediciones de Hernán Cortés a Baja California (1532-1539)

Al cabo de dos años del trayecto anterior, los navíos Santo Tomás, San Lázaro y Santa Águeda, que formaban la tercera expedición de Cortés, zarparon de Tehuantepec hacia tierras más septentrionales. Pretendían llegar a Chametla, Nueva Galicia, lugar de encuentro con el grupo de Hernán Cortés y Andrés de Tapia que realizaban la marcha por tierra; y como los buques iban bastante descargados, la navegación podría ser rápida. Durante la ruta terrestre, Cortés tuvo un encuentro con Nuño de Guzmán en la ciudad de Compostela, sede del gobierno de Nueva Galicia. El trato fue cordial, si bien aquel le reprobó la captura de dos barcos suyos, a lo que el gobernador le respondió con otro reproche, pues habían atracado en su territorio sin permiso.

En tierra se quedaron 100 hombres con el capitán Andrés Tapia, en tanto que el resto embarcó y se dirigió al golfo de California. Por delante fueron dos navíos y detrás, con dos días de retraso, el tercero al mando de Cortés. Los tres arribaron a la bahía de La Paz, y se encontraron con que el último navío que llegó allí estaba desvencijado y los despojos de Fortún Jiménez y sus hombres repartidos por doquier. Cortés despachó una comisión a Chametla para encontrarse con los expedicionarios que realizaban la ruta por mar, y en la bahía se quedó él con una pequeña guarnición y un buque de bajo calado.

Esa era la intención de Cortés; sin embargo, las condiciones meteorológicas cambiaron de repente y se desataron fuertes vientos y una lluvia torrencial. Eso impidió navegar durante varios meses y el navío San Lázaro, sin control, encalló en Jalisco con las provisiones. Los hombres insistieron en volver por tierra a Tehuantepec, punto de salida de la expedición, pero el capitán consiguió retenerlos. Simultáneamente, en la bahía de La Paz se desconocían las vicisitudes del Santo Tomás y los víveres escaseaban. Algunos murieron por esa causa y otros enfermaron.

Ante esa situación crítica, Hernán Cortés decidió ir en busca de sus barcos. Con 50 soldados, 2 herreros y varios carpinteros, embarcaron en la pequeña nave que fondeaba en La Paz, y, al rato, encontraron la nao encallada en Jalisco. Estaba atrapada por las rocas que impedían su movimiento. Los hombres a bordo estaban a punto de lanzarse al agua para ganar la costa nadando; pero, a dicha, los «dioses del océano» se aliaron con los españoles: dos golpes de mar liberaron el buque de las rocas. San Lázaro se salvó de milagro.

Repararon el buque y continuaron navegando rumbo al sur en busca del navío Santo Tomás. Lo encontraron varado en la costa, y para su socorro Cortés envió un bote con personal cualificado. Mientras tanto, la San Lázaro y el pasaje se dirigieron a la bahía de La Paz. En su trayecto, los fuertes vientos del Pacífico rompieron la mesana y esta cayó justo encima del piloto y lo mató. Cortés tomó el mando de las operaciones y se convirtió en piloto mayor por vez primera. Llegó a su destino y distribuyó víveres entre los supervivientes. Todos se reagruparon.

En ese enclave desértico y misterioso, inhóspito y áspero, un día divisaron la llegada de dos naves a la bahía de La Paz. Se trataba de la cuarta expedición que había partido de Acapulco el 8 de julio de 1539, enviada por su esposa doña Juana de Zúñiga. La comandaba el capitán Francisco de Ulloa, quien llevaba dos mensajes para Hernán Cortés. El primero, de su esposa, decía que «mirase por sus hijos y dejase de porfiar con la fortuna»; y el segundo, remitido por el virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, apremiaba su regreso a México.

En aquel lugar, Cortés fundó una colonia y, al mando de Ulloa, dejó treinta hombres con provisiones para un año, con caballos y yeguas para la reproducción. El resto partió en dirección a Acapulco, donde le esperaba otra nueva al conquistador de México: su primo Francisco Pizarro necesitaba socorro por mar para salvar el sitio a que estaba sometida la Ciudad de los Reyes, actual Lima. A poco, envió dos naos con soldados, caballos, armas, municiones, vituallas y aderezos domésticos; y todo lo puso bajo las órdenes de Hernando de Grijalba.

Cuando Cortés llegó a su residencia en Cuernavaca se enteró de que el gobernador de Nueva Galicia, Nuño de Guzmán, había hecho una probanza contra él y el capitán Andrés Tapia, y para ello utilizó como testigos a los soldados que se quedaron en su territorio durante las expediciones. El gobernador trataba de demostrar que los naturales fueron obligados a embarcarse en contra de su voluntad, lo que provocó los consiguientes ataques de estos contra los españoles. Asimismo, denunció que Cortés mataba de hambre a sus hombres. A la postre, ese asunto y otros se resolvieron de forma poco afortunada para el gobernador, pues fue condenado y exiliado a España.

El objetivo de la cuarta expedición era costear las tierras de Baja California y el capitán Francisco de Ulloa lo consiguió. Fue el primer europeo que exploró todo el golfo de California, luego llamado «mar de Cortés», y recorrió los dos litorales. Llegó el 28 de septiembre de 1539 hasta casi los 32º de latitud norte, desembocadura del río Colorado, y demostró que California era una península. Su pista se perdió en la isla de Cedros en 1540, después de enviar a Cortés con la nave Santa Águeda una relación de las exploraciones realizadas, entre ellas la de descubrir el cabo del Engaño, a 30º N, y seguir la ruta con la nave Trinidad.

Merced a las expediciones de Hernán Cortés, se descubrió la costa de California, se inició el camino que seguirían futuras exploraciones y se sentaron las bases para el establecimiento de asentamientos españoles.

 

Jose Garrido Palacios.  Teniente Coronel ,e del CGA.

Doctor en Filosofia y Letras

Colaborador de la revista MILITARES