CICLO I /26 DE AEME «CHINA EN LA NUEVA ERA GEOPOLITICA» : «CHINA EN LA GUERRA DE UCRANIA»

 

CICLO I /26 DE AEME «CHINA EN LA NUEVA ERA GEOPOLITICA»

 

 

 

 

CHINA EN LA GUERRA DE UCRANIA

 

El papel de China en la guerra de Ucrania se define por un complejo equilibrio diseñado para proteger sus intereses estratégicos, económicos y geopolíticos, manteniendo una postura que puede calificarse como de neutralidad ambivalente. Desde el inicio del conflicto, Pekín ha mantenido un apoyo constante a Rusia, tanto diplomáticamente como económicamente evitando condenar formalmente la invasión rusa y negándose a alinearse con las sanciones impuestas por Occidente. Al mismo tiempo, ha evitado conscientemente un apoyo militar directo que pudieran activar represalias masivas contra sus propias empresas y dañar su propia estabilidad

Pekín no actúa bajo una lógica simple de lealtad hacia Rusia, sino como una potencia que busca maximizar su autonomía y resiliencia en un orden internacional que percibe como hostil. China se presenta como un socio estratégico de Moscú que opera bajo una lógica de beneficio mutuo, pero con la cautela necesaria para no cerrar las puertas a los mercados europeos y estadounidense, de los cuales depende su crecimiento a largo plazo.

Los intereses geopolíticos de China se centran en la estabilidad de su frontera norte y en la necesidad de evitar la derrota total de Rusia. Un colapso del sistema político ruso, consecuencia de un desastre militar en Ucrania, llevaría probablemente a una victoria absoluta de la influencia atlantista en Moscú. Ello dejaría a China en una posición de vulnerabilidad, obligándola a desviar recursos masivos para asegurar su extensa frontera continental y enfrentándose a un cerco geopolítico por parte de Washington y sus aliados. Por ello, Pekín necesita mantener a Rusia como un socio lo suficientemente fuerte para ser útil como contrapeso a Estados Unidos, pero lo suficientemente debilitado y dependiente de China como para que no pueda dictar una agenda propia que arrastre a Pekín a un conflicto indeseado.

Al mismo tiempo, la dimensión económica es el ancla que define los límites del apoyo chino a Moscú. China es, ante todo, una potencia comercial integrada en los mercados globales y necesita mantener el flujo de exportaciones hacia Estados Unidos y la Unión Europea. Ello le ha obligado a desarrollar una arquitectura de “apoyo a medida”, mediante la cual suministra tecnología y componentes esenciales y absorbe grandes volúmenes de exportaciones energéticas rusas. Pekín ha aumentado la cooperación bilateral proporcionando a Moscú el oxígeno financiero necesario para resistir las sanciones y mantener su esfuerzo de guerra, pero sin llegar a una ruptura total con Occidente

Al mismo tiempo, China intenta proyectarse ante el mundo como un mediador imparcial, presentando diversos documentos de propuestas de paz que enfatizan el respeto a la soberanía nacional —un principio clave en su retórica exterior—, aunque estas iniciativas son recibidas con escepticismo por Ucrania y en Europa. Al considerar que Pekín ignora deliberadamente la agresión rusa.

En el trasfondo de esta estrategia subyace el objetivo chino de contrarrestar lo que Pekín percibe como la hegemonía estadounidense y la expansión agresiva de la OTAN, interpretando el conflicto como una oportunidad para reconfigurar el orden global hacia un modelo multipolar donde el liderazgo occidental esté más limitado. Para Pekín, el conflicto no es un evento aislado, sino el escenario donde se disputa el nacimiento de un nuevo orden internacional donde China pueda ejercer influencia sin las restricciones del modelo liberal occidental.

Esta visión geopolítica china se manifiesta en su ambición de posicionarse como el líder del Sur Global. Al presentar propuestas de paz y criticar la mentalidad de Guerra Fría de la Occidente, Pekín intenta ganar legitimidad en África, Iberoamérica y el Sudeste Asiático, presentándose como una alternativa diplomática atractiva frente a la hegemonía estadounidense. Se trata de un juego delicado, ya que, al rechazar la condena a Rusia, China arriesga su credibilidad ante Europa y Estados Unidos, pero al proponer la mediación como solución, busca evitar que el conflicto ucraniano le impida proyectar una imagen de potencia responsable y constructiva. En definitiva, el equilibrio chino no busca resolver la guerra de Ucrania para restaurar el statu quo anterior, sino gestionar el conflicto de tal manera que, a largo plazo, el resultado debilite la cohesión occidental y acelere la transición hacia un orden mundial multipolar donde la influencia de Pekín sea indiscutible.

La multipolaridad, en este sentido, es la herramienta china para normalizar un mundo donde el poder se reparte, evitando que las decisiones de seguridad global queden bajo control exclusivo de Washington. A través de esta lente, la neutralidad de China en el conflicto de Ucrania no es pasividad, sino una acción deliberada para cambiar el peso político en las instituciones internacionales, buscando que, eventualmente, su influencia sea equitativa a la de Estados Unidos en la resolución de cualquier conflicto global. Si, al final, logra que una parte significativa del mundo acepte su visión —donde la seguridad es compartida y no centrada en bloques militares—, Pekín habrá logrado un triunfo diplomático mayor que cualquier victoria territorial en Ucrania.

Ahora bien, la sostenibilidad de esta postura china ante la guerra en Ucrania, a estas alturas de 2026, pone a prueba la viabilidad en el medio y largo plazo de su estrategia original. Pekín ha logrado mantener durante años este delicado equilibrio entre el apoyo a Rusia y la no enemistad con Occidente, pero la prolongación del conflicto ha comenzado a generar tensiones internas y externas que erosionan su margen de maniobra.

Por un lado, la posición china enfrenta un desgaste creciente en su relación con Europa; la Unión Europea ha endurecido su discurso ante la cooperación tecnológica entre Pekín y Moscú, sumado a las preocupaciones por la sobrecapacidad industrial china. A esto se añade la presión constante de Estados Unidos y sus aliados para que China limite su apoyo a la base industrial de defensa rusa. Ello coloca a Pekín ante el riesgo de sanciones sectoriales más severas que podrían comprometer su acceso a mercados críticos si la evidencia de su apoyo a la maquinaria bélica rusa se vuelve irrefutable.

A pesar de estos factores de riesgo, existen razones de peso por las que Pekín podría intentar mantener esta postura a largo plazo. Desde una perspectiva estratégica, Rusia sigue siendo un contrapeso indispensable frente a Estados Unidos, y China teme que un colapso del gobierno ruso cree un vacío de poder que beneficie exclusivamente a los intereses de Washington en Eurasia.

Además, la relación se ha vuelto profundamente pragmática y transaccional. China aprovecha la debilidad rusa para obtener energía a precios ventajosos y mejores términos comerciales, y ello compensa, al menos parcialmente, el costo diplomático de su aislamiento ante el bloque occidental. En última instancia, la postura china ha evolucionado hacia lo que podría definirse como un “alineamiento estratégico condicionado”. Pekín confía en su capacidad para gestionar estas tensiones, apostando a que el mundo occidental, debido a su propia interdependencia económica, no estará dispuesto a ejecutar una ruptura total con la economía y el poder de China. En cualquier caso, el factor determinante en los próximos años será si Pekín concluye que los costos de las represalias occidentales han superado finalmente los beneficios de mantener a Moscú como su socio principal contra un orden internacional cada vez menos liderado por Estados Unidos.

 

                                                                Ignacio Fuente Cobo. Coronel de Artillería.

                               Analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos