Los castillos como seña de identidad local Teniente Coronel de Artillería Aparici Navarro

El diario Las Provincias de Valencia, publicó el pasado día 22 de abril, el siguiente articulo con motivo del Dia Internacional de los Castillos, redactado por  el Teniente Coronel de Artillería, r D,Miguel Aparici Navarro, delegado de AEME en la Comunidad Valenciana.

 

 

Castell de Bayren

 

Los castillos como seña de identidad local

 

Mañana jueves, 23 de abril, se celebra el Día Internacional del Libro y el previo día 22 el Día Nacional de los Castillos. Tales miércoles y jueves coinciden con el XI Congreso Internacional de Historia Comarcal que, en la Universidad Católica de Valencia, dirige el Catedrático Francisco Cardells y el cual, para su lección inaugural, contará con la disertación de Pablo Salazar, adjunto al director de LAS PROVINCIAS; a quien presentará su semanal articulista Elvira García.

Un evento universitario que este año versa sobre la ‘Imagen en la Historia’ y al que queremos unirnos con esta reflexión sobre la imagen de las fortificaciones históricas como seña de identidad de nuestras poblaciones valencianas.

A partir del 22 de abril de 1949, en que el ministro de Educación Nacional -del gobierno franquista- José Ibáñez Martín firmara el Decreto sobre protección de los castillos españoles, nuestras fortalezas (salidas ya de los desperfectos bélicos, además del abandono secular por desuso y de la fragilidad terrosa del tapial musulmán de muchos de ellos) han ido experimentado multitud de vicisitudes; que pueden seguirse, frecuentemente, a través de nuestra prensa autóctona.

Reparadas, rehabilitadas, excavadas, documentadas, adaptadas, puestas en valor, musealizadas, publicitadas… por municipios consecuentes, arqueólogos y arquitectos medievalistas, instituciones oficiales inversoras o viajeros escritores; como el laborioso publicista Emilio Beüt que, con motivo de tal efeméride, entregaba anualmente su artículo sobre castillos a este periódico.

La fortificación medieval, bien por estar enclavada en un monte cercano o bien por señorear la parte más alta o destacada de la población, sobresale visualmente con su mole y recorta y marca su skyline (horizonte celeste o silueta urbana). De ahí que siempre ha tenido las mayores probabilidades de convertirse en la tarjeta de visita o postal de pueblos y ciudades.

Tal es así que pasa por servir de autoidentificación. De identitarismo vecinal, de reconocimiento rápido, de vinculación emocional. Y hasta de ‘logotipo’, sea oficial (como en los escudos de los ayuntamientos) o, simplemente, comercial; apareciendo en folletos y tarjetas publicitarias de restaurantes, empresas, servicios y productos varios. Y cómo no, en los presentes tiempos tan lúdicos, de reclamo sugerente en las fotos coloristas de los anuncios que los Consistorios incluyen en los artículos o ediciones especiales que la prensa dedica a determinadas celebraciones festivas o en periodos vacacionales.

El valor añadido, cultural y comercial, es tal que muchos lugares apenas saben publicitarse sin recurrir a su castillo. Las playas de Peñíscola no serían tan atractivas sin el telón de fondo de su tómbolo abaluartado; ni el turismo rural de interior de Morella sin su cúspide fuerte y el miriñaque o faldón de su enmurallamiento inferior.

Un repaso recordatorio, no exhaustivo y en el que cabrían muchos otros ejemplos más, nos llevaría por diferentes castillos y su silueta emergente.

Xivert, al paso motorizado por el corredor espaldero de la Sierra de Irta. Sagunt, en su alargado lomo que tantas historias sobrelleva. Cullera, mirador marítimo y ribereño y rincón devocional de la Virgen del Castillo. Bairén, gandiense, de -curiosamente- intrincadísimo acceso vial. Xàtiva, adromedada en su costera secana, dando paso a Castilla y cobijando los recuerdos fantasmales de sus presos ilustres. Montesa, tan noble de orden y tan trágica de terremoto. Villena, mitad defensa mora mitad cristiana; a la raya castellano-valenciana, que tanto pesó en el Tratado de Almizra. El enhiesto Sax y el cúbico Petrel. La clásica Denia, tan taifa. O el peñascoso Benacantil, sobre el que se asienta la silueta escalonada del castillo de Santa Bárbara; eterno rotulado perfil de cualquier trasunto que se refiera a la ciudad de Alicante.

Acabemos este rápido recordatorio cultural con la recomendación de dos libros sobre castillos valencianos, recientes, manejables y bien editados, que nos resultarán de mucho provecho instructivo y visitador.

El primero, editado por el profesor universitario y arqueólogo alicantino Rafael Azuar, junto con Juan Antonio Mira, intitulado ‘Castells i torres d´Alacant’; con excelente material gráfico.

El segundo, escrito por el profesor arquitecto de nuestra Universidad Politécnica y ganador del XI Premi Ibn al-Abbar d’Investigació, Pablo Rodríguez-Navarro; dedicado a ‘Las torres árabes de las alquerías valencianas’, con un gran valor en consideraciones técnicas y en su pedagógica clasificación tipológica y cronológica.

 

MIGUEL APARICI NAVARROCompartir