La espada y la pluma (dos herramientas del militar escritor) y la necesidad de escribir “en comunidad”. GE Fernando Alejandre.

 

 

La espada y la pluma

(dos herramientas del militar escritor)

y la necesidad de escribir “en comunidad”

 

 

Hace ahora poco más de un año, mientras paseaba con mi perro por las orillas del río Arlanzón, recibí una llamada de un viejo amigo de mis tiempos de JEMAD, la del coronel Enrique Domínguez Martínez de Campos que me habló de la Asociación Española de Militares Escritores, AEME, que yo recordaba perfectamente, pero con la que nunca había tenido, creo, más que un esporádico contacto.

Tras un rato de agradable charla telefónica en la que aprovechamos para ponernos al día, me convertí en socio o, mejor, en miembro de la AEME con la que colaboro desde entonces aunque solo sea por devoción a la milicia y por respeto a su Junta Directiva por la que han transitado, desde principios de siglo, un buen número de personas a las que admiro profundamente no solo como militares, sino, también, como escritores.

Es más, como alguno de ellos dijo, yo tampoco comprendía que en las propias Fuerzas Armadas hubiera tan pocos de mis compañeros de armas interesados en los artículos, trabajos y libros que escribían sus camaradas. No en vano tenía muy reciente la experiencia de mi reflexión sobre la Defensa de España que titulé “Rey servido y patria honrada” y de la cantidad de veces que, a lo largo de mi carrera, había comprobado el poco interés de la mayoría de los militares por temas como el de mi libro.

De hecho, en las presentaciones y conferencias que a raíz de la publicación del libro había dado en muchos lugares diferentes, el número de oficiales y/o suboficiales en activo que asistían a ellas era insignificante comparado con el de los retirados o en situación de reserva por lo que cabía deducir que mis propios compañeros en activo mostraban poco interés por algo que nos afecta de forma tan directa como los temas relacionados con la Defensa Nacional o la milicia.

En el caso concreto de mi libro, resultaba sintomático que de él hubiera hablado con periodistas, políticos e historiadores, pero que pocas veces hubiera sido objeto de atención por parte de militares y, de hecho, jamás hubiera sido mencionado en las Revistas denominadas “militares” y presentado (o debatido) en Unidad, Centro u Organismo de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, desde los albores de nuestra historia, la milicia y la literatura han compartido un territorio común: el de la experiencia humana llevada al límite, a ese punto que conlleva el reconocimiento al héroe y a una profesión “de hombres honrados” de la que habló, precisamente, un militar escritor, don Pedro Calderón de la Barca.

Es en ese territorio común donde el soldado observa el mundo con intensidad —en campaña, en guarnición, en la espera o en la memoria— donde nace también la necesidad de narrar, de comprender y de transmitir. No es casualidad que, a lo largo de los siglos, tantos militares hayan sentido el impulso de empuñar la pluma con la misma naturalidad con que empuñaban la espada.

Llegados a este punto cabe preguntarse, precisamente, ¿por qué escribe un militar? Y, también, comprobar que la respuesta no es única, pero que hay constantes comunes en las respuestas posibles.

Primero porque, lejos de ser ámbitos opuestos, las armas y las letras se han fecundado mutuamente. La disciplina, el sentido del deber, la observación del carácter humano, el contacto con culturas diversas y, sobre todo, la conciencia del riesgo y de la amenaza, han hecho del militar un observador privilegiado. Y del militar escritor, un testigo singular.

Segundo porque, del mismo modo que no nos extraña señalar que Oficiales ilustrados, cronistas de campañas, ingenieros militares o marinos contribuyeron al desarrollo científico y literario de España, tampoco debería extrañarnos que en nuestra patria la milicia no solo haya defendido fronteras: también haya producido pensamiento. El militar vive en contacto con lo esencial: la vida, la muerte, la lealtad, el miedo, la camaradería. Es testigo de situaciones límite que obligan a reflexionar. Esa reflexión, en muchos casos, busca forma en la escritura.

Y tercero, porque, además, la carrera militar ofrece una perspectiva singular del mundo y de la geoestrategia: misiones internacionales, contacto con otras culturas, situaciones de crisis o reconstrucción. Todo ello genera un caudal de experiencias difícilmente accesible desde otros ámbitos. De hecho, no es casualidad que muchas de las grandes obras sobre la guerra —en España y fuera de ella— hayan sido escritas por quienes la vivieron directamente. La autenticidad del testimonio sigue siendo un valor insustituible.

Tal vez por todo lo anterior, nuestra nación, en la que es difícil separar la Historia de España de la Historia militar española, posee una de las tradiciones más ricas de militares escritores en Europa. Ya en los siglos XVI y XVII encontramos testimonios directos de soldados que relataron sus experiencias en campañas por Europa, América o el Mediterráneo. Militares como Alonso de Contreras, Diego Duque de Estrada o Jerónimo de Pasamonte que dejaron memorias vivas, a veces crudas, siempre valiosas, que hoy constituyen una fuente histórica de primer orden.

Lo hicieron en un siglo de Oro de las letras españolas en las que es imposible no evocar a otros militares españoles que tomaron la pluma, empezando por el Inca Garcilaso y siguiendo por Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

Del mismo modo lo hizo años más tarde, en pleno siglo XVIII y sin que se interrumpiera esa tradición que unía pluma y espada, el Marqués de Santa Cruz de Marcenado con sus Reflexiones militares.

Y también lo han hecho, más recientemente, a lo largo del siglo XX y en nuestros días, un grupo brillante de militares que han contribuido a la literatura española y de los que podemos destacar a Jorge Vigón y su inefable Estampa de Capitanes y a aquellos que, tras la Guerra Civil, se embarcaron en una intensa producción literaria como los hermanos Salas Larrázabal, Miguel Alonso Baquer, Rafael Casas de la Vega, el inefable poeta Luis López Anglada o José María Gárate Córdoba y Emilio Herrera Alonso.

Todo ello antes de entrar en la pléyade de oficiales y suboficiales contemporáneos que, desde dentro de las Fuerzas Armadas, unas veces usando las publicaciones militares, como la Revista Ejército, la Revista General de Marina, la Revista de Aeronáutica y Astronáutica o la Revista española de Defensa, otras por medios totalmente extraoficiales, cultivan la narrativa, el ensayo o, incluso, la poesía, contribuyendo a mantener viva esta tradición.

Entre ellos, qué duda cabe, podemos señalar a Hugo O’Donnell, a José María Blanco Núñez, a Adolfo Roldán Villén, a Enrique Domínguez Martínez de Campos, a Miguel López Corral, a Francisco Laguna Sanquirico, a Carlos Martínez Campos, a Sabino Fernández Campo, a Felipe Quero Rodiles, a Luis Alejandre Sintes o a Jose María Sánchez de Toca, pero también a los que han entrado más recientemente en la liza como Francisco Gan Pampols, Rafael Dávila, César Muro, Pedro Baños, Ángel Liberal, Tomás Torres Peral, Antonio Morales Villanueva, Leopoldo Muñoz Sánchez, Ángel Lobo García, José Ramón Navarro Carballo, Justo Huerta Baraja, Álvaro Canales, Juan Moliner, Eladio Baldovín, Ricardo Martínez Isidoro, Luis Feliu Ortega y Jesús Argumosa Pila, por mencionar solo a unos pocos de los más de 3000 militares escritores que, creemos, hay en nuestra nación a fecha de hoy.

Personas como las citadas y muchos otros militares escritores conservan la memoria de su institución, transmiten valores como el honor, el sacrificio o el compañerismo, contribuyen al conocimiento de la sociedad civil sobre las Fuerzas Armadas y aportan reflexión crítica y experiencia a los debates contemporáneos. Porque para el militar, escribir no es una actividad ajena a su vocación, sino una prolongación del servicio a España por otros medios.

En una sociedad que a menudo percibe la milicia y la cultura como ámbitos separados, el militar escritor encarna un puente necesario. Su voz humaniza la institución militar, aporta complejidad a los relatos sobre la guerra y la paz, enriquece la literatura con experiencias reales y, al mismo tiempo, permite que la institución se reconozca en sus propios relatos, fortaleciendo su identidad.

A lo largo de cinco siglos, la historia de España demuestra que la espada y la pluma no son opuestas, sino complementarias. El militar que escribe no abandona su vocación: la amplía y por eso, hoy, más que nunca, es necesario que quienes han vivido la milicia —en operaciones, en academias, en destinos diversos— compartan su experiencia. No solo por vocación personal, sino por responsabilidad colectiva.

En este sentido, la literatura militar cumple también una función pedagógica y social. Ayuda a tender puentes entre el mundo militar y la sociedad a la que sirve. Si escribir es un impulso individual, desarrollarlo plenamente suele requerir comunidad. Aquí cobra especial sentido la pertenencia a una asociación de militares escritores.

Porque asociarse ofrece múltiples beneficios. Muchos militares escriben, pero pocos logran dar a conocer su obra. Una asociación proporciona canales de difusión, publicaciones colectivas y acceso a lectores interesados.

La pertenencia a una entidad reconocida legitima y prestigia la labor del militar escritor, integrándola en una tradición consolidada. El contacto con otros autores permite mejorar la calidad de la escritura, compartir experiencias y generar proyectos comunes.

Asociarse es también un acto de responsabilidad histórica: contribuir a que la tradición de militares escritores no se pierda, sino que se renueve. Las asociaciones actúan como interlocutores entre el mundo militar y el cultural, favoreciendo la presencia de las Fuerzas Armadas en el ámbito literario y académico.

De hecho, iniciativas como la Asociación Española de Militares Escritores, con su catálogo de obras y actividades, muestran que existe un tejido activo que merece ser reforzado.

Asociarse, en este contexto, no es un mero trámite: es un compromiso con una tradición, con una comunidad y con un legado.

Porque, al fin y al cabo, toda experiencia que no se cuenta corre el riesgo de perderse. Y toda institución que no se narra a sí misma queda en manos del relato ajeno.

Como ya se ha señalado, empuñar la pluma, para un militar, es también una forma de servicio por lo que, lo único que cabe esperar es que tratemos de cumplir ese servicio formando parte de un grupo de camaradas, en una Asociación que como la Española de Militares Escritores, AEME, se afana a diario en la defensa de la Patria, de su Historia y de las Fuerzas Armadas.

 

Fernando Alejandre Martinez  

General de Ejercito, r        JEMAD en el periodo 24/03/2017 –17/01/2020.

De la Asociacion Española de Militares Escritores

Vicepresidente de la Fundación Arte e Historia Ferrer- Dalmau