
Guerra en Irán. ¿Una posible salida para Trump?
No hay duda de que el cierre del estrecho de Ormuz está provocando una profunda crisis en el sistema de suministro petrolero y gasístico mundial. Cada día se pierde una quinta parte del crudo que se consume en el mundo, lo que ha disparado los precios del petróleo hasta niveles impensables hace apenas dos semanas.
Al objeto de contrarrestar la escalada de los precios de los combustibles, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el organismo que coordina las reservas estratégicas de crudo de 32 países decidió el pasado miércoles, día 11, liberar 400 millones de barriles. Si tenemos en cuenta que el consumo diario mundial son unos 100 millones de barriles, fácilmente se puede apreciar que esta solución no puede durar más de 20 días.
En la preparación de la Operación Furia Épica se han cometido cuatro grandes faltas de análisis producidas, principalmente, por un fracaso de inteligencia de los dos países atacantes. Dos en el nivel político-estratégico, uno, no haber previsto la respuesta iraní a los países aliados de Estados Unidos en Oriente Medio, apoyándose posiblemente en lo ocurrido en los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán el pasado mes de junio y dos, la no consideración de la expedita sucesión en el poder del régimen iraní, con una estructura de mando altamente institucionalizada.
Las otras dos omisiones aparecen en el horizonte estratégico-operacional. Por un lado, el no haber contemplado la rápida respuesta de las fuerzas armadas iraníes, apenas dos horas después del ataque estadounidense-israelí; por otro, no haber considerado el cierre del estrecho de Ormuz y especialmente, las medidas previstas a tomar en el nivel operacional, caso de que ocurriera.
Todo ello ha ocasionado que el teatro de la guerra se extienda por todo el Oriente Medio, desde el Mar Mediterráneo al Mar de Omán y desde el Mar Caspio al Mar Rojo. Lo que ha dado lugar a una peligrosa escalada bélica difícil de controlar puesto que las repercusiones de esta guerra están afectando gravemente no solo a la región ampliada del llamado Creciente Fértil sino también a la seguridad y estabilidad internacional.
Con independencia de los continuos cambios de opinión y de sus declaraciones contradictorias afirmando una cosa y, a continuación, asegurando la contraria, el gran problema del presidente estadounidense, Donald Trump, consiste en empezar una operación, actividad o intervención manteniéndola durante un tiempo para a continuación iniciar otra sin haber terminado la anterior y así sucesivamente. Es lo que está ocurriendo con el canal de Panamá, Canadá, Gaza, Groenlandia y ahora, de nuevo Irán. Ninguna de estas operaciones o intervenciones las ha acabado.
En su declaración del pasado día 12, en la TV iraní, leída por una presentadora, el nuevo Líder Supremo del país, Mojtaba Jamenei, prometió mantener el cierre del Estrecho de Ormuz como arma contra los enemigos. Además, aseguró que Irán “nunca va a retroceder”. Por otro lado, el dirigente iraní rindió homenaje a los más de 1300 muertos que han ocasionado los ataques desde el exterior a los que calificó de “mártires”.
Lo cierto es que el objetivo de Irán es realizar una “guerra de desgaste”. Aparte de que los iraníes se han preparado para la guerra, Irán dispone de miles de drones, miles de misiles de varios tipos, lanchas rápidas, minas y drones navales y pequeños submarinos, cuenta con infraestructuras militares que no se pueden destruir desde el aire y está desarrollando una coherente y creíble estrategia militar en el marco de una seguridad estratificada.
En líneas generales, se consideran tres fases clave antes de acudir a una guerra. La primera es el planeamiento en el que se señalan los objetivos estratégicos por la autoridad política, incluyendo cual es el objetivo final. La segunda lo conforma la conducción de las operaciones militares y sus derivadas a lo largo de la guerra, donde se tiene previsto un conjunto de planes alternativos a emplear en caso de que aparezcan incidencias no previstas y la tercera consiste en conquistar el objetivo final. En este momento, la guerra en Irán se encuentra en la fase de conducción de operaciones en la que Estados Unidos e Israel se hallan estancados.
No se debe olvidar que en las últimas guerras que ha librado Estados Unidos en Somalia, Irak y Afganistán quedaron sin terminar cuando no fue una retirada estadounidense que dejó en cuestión su credibilidad como gran potencia.
Hace unos días, Estados Unidos dio una autorización temporal hasta el 11 de abril, a los países occidentales para la compra de petróleo ruso que esté en tránsito, con el fin de contener la escalada de precios de crudo provocada por el cierre del Estrecho de Ormuz. Los líderes europeos se opusieron. Supone un alivio para Moscú que, con una estimación de 100 dólares por abril, recibiría unos 10.000 millones de dólares y un perjuicio para Ucrania en su defensa ante la agresión rusa. Unos días antes había hecho lo mismo con India.
A Netanyahu no le interesa la estabilidad y prefiere prolongar la guerra. Que esperen los previstos Acuerdos de Abraham para establecer relaciones con Arabia Saudí. También le interesa retrasar todo lo posible la creación de un Estado palestino junto con el establecimiento de la prevista Junta de la Paz puesto que no le interesa ni la completa retirada militar israelí ni la Administración palestina gobernando Gaza. Hace una semana, el 81% de la población apoyaba el ataque a Irán. Así quiere llegar a las elecciones de octubre.
Sin embargo, Trump se halla en una situación totalmente distinta. Tiene prisa. Es un hecho objetivo que ahora el presidente estadounidense no tiene un plan de salida de la guerra. Se encuentra muy presionado no solo por su bajo apoyo popular, apenas el 20%, así como las continuas críticas internas que está recibiendo de la sociedad estadounidense, especialmente de sus partidarios de MAGA, sino también las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre donde teme perderlas.
El ataque estadounidense del pasado viernes, día 13, a objetivos militares de la isla de Jark, de una extensión de unos 20 km2, a cerca de 30 km de la costa iraní, corazón del 90% de la exportación petrolera de Irán, supone un importante aviso para Teherán. A ella llega una red de oleoductos que conectan directamente con los principales yacimientos de todo el país. Se han preservado las infraestructuras petroleras.
El escenario geoestratégico real entre Irán, Israel y Estados Unidos en estos momentos es uno de los más peligrosos del mundo toda vez que mezcla e interrelaciona cuatro capas estratégicas con gran impacto en la seguridad y estabilidad regional e internacional: guerra directa, guerra indirecta (proxis), rivalidad nuclear y control energético mundial. Cualquiera de ellas puede ocasionar un caos en el incierto y volátil sistema geopolítico global.
Una posible salida diplomática pudiera encontrarse en un acuerdo internacional que combine seguridad, verificación, y beneficios para todas las partes, con las estipulaciones siguientes: a) límites estrictos al programa nuclear iraní; b) inspecciones permanentes de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA); levantamiento progresivo de sanciones a Irán si se cumplen los compromisos; y c) declarar zona libre de armas nucleares a Oriente Medio. Todo ello, bajo el paraguas de Naciones Unidas y con la singularidad de que las tres partes beligerantes puedan declarar su victoria en esta guerra.
GD (R) Jesús Argumosa Pila. General de División del ET, r
Vicepresidente 2º de la Asociación Española de Militares Escritores
Director de la Cátedra de Geopolítica y Estudios Estratégicos del EIIS.
