CANARIAS, FRONTERA AVANZADA (II). General de Ejercito Fernando Alejandre

 

 

 

 

CANARIAS, FRONTERA AVANZADA (II)

 

La dimensión terrestre

De este modo, la cuestión central deja de ser si Canarias puede considerarse un territorio más o menos indefenso y pasa a formularse en términos más precisos: si la arquitectura militar existente se encuentra adecuadamente dimensionada para sostener el creciente valor estratégico del archipiélago dentro del Atlántico oriental.

La organización terrestre desplegada en las Islas Canarias responde a una lógica distinta de la que caracteriza a las fuerzas convencionales destinadas a escenarios continentales. Su finalidad principal no es constituir una fuerza de maniobra pesada capaz de desarrollar operaciones prolongadas, sino garantizar presencia permanente, vigilancia continua y capacidad de reacción inmediata ante crisis limitadas que puedan afectar a la estabilidad del archipiélago.

Esta misión se articula a través del Mando de Canarias, estructura específicamente diseñada para operar en un entorno insular disperso y alejado del territorio peninsular. Dentro de esta organización adquiere especial relevancia su papel como Mando Operativo Terrestre, cuyo concepto en sí mismo refleja una concepción estratégica basada en la continuidad del control territorial y la anticipación frente a riesgos emergentes.

En un espacio fragmentado como Canarias, la presencia física adquiere un valor estratégico propio. La dispersión insular impide concentrar todos los medios en un único punto sin generar vacíos de seguridad en otros. Por ello, la estructura terrestre se orienta hacia una distribución equilibrada de unidades capaces de mantener vigilancia constante, apoyar a las autoridades civiles y reaccionar con rapidez ante incidentes localizados.

Esta presencia permanente cumple una doble función. Por un lado, constituye un factor de disuasión frente a acciones que busquen explotar la lejanía geográfica de la península. Por otro, garantiza el control efectivo del territorio en escenarios híbridos propios de la “zona gris” en la que la distinción entre crisis civil y amenaza militar resulta difusa.

El papel fundamental de las fuerzas terrestres en Canarias puede asegurase que es el de negación inicial del terreno. Este tipo de misiones implica disponer de unidades suficientemente preparadas y desplegadas para asegurar infraestructuras críticas y controlar puntos clave del territorio; pero también para impedir desembarcos o infiltraciones que busquen consolidar posiciones y para mantener la estabilidad interior durante las primeras fases de una crisis.

En términos estratégicos, su función esencial es ganar tiempo. Tiempo para que el sistema conjunto nacional—aéreo, naval y terrestre— pueda activarse plenamente y proyectar refuerzos hacia el archipiélago. La defensa terrestre se convierte así en el primer escalón de una respuesta escalonada, donde la resistencia inicial resulta tan decisiva como la posterior superioridad tecnológica.

Este planteamiento resulta coherente con la realidad geográfica insular: la distancia que separa Canarias de la península obliga a asumir que cualquier refuerzo exterior requerirá un margen temporal que sólo puede garantizarse mediante fuerzas ya presentes sobre el terreno.

La creación de un Mando Operativo Terrestre con misiones de vigilancia y presencia responde también a la consideración del archipiélago como parte de una frontera estratégica ampliada que incluye otros territorios extrapeninsulares españoles. Más que espacios aislados, Baleares, Canarias y las plazas norteafricanas configuran un arco defensivo caracterizado por la necesidad de observación continua y capacidad de reacción descentralizada.

En Canarias, esta función adquiere especial relevancia debido a la combinación de factores externos —proximidad africana, disputas marítimas, rutas migratorias— e internos —extensión territorial fragmentada y elevada dependencia de infraestructuras críticas—. La vigilancia permanente no constituye, por tanto, una tarea secundaria, sino una misión estructural del sistema defensivo.

Precisamente porque su diseño responde a una misión de estabilidad y contención inicial, la estructura terrestre presenta limitaciones inherentes frente a escenarios de mayor intensidad. La exclusiva presencia en el archipiélago de la Brigada de Infantería Ligera “Canarias” XVI determina la capacidad de combate sin apoyo exterior, lo que refuerza la necesidad de integración conjunta del componente terrestre con el aéreo y el naval.

De ahí que la eficacia real del dispositivo terrestre dependa en gran medida de dos factores complementarios que serán desarrollados en los apartados siguientes y que permiten evitar la sorpresa. Por un lado la capacidad aérea para garantizar una adecuada movilidad y una superioridad aérea local, por otro el control marítimo preciso para dificultar la proyección enemiga hacia las islas.

En consecuencia, el componente terrestre no debe interpretarse como un elemento autónomo de defensa completa, sino como el pilar inicial que asegura la continuidad del control territorial hasta que el conjunto del sistema estratégico pueda desplegar todo su potencial.

Si el componente terrestre garantiza la presencia permanente y la negación inicial del terreno, la dimensión aérea constituye el verdadero elemento articulador de la defensa de las Islas Canarias. En un archipiélago disperso sobre cientos de kilómetros de océano, el dominio del aire no representa únicamente una capacidad militar adicional, sino el factor que permite integrar todas las islas en un único espacio operativo.

La dimensión aérea

La defensa aérea de Canarias responde así a una doble necesidad estratégica: asegurar la superioridad aérea regional y proporcionar movilidad inmediata dentro del propio archipiélago, reduciendo los efectos de la distancia y la fragmentación geográfica.

La responsabilidad de esta misión recae en el Mando Aéreo de Canarias, estructura específicamente concebida para operar en un entorno ultraperiférico donde los tiempos de reacción adquieren una importancia crítica. Su función trasciende la defensa clásica del espacio aéreo nacional y se orienta hacia el control continuo de un área estratégica situada entre el sur europeo, África occidental y las rutas atlánticas.

La existencia de un mando aéreo propio refleja una realidad operativa evidente: cualquier crisis en Canarias se desarrollaría inicialmente en el dominio aéreo y marítimo antes de materializarse sobre el terreno.

En el contexto insular, la superioridad aérea no es sólo un objetivo militar, sino una condición previa para la estabilidad estratégica. El control del espacio aéreo permite detectar anticipadamente movimientos hostiles, pero también proteger infraestructuras críticas y con ello no solo garantizar la libertad de acción del componente naval y terrestre, sino también ejercer una oportuna disuasión ante acciones de fuerza.

La progresiva sustitución de los cazas F-18 por aeronaves Eurofighter Typhoon supone, en este sentido, un salto cualitativo significativo. Más allá de la modernización tecnológica, esta transición refuerza la capacidad de vigilancia, interceptación y proyección defensiva en un entorno cada vez más disputado desde el punto de vista geopolítico.

La superioridad aérea actúa así como primer anillo defensivo del archipiélago, extendiendo la defensa más allá de las costas y proyectándola hacia el espacio oceánico circundante.

El núcleo histórico de la defensa aérea se sitúa en la Base Aérea de Gando, cuya localización permite cubrir eficazmente el conjunto del archipiélago y proyectar operaciones hacia el Atlántico oriental. Sin embargo, la evolución estratégica reciente ha impulsado una mayor dispersión operativa mediante la activación de nuevas instalaciones aéreas no sólo en Gran Canaria y en Tenerife, sino también en las islas orientales, convirtiendo aeródromos en Bases Aéreas y reforzando la capacidad de presencia y reacción en el sector más expuesto.

Esta dispersión no responde únicamente a criterios logísticos, sino a una lógica de resiliencia estratégica: evitar la dependencia exclusiva de una única base y aumentar la supervivencia operativa del sistema aéreo ante escenarios de crisis.

Más allá de la aviación de caza y de la necesaria para las tradicionales misiones SAR (búsqueda y rescate), la defensa efectiva de Canarias debería disponer de una capacidad robusta de transporte aéreo táctico que permitiera una movilidad interinsular tal que fuera posible trasladar con rapidez unidades tipo compañía entre islas, reforzando sectores concretos sin necesidad de esperar refuerzos procedentes de la península.

Este elemento resulta fundamental por tres razones, la primera, que reduce la vulnerabilidad diferencial entre islas orientales y occidentales, la segunda, que multiplica la eficacia del componente terrestre al permitir concentrar fuerzas donde sean necesarias y la tercera, que acorta los tiempos de respuesta estratégica, convirtiendo la dispersión geográfica en una ventaja operativa potencial.

En términos estratégicos, el transporte aéreo transforma el archipiélago en un espacio defensivo flexible, capaz de redistribuir recursos internos antes incluso de activar apoyos externos.

El componente aéreo canario no opera únicamente sobre el territorio insular. Su radio de acción se extiende sobre un espacio marítimo vasto que incluye rutas comerciales internacionales, áreas de interés económico y zonas próximas al entorno sahariano. La vigilancia aérea contribuye así al conocimiento permanente de la situación (situational awareness), elemento imprescindible en escenarios contemporáneos caracterizados por amenazas híbridas y acciones de baja intensidad.

La combinación de alerta aérea permanente, capacidad de interceptación y movilidad táctica convierte al dominio aéreo en el principal garante de cohesión estratégica del archipiélago.

Precisamente porque el aire proporciona velocidad, alcance y capacidad de reacción inmediata, su eficacia depende en última instancia del control del medio que conecta físicamente las islas: el mar. La superioridad aérea permite detectar y disuadir, pero es la presencia naval la que asegura la persistencia del control y la protección de las líneas marítimas.

La dimensión marítima

De este modo, la lógica del sistema defensivo canario conduce naturalmente hacia el tercer componente esencial del análisis: la dimensión naval y el control del entorno oceánico, donde la vigilancia marítima, la proyección hacia el Golfo de Guinea y las particularidades geográficas de las costas orientales adquieren un papel decisivo.

El entorno marítimo constituye el espacio estratégico esencial para la defensa de las Islas Canarias. A diferencia de territorios continentales, donde el mar puede actuar como barrera natural, en un archipiélago oceánico el dominio marítimo representa simultáneamente vía de comunicación, fuente de prosperidad económica y principal vector potencial de amenaza. Controlar el mar equivale, en consecuencia, a controlar el acceso mismo al territorio.

La dimensión naval de Canarias debe entenderse dentro de una lógica de profundidad atlántica: la defensa no comienza en la línea de costa, sino en el espacio oceánico circundante, donde se desarrollan las actividades de vigilancia, presencia y disuasión destinadas a evitar que cualquier crisis alcance las islas.

La Armada mantiene en el archipiélago unidades orientadas fundamentalmente a la vigilancia marítima, la seguridad de las rutas oceánicas y la protección de intereses nacionales en el Atlántico oriental. Este despliegue responde a una misión continua más que a una preparación para combate naval convencional de alta intensidad.

Los patrulleros oceánicos y buques de acción marítima desarrollan funciones que, aunque frecuentemente percibidas como de baja intensidad, poseen una clara dimensión estratégica. Unas funciones que van desde la vigilancia de espacios marítimos extensos al control del tráfico naval pasando por el apoyo a operaciones de seguridad marítima y lucha contra tráficos ilícitos y la consabida supervisión de actividades pesqueras y económicas contribuyendo a la estabilidad regional.

La presencia naval permanente genera conocimiento del entorno marítimo y transmite una señal de soberanía efectiva, elemento particularmente relevante en un contexto marcado por disputas sobre delimitaciones marítimas y recursos oceánicos.

Un rasgo distintivo del despliegue naval asociado a Canarias es su proyección frecuente hacia el Golfo de Guinea. Estas operaciones, orientadas a la seguridad marítima y cooperación internacional, amplían la profundidad estratégica española hacia el sur y consolidan al archipiélago como plataforma logística y operativa avanzada en el Atlántico africano.

Desde una perspectiva estratégica, estos despliegues cumplen una doble función. Por un lado, contribuyen a la estabilidad de regiones cuya inseguridad puede proyectarse hacia Europa mediante tráfico ilícito o presión migratoria. Por otro, refuerzan la posición de Canarias como punto de apoyo esencial para operaciones marítimas en el África occidental, incrementando su relevancia dentro del marco de cooperación internacional y aliado.

El archipiélago deja así de ser únicamente objeto de defensa para convertirse también en base de proyección marítima.

Sin embargo, el mismo medio marítimo que proporciona profundidad estratégica introduce también riesgos específicos. La proximidad relativa del continente africano obliga a considerar la hipótesis de acciones anfibias limitadas o intentos de infiltración marítima dirigidos a crear situaciones de presión política o estratégica.

Las características geográficas de determinadas zonas, especialmente en las costas occidentales de Lanzarote y Fuerteventura, presentan una realidad compleja. La escasez de puertos naturales y la exposición al oleaje atlántico dificultan operaciones anfibias convencionales a gran escala, pero no eliminan la posibilidad de acciones limitadas, rápidas o asimétricas. Precisamente por ello, la defensa marítima no puede basarse únicamente en obstáculos naturales, sino en vigilancia constante y capacidad de respuesta temprana.

La vulnerabilidad anfibia no reside tanto en la probabilidad de una invasión clásica como en la posibilidad de operaciones de alcance reducido destinadas a explotar la sorpresa, generar incertidumbre o cuestionar el control efectivo del territorio.

En el modelo estratégico canario, el dominio marítimo constituye el primer anillo defensivo del archipiélago. Su función principal consiste en detectar, seguir y disuadir amenazas antes de que alcancen el espacio insular, complementando la superioridad aérea y facilitando la actuación del componente terrestre.

La eficacia de este anillo depende de tres factores interrelacionados, la vigilancia marítima persistente, la integración con medios aéreos de reconocimiento y control y la capacidad de negar a fuerzas hostiles el acceso al entorno insular.

Este último elemento conecta directamente con la necesidad creciente de desarrollar capacidades de negación de área (A2/AD), destinadas a incrementar el coste operativo de cualquier aproximación hostil al archipiélago.

 

Fernando Alejandre Martinez  

General de Ejercito, r        JEMAD en el periodo 24/03/2017 –17/01/2020.

De la Asociacion Española de Militares Escritores

Vicepresidente de la Fundación Arte e Historia Ferrer- Dalmau