LOS ÚLTIMOS DÍAS DE HERNÁN CORTÉS Teniente Coronel Garrido Palacios

 

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE HERNÁN CORTÉS  

 

 

 

Hernán Cortés. Anónimo. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid

 

En diciembre de 2025 se cumplieron 478 años del fallecimiento de Hernán Cortés, artífice de uno de los episodios más extraordinarios de la Historia de la Humanidad.

La caída de Hernán Cortés, conquistador de México, se inició con el segundo viaje realizado a España en 1540, si bien antes de introducirnos en esa etapa es preciso conocer los antecedentes que condujeron a esa situación. A la sazón, él ya se había casado dos veces, con Catalina Juárez, fallecida en 1522 y sin descendencia, y con doña Juana de Zúñiga, con la que tuvo seis hijos, los dos primeros fallecidos al poco de nacer. Además, tuvo otros cinco hijos de concubinas: primero alumbró Catalina Pizarro, natural de Santiago de Cuba e hija de Leonor; después Martín Cortés, denominado el Mestizo por ser descendiente de La Malinche, faraute y fiel compañera de Hernán Cortés durante la conquista; luego nacieron Luis Cortés, hijo de una relación con Elvira Hermosilla; Leonor Cortés Moctezuma, nieta del soberano azteca, y María Cortés, hija de una princesa azteca.

 

Viaje a España

Con motivo de los conflictos surgidos con el primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza –que competía con él en el descubrimiento de nuevas tierras–, y las dificultades de su juicio de residencia, Cortés decidió embarcarse con sus hijos Luis y Martín Cortés (nombrado «el Marqués» porque luego heredó el título de su padre).

Durante su estancia en España, Cortés se interesó por Martín el Mestizo, el hijo que se había quedado allí en su primer viaje como paje en la corte del príncipe Felipe, futuro rey de España, y había estado bastante enfermo. Padre e hijo fueron al encuentro de los hermanos Luis y Martín, su homónimo, que se encontraban en la casa del comendador Juan de Castilla, asignada por el Consejo de Indias para su estancia en Madrid.

Mientras los hermanos charlaban animosamente, Cortés se reunió en el Real Consejo con los representantes de la Corona ante la ausencia de Carlos V, pues estaba camino de Gante resolviendo asuntos de Estado. El primero fue escuchado por el Consejo de Indias sobre lo realizado en Nueva España y la petición de la anulación de su juicio de residencia. Sin embargo, nada le resolvieron; antes bien, le comunicaron que no debía salir de España sin solucionar su causa pendiente.

 

Argel

Los gobernantes en España hacían oídos sordos a lo que decía Cortés, por lo que este decidió escribir un Memorial dirigido al emperador con sus descubrimientos en la Mar del Sur y las cuatro expediciones a Baja California, con un coste de 300.000 ducados. También añadió que el virrey Antonio de Mendoza no había arriesgado nada y se había servido de sus mapas y croquis. No hubo respuesta.

Se alegró mucho de la unión de sus tres hijos en España, incluido el pequeño Martín con casi 9 años, y tuvo la primicia de anunciarles la participación de todos en el sitio de Argel junto a Carlos V y los grandes de España. Les explicó que el corsario turco Barbarroja había expulsado a los españoles de las plazas de Argel (1530) y Túnez (1534), y Carlos V quería recuperarlas y proteger las costas españolas del Mediterráneo de la piratería berberisca. Se había liberado Túnez (1535), pero no Argel. Para ello, el soberano estaba concentrando un gran ejército en la bahía de Palma de Mallorca. Otros partirían de Málaga, como la familia Cortés, para reunirse al oeste de Argel con los procedentes del Cantábrico.

Se agrupaba una poderosa flota dirigida por el almirante genovés Andrea Doria, príncipe de Melfi, compuesta por 65 galeras y casi 500 barcos con distinto tonelaje. En total, 12.000 marineros y el doble de soldados españoles, alemanes e italianos. La escuadra de Málaga estaría a las órdenes del Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo; y la familia Cortés embarcaría en la nave Esperanza al mando de Enrique Enríquez. Las fuerzas enemigas eran claramente inferiores, con un máximo de 6.000 hombres, si bien estaban fortificadas. Al mando de esas tropas estaba el corsario Hassan Agar, designado por Barbarroja para gobernar Argel: un eunuco renegado, nuevo musulmán, que había sido esclavo sardo al servicio de su amo turco y llegó a ser mayordomo.

Carlos V ya había repelido la rebelión de Gante y controlado a los protestantes de Ratisbona, lo que le permitió cruzar los Alpes para entrar en Italia al mando de miles de soldados alemanes. Se encontraba en la bahía de Palma de Mallorca dispuesto para el combate. Algunas autoridades, como el almirante Doria y el papa, desaconsejaron el asalto a Argel por las adversas condiciones meteorológicas previstas para la segunda mitad de octubre de 1541.

El soberano, ante la mar en calma y el cielo despejado, ordenó el desembarco en la costa de Argel. Al frente de la vanguardia estaba el virrey de Sicilia, Fernando de Gonzaga, en tanto que el grueso lo mandaba el Duque de Alba. Cortés y sus hijos iban en uno de los buques.

La vanguardia desembarcó en la costa argelina el 23 de octubre. Más tarde, se levantó un temporal que hizo zozobrar las embarcaciones. Las más cercanas al río Harrach pudieron desembarcar con caballos, piezas de artillería y pocos víveres. Carlos V despachó a un capitán con un mensaje para entregárselo al jefe de la guarnición de Argel, Hassan Agar. Exigía la rendición. La respuesta fue concluyente: el asalto a la ciudad tendría el mismo resultado que en ocasiones precedentes; es decir, la derrota de los intrusos.

Insistió Carlos V en continuar el desembarco de fuerzas, armamento y víveres, mas fue imposible cumplirlo. En la mar los buques no podían maniobrar y en tierra, el barro, las ramas y el agua dominaban por doquier. Un infierno. Al alba, los defensores montaron una escaramuza y causaron numerosas bajas. El emperador reunió en Consejo a los jefes de las fuerzas cristianas sin Hernán Cortés, y decidieron retirarse. Eso indignó a Cortés, quien propuso quedarse con un reducido contingente y cumplir la misión. No atendieron su petición.

 

Desembarco en Argel (1541). Palacio del Marqués de Santa Cruz. Viso del Marqués (Ciudad Real)

 

Durante el regreso de la flota se desencadenó un nuevo temporal que obligó a los buques a dispersarse. Arribaron a las costas de Orán, Bujía, Sicilia, Cerdeña, Italia y España. Cortés perdió las esmeraldas que regaló a su esposa doña Juana, y que llevaba consigo por si las necesitaba. En total, 100.000 ducados perdidos en el fango, si bien sus hijos salieron indemnes de dicha operación. Una experiencia poco agradable que tuvo momentos de valor y decisión, destacando la protección de Martín el Mestizo sobre sus hermanos menores. La piratería musulmana permanecería en el mar Mediterráneo durante muchas décadas y Argel fue ocupado por los franceses en 1830.

 

Testamento

Las relaciones de Hernán Cortés con el emperador no avanzaron, sino todo lo contrario. Aquel le pidió que se diera prisa en resolver sus asuntos, mas no lo consiguió.  Con el devenir de los meses, la salud de Cortés empeoró, por lo que decidió trasladarse a su casa de Sevilla, un lugar más benigno que le permitiera recuperarse. A mediados de octubre de 1547 Cortés llamó al escribano público a su casa de Sevilla para redactar su testamento. No pudo hacerlo su primo procurador, Francisco Núñez, a causa de su reciente fallecimiento.

Los tres puntos principales del testamento se centraban en la familia, México y la salvación de su alma. Así, a Martín de doña Juana le dejó el marquesado y el mayorazgo, mientras que a los varones de las concubinas –Martín y Luis– ordenó que les dieran 1.000 ducados de oro anuales. A la hija de Leonor Pizarro, Catalina, le asignó las estancias de Chinantla y Tlatizapán dedicadas a la cría de ganado ovino, vacuno y caballar.

A las hijas legítimas Catalina y Juana dejó 50.000 ducados de dote, la mitad de lo consignado a María; y las hijas naturales, Leonor Cortés Moctezuma y María, recibirían 10.000 ducados de dote cada una. Finalmente, a doña Juana la nombró albacea y dispuso que le entregaran los 10.000 que recibió de dote.

Respecto a México, Cortés estipulaba que quería ser enterrado en Coyoacán, junto a los restos de su madre y su extinto hijo Luis. Asignaba fondos en Ciudad de México a la fundación del Hospital de la Concepción y en Coyoacán, a un monasterio de monjas y a un colegio universitario de teología y derecho, con el objeto de que los indígenas se prepararan para dirigir México y ponerse a la altura de la cultura universitaria europea. Con los criados y servidores tuvo una atención especial, ora con el legado, ora perdonando las deudas contraídas.

En lo que atañía a la salvación de su ánima y el trato con los indios, Cortés encargó que se celebraran misas por las ánimas de los que murieron en la conquista, los indios, etc.; y «se restituyeran a los naturales de las tierras, las rentas o tributos que les correspondieran».

 

Final

Con el testamento, Hernán Cortés deseaba la paz de su conciencia en el último suspiro, dejando constancia de su generosidad y equilibrio entre sus hijos. Trató de que todos recibieran una parte equitativa, con independencia de su origen legítimo o no, y protegió a los más desamparados.

Una vez firmado el documento, Hernán Cortés se alejó de la vida cotidiana, nutrida de visitas de amigos y demás que le pedían ayuda. Deseaba paz, sosiego y tiempo para meditar.

Pidió a su primo, el jurado Juan Rodríguez, trasladarse a la localidad de Castilleja de la Cuesta, cercana a Sevilla, y descansar en una casa propiedad de su pariente en la calle Real. En ese viaje se trasladó solo con su mayordomo y su camarero. Desde Valladolid llegó una mujer para aliviar su enfermedad, la curandera Juana de Quintanilla, quien complementó la atención profesional del doctor Cristóbal Méndez.

Cortés se encontraba con indigestión y mal del flujo de vientre, y el mismo día de su muerte tuvo un disgusto mayúsculo con su hijo Luis. Se enteró de que estaba comprometido con Guiomar Vázquez, sobrina del conquistador Bernardino Vázquez de Tapia, uno de los acusadores más incisivos sobre la muerte de su primera esposa, Catalina Juárez. Su enfado fue tal que, a pesar de su mal estado, en los estertores de la muerte, todavía sacó fuerzas para llamar de nuevo al escribano público.

Ordenó al escribano que cambiara la asignación de 1.000 ducados anuales a su hijo Luis Cortés para entregárselos al duque de Medina Sidonia. Nadie entendió la decisión de asignar un dinero a uno de los más ricos de España, explicable solo porque Cortés mascaba su sinsabor a causa del enlace de su hijo con un deudo de Vázquez de Tapia, que le ofendió en grado sumo. Su estado de salud empeoró por ese motivo, de manera que no pudo firmar el codicilo de su testamento. En su lugar firmó su primo fray Diego Altamirano.

Hernán Cortés expiró el día 2 de diciembre de 1547 por disentería, según el facultativo. Tenía 62 años. Su cuerpo fue depositado en la cripta del duque de Medina Sidonia, capilla del monasterio de San Isidoro del Campo, aledaño de la ciudad de Sevilla.

 

Jose Garrido Palacios

Teniente coronel del ET (R). Doctor en Filosofía y Letras.

Asociación de Escritores Militares de España